miércoles, 2 de enero de 2013

Comentario de Jorge Cortés a DESERTORES DE DIOS



Desertores de Dios”, de F. Javier Aguirre. Ediciones Nuevos Rumbos. Zaragoza, 2012.

                  “La verdad está en marcha y nada la detendrá” (Zola, “Yo acuso”).

                   Solvencia, dotes narrativas infrecuentes, sobresaliente sustrato intelectual, o sea, bagaje: porque hay que saber contar para que lo se escribe se lea conforme a lo que se sugiere en la escritura: una narración no es otra cosa que la manera de contar una historia para que adquiera sentido. Noble y difícil empeño si, véase la actualidad, se confunde, con aplauso y recompensa, talento con toco-mocho y sabio con canta-mañanas. El padre Zaberri, Lorenzo de Nora, don Artemio, el hermano Benigno, Santos Estráviz; desde luego Luis Murillo en la hora santa. Personajes varios: enigmáticos, bien perfilados, a veces nada más que una silueta definida a medias; otros quizás repensados mientras los escribía; paradigmas o matices en la intrahistoria relatada (inconsciente colectivo): novicios, apostólicos, hermanos (casi)todos. Y ello alrededor, y dentro, de la memoria errante: así se mueve lo que se cuenta con pasaporte (auto)biográfico. El ritmo, sostenido (un logro), sin inflexiones ni perezosas vistas al tendido. La anécdota de la beatificación y el descubrimiento del nombre del padre que pretextan la lectura: tramas perversas, turbias, claustrofóbicas. Precaria y dañina educación sentimental, revelaciones, decepciones, deserciones, los abismos recónditos del misterio que somos, y todo debajo, muy debajo, del pater noster, de los himnos, letanías, gregorianos, templos, altares, pupitres, encerados y los cánones indemostrables. Y la inocencia que Murillo arrastra desde su origen, y el subsiguiente escalofrío de la emoción. Tranca y contención irónica, elegancia estética, depuración en el lenguaje. El vector tiempo, manejado con puntillo (percepción inmediata de la totalidad en un  instante en el que todo es simultáneo), y que es el hilo que ata y desata ese nudo. Porque esta excelente y decisiva novela es un circuito cerrado que circula en una u otra dirección, modificando lo que antecede y, a su vez, son los antecedentes los que conducen al final. Un historia interminable, reflexionada (verbigracia: el sentido del violín, de la música como cenit), muy dura (más en el contexto que en el argumento); sin duda más próxima para quienes conocemos de primera bofetada y reglazo qué era una congregación lasaliana, la relevante diferencia entre un hermano y un cura, y lo que representaban los jueves por la tarde. Y desde una prosa intensa, muy intensa; un inmersión lúcida dotada de esfuerzo, intimidad y capacidad de sugerencia. Y eso, hoy más que ayer y menos que mañana, es una muy grata y bienvenida noticia. Resonancias y conexiones permanentes, trasladadas con esa especial sensibilidad para captar y describir (el autor, de amplio y notable recorrido intelectual, puede presumir del nerudiano confieso que he vivido) un mundo cerrado, denso, hipócrita, cruel, pero, por supuesto, humano, esencialmente humano. Destaca la verosimilitud en la descripción y el relato meticuloso, brillante, de lo acontecido, posponiendo solemnidades categóricas y relegando revisiones anti-históricas. Diálogos construidos para intercalar y proponer el trasfondo ideológico, su complejidad y extensa vigencia. Literatura, o sea: transmitir desde la palabra incardinada, sea en frases sea en párrafos, el sentido y sinsentido de una historia; que estructura y significado se amolden a la complejidad vital del ir y venir de los personajes, del argumento, porque la función de la ficción es tratar de ser testigo de todo esto.  Literatura, es el raro caso de esta magnífica novela.
        
                                                        Jorge Cortés
                                                        Marzo, 2012

Emigrantes de ayer y de hoy




Disonancias, 18

EMIGRANTES DE AYER Y DE HOY


‘Cartas de las golondrinas’ es una pieza de teatro, original de Blanca del Barrio, que ha pasado con notable éxito hace unos días  por el zaragozano Teatro de la Estación, y también por varias salas de la Red de Teatros Alternativos que abarca escenarios de Andalucía, Aragón, Baleares, Canarias, Navarra, País Vasco, Cataluña, Comunidad Valenciana, Galicia, Extremadura, Cantabria, Asturias y Madrid. La ‘Escena Miriñaque’, de Cantabria, realiza una extraordinaria interpretación de este asunto planetario –las migraciones– a través de dos buenas actrices: Noelia Fernández y Esther Aja.
El tema es universal y, al parecer, inevitable. Los vaivenes de la historia y del clima han obligado a millones de individuos a desplazarse en busca de la supervivencia. La pieza teatral enfoca el problema desde la memoria que ha dejado en nuestra sociedad la correspondencia de los españoles emigrados a países sudamericanos –fundamentalmente Argentina y Uruguay– durante las primeras décadas del siglo XX. La trama gira en torno a los asuntos, tanto graves como livianos, que los emigrantes retratan en sus cartas. Pero ¿puede haber un asunto liviano en quien se ha visto obligado a desterrarse, a desarraigar su presencia, a rendirse a la opresión de la realidad?
El dramatismo de muchas de estas cartas se transmite en la obra a través no sólo de la palabra sino también de los gestos y actitudes de las actrices. El mensaje llega nítido, intenso y lacerante. El espectador se siente trasladado a situaciones que desconoce personalmente, pero que sin duda pueden tener referencias próximas: no en vano la segunda oleada de emigrantes españoles tuvo lugar hace medio siglo, en este caso hacia Europa. Aunque en la pieza teatral no se hace alusión directa a ella, subyace en el texto una vibración comprensiva del problema en su conjunto.
Sí aparece, aunque de modo esquemático, la realidad actual, como si cada medio siglo nuestro país se viera obligado a perder una buena parte de su potencial operativo. La diferencia en cada una de las etapas es sustantiva: en los años 10, 20 y 60 del siglo XX se trataba generalmente de mano de obra sin cualificar; la diáspora posterior a la Guerra Civil, en los años 40, tuvo como denominador común la confrontación política y afectó al mundo intelectual muy crudamente. En la actualidad, el drama abarca a gran parte de una juventud bien cualificada que se ha esforzado en el desarrollo de su capacidad tecnológica y no encuentra una salida laboral digna en nuestro país.
Sería muy interesante hacer una recopilación de cartas de estas últimas ‘golondrinas’; unos mensajes rápidos, de trayecto veloz a través de Internet, pero sin duda llenos de un dramatismo similar a los que envolvían sobres de papel y garantizaban sellos de correos a lo largo de todo el siglo XX.

Francisco Javier Aguirre

Del Medio ambiente al miedo ambiente



Disonancias, 4.

DEL MEDIO AMBIENTE AL MIEDO AMBIENTE


La primera década del siglo XXI ha sido la del medio ambiente; la segunda está siendo la del miedo ambiente.

El tema del medio ambiente, que ha caracterizado a la primera década del siglo, puede resumirse diciendo que esta importantísima cuestión, pendiente desde hace mucho tiempo,  comenzó a consolidarse a finales del anterior, concretamente en 1992, dentro de lo que se conoció como la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro.

El 11 de diciembre de 1997 los países industrializados se comprometieron, en la ciudad de Kioto, a ejecutar un conjunto de medidas para reducir los gases de efecto invernadero. Los gobiernos pactaron reducir en al menos un 5% de promedio las emisiones contaminantes entre 2