miércoles, 2 de enero de 2013

Cerezas en invierno



Disonancias, 3

CEREZAS EN INVIERNO

Es una barbaridad de tamaño colosal comer cerezas en invierno. Las muelas se cristalizan por el frío, salvo que el fruto rojo o sonrosado pase primero por el microondas. Tal vez haya avanzado el arte frigorífico y las cerezas que se ofrecen en las fruterías de pueblos y ciudades españolas procedan de las sabrosas cosechas que ofrecen las laderas de Calatayud o el prodigioso valle del Jerte. De no ser así, el origen de esta fruta con propiedades depurativas está más allá del ecuador, en el hemisferio austral.
No tengo nada contra las cerezas chilenas, porque tengo mucho a favor de Chile sobre todo desde que recuperó la democracia tras la fatídica etapa pinochetina, pinochetista o pinochetuna, que aún no tiene nombre definitivo aquel indecente complot urdido por los intereses económicos de los imperialismos, escudándose en la restauración del orden y la decencia.
Tampoco tengo nada contra las cerezas argentinas, ni contra las sudafricanas, si es que se importan en invierno, tal cual ocurre descaradamente con las chilenas. En todos los casos me parece un disparate mayúsculo la manía de comercializar en España productos hortofrutícolas –de larga estirpe aquí– fuera de temporada.
Puedo entender que a Finlandia lleguen cítricos mediterráneos, porque en aquellas latitudes tal vez no consigan alimentos con suficiente vitamina C. Pero en este país, donde la naturaleza nos dota con privilegios maravillosos en cuestión de delicias vegetales, estimo que la importación de cerezas australes en invierno es un desatino.
Si se tratara de frutas exóticas, que aquí no se producen en todo el año por razones de terreno o clima, podría admitirlo con mayor facilidad. De hecho, podemos comprar en las tiendas del ramo guayabas, kiwis, lichis, mangos, papayas, piñas y otras especialidades difíciles de aclimatar aquí. Pero el ver en las fruterías y supermercados cerezas en invierno me hace levantar las cejas con cierta curvatura de rechazo.
No conozco ningún informe médico ni bromatológico que aconseje comer cerezas en invierno. Tampoco creo que las diversas recetas y dietas adelgazantes las incluyan en sus listados o prescripciones alimentarias. La cereza es rica en vitaminas A, B, C, E y PP, en hierro, calcio, magnesio, potasio y azufre. Todos los componentes se hallan en muchos de los alimentos que están a nuestra disposición durante el invierno sin tener que ir a buscarlos tan lejos. ¿Cuál es entonces la razón por la que las frágiles bolitas rojas o rosáceas tienen que viajar tantísimos kilómetros y cambiar de clima tan de repente?
Lisa y llanamente porque en nuestra sociedad se ha producido un fenómeno de sibaritismo sin fronteras, ajeno a cualquier razonamiento que no sea el beneficio económico de los traficantes del gusto. ¿Cuántos litros de queroseno cuesta desplazar algunas toneladas de cerezas desde el hemisferio sur al hemisferio norte durante la época invernal? ¿Se ha hecho balance sensato de las ventajas e inconvenientes de este mercadeo?
Por supuesto que vivimos en un mundo donde el comercio es fundamental, pero hay ciertos detalles que debieran estar sujetos a reflexión, aunque sean de menor cuantía. O no de tan menor, si consideramos que buena parte de la contaminación atmosférica que ahoga al planeta procede de algunas prácticas comerciales que no se sostienen en sí mismas, como el hecho de que las fruterías españolas –y supongo que también las europeas– ofrezcan a los consumidores cerezas en invierno.
No conozco la respuesta y agradecería que alguien bien informado me la diera para aclarar la duda: ¿se venden cerezas españolas durante el invierno chileno, argentino o sudafricano?; y si es que sí en este último país ¿será para competir con la variedad autóctona Skeena, que admite ser frigorizada?

Francisco Javier Aguirre

 


Cruceros y pateras




CRUCEROS Y PATERAS

Disonancias, 2


Hace poco más de una semana el crucero Costa Concordia se hundió al chocar con unos arrecifes próximos a la isla italiana de Giglio. Hace muy pocos días, una patera sin nombre, procedente del norte de África, se hundió al chocar con unos arrecifes próximos a la isla española de Alborán.
La historia recoge con precisión el naufragio de cruceros de lujo y trasatlánticos a lo largo del siglo XX. Dentro de tres meses escasos se cumplirá el centenario del trágico hundimiento del Titanic, que el cine ya magnificó hace unos años a través de la película de James Cameron. Algo más antiguo es el naufragio de la nave Sirio, frente al cabo de Palos, que guarda cierta similitud con el del Costa Concordia, por cuanto el capitán y los oficiales fueron los primeros en ponerse a salvo abandonando al pasaje constituido en su mayor parte por emigrantes italianos que se dirigían a Argentina, Uruguay y Brasil. Ocurrió en 1906. También el cantante Francesco de Gregori inmortalizó la tragedia con una canción nostálgica que ha pasado al acervo popular. 50 años después, el trasatlántico italiano Andrea Doria sufrió la embestida de otro buque sueco cuando se acercaba al puerto de Nueva York. En el primero y en el último de los casos referidos, los muertos y desaparecidos fueron y han sido relativamente pocos en relación al total del pasaje. Sin embargo, en el accidente de la nave Sirio fallecieron aproximadamente un tercio de los viajeros, que alcanzaban casi el millar, gente humilde que no se desplazaba por placer sino por necesidad, en busca de una vida mejor.
Una constante en la historia de la humanidad es que los más humildes no tienen historia. Nadie sabe con exactitud cuántas pateras o cayucos han naufragado a lo largo de los últimos años, ni el número de víctimas que este rudimentario sistema de navegación ha causado. Cálculos superficiales estiman en decenas de miles los ahogados en el Mediterráneo al tratar de alcanzar las costas europeas durante el siglo XXI.
La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía estima que en 2009, al menos 200 inmigrantes perdieron la vida en el mar tratando de alcanzar las costas españolas, la cifra más baja de los últimos ocho años, ya que sólo en 2007 se documentaron 921 muertes. Se documentaron, lo cual significa que no entran en el cómputo aquellos desafortunados de los que no quedó rastro alguno porque no estaban registrados en el punto de partida y nadie pudo o quiso reclamar su desaparición.
Toda muerte por accidente es lamentable, sea en tierra, mar o aire. Las dos recientes tragedias marítimas señaladas al comienzo suponen para ciertas personas un aldabonazo en la conciencia al comparar el estilo de vida tan distinto en lugares tan próximos entre personas que teóricamente tienen los mismos derechos como seres humanos. Es innegable que cualquier ciudadano puede dedicar su dinero a excursiones de lujo y a divertirse o descansar a bordo de un crucero. Esta fórmula de turismo está hoy de moda y los expertos la señalan como ventajosa, porque entre otras cosas los precios han disminuido al ser mayor la oferta que la demanda.
En el complacido mundo occidental, la noticia de la desgracia permanente que supone tener que emigrar en las condiciones precarias y ciertamente irregulares que utilizan los africanos ha llegado a considerarse como inevitable. Se lamenta la situación, pero sigue uno con su marcha considerando que no está a su alcance remediarla. Es cómodo mirar hacia otro lado, es incluso necesario porque detenerse en el pensamiento estremece las fibras sensibles del espíritu y hasta puede provocar cierto sentimiento de culpa. Una culpa colectiva, una responsabilidad social a la que los gobiernos de una y otra parte no consiguen dar salida. Un problema que nadie logra solucionar. Los regímenes políticos africanos, en buena medida corruptos y autoritarios, nadan y guardan la ropa en este mar tempestuoso que se traga anualmente a muchos de sus conciudadanos. Los países teóricamente desarrollados de la cuenca mediterránea lamentan la situación, establecen pequeñas estructuras de alivio en sus costas y se confiesan impotentes para erradicar el mal.
Al ciudadano privilegiado que emprende un crucero, ¿no le produce cierto estremecimiento pensar que seres humanos parecidos a él –salvo en la fortuna y derivados– corren un riesgo de muerte diez mil veces superior al que puede darse en su gozosa excursión?

Francisco Javier Aguirre

martes, 28 de febrero de 2012

DESPILFARRO


Disonancias, 1

DESPILFARRO

Dicen los visionarios catastrofistas, y aseguran los augures agoreros, que el año 2012 es el último de la Historia. Gente más conspicua concede que vaya a ser el último de un ciclo. ¿Qué ciclo? Yo tengo una respuesta. Puede haber otras. El ciclo al que me refiero es el del despilfarro.
Despilfarro significa consumismo desaforado y otras desviaciones mayúsculas en la organización de la vida cotidiana, tanto pública como privada. Todos los países presuntamente desarrollados, y sobre todo la Unión Europea, están bajo el síndrome de los recortes. Se recortan presupuestos, salarios, prestaciones, servicios… Ponemos mala cara, pero nos vamos resignando. Por aquí y por allá surgen protestas y manifestaciones de sindicatos, colectivos sociales, grupos profesionales, funcionarios, etc.
Yo quiero suponer, con intención serena, que también en el seno de las familias se van estableciendo restricciones del gasto, unas veces por necesidad y otras por precaución. El tercer escalón, el individual, tiene mucho que decir al respecto. Sin una determinación personal de reducir consumos innecesarios o excesivos, hay poco que hacer.
Nos hemos acostumbrado a recibir consignas desde arriba, desde la cima de la pirámide, como si un faraón virtual pudiera orientar nuestra trayectoria en determinados órdenes de la vida, por ejemplo los económicos. Desde mi punto de vista, habría que invertir la pirámide, o al menos compaginar los puntos de vista de la cúspide y de la base. No sólo los puntos de vista, sino las acciones concretas. De poco va a servir que los ministros o consejeros o concejales de economía dicten normas estrictas para reducir el gasto público, si los ciudadanos de a pie no tomamos conciencia de la situación personal y reducimos responsablemente nuestro tren de vida.
Cuando la crisis económica pareció definitivamente insalvable, corrió la voz de que “habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Estas palabras, que al parecer procedían de los gobernantes alemanes, fueron pronto asumidas y repetidas por los nuestros. Sin embargo, desde mi punto de vista, el enfoque del tema no es el correcto. Hemos vivido por encima de nuestras necesidades. La marea publicitaria que hemos soportado en los últimos decenios ha conseguido hacernos perder la conciencia de lo necesario, ha confundido la posibilidad con la necesidad.
El despilfarro tiene ese origen: gastar en lo innecesario porque es posible hacerlo, porque disponemos de medios suficientes. Evidentemente han existido planteamientos equivocados en el desarrollo económico, pero lo que realmente ha faltado, y sigue faltando, es una toma de conciencia de cuáles son las auténticas necesidades del ser humano y qué porcentaje de lo que consumimos es perfectamente prescindible.
Cuando hace pocos años, una persona amiga, afiliada al partido socialista, se atrevió a mencionar públicamente, en una colaboración periodística, el término decrecimiento, el aparato del partido se llevó las manos a la cabeza y la furia a la boca. Pero no tardó mucho en tener que cubrir sus vergüenzas y admitir oficialmente dicho término, que hoy es de uso obligado.
El futuro no tiene fácil arreglo. La crisis va para largo porque es más de  desenfoque ideológico que de estructura económica. O renunciamos individual y colectivamente al despilfarro, o el túnel en el que hemos entrado tiene un trayecto y una desembocadura impredecibles.

Francisco Javier Aguirre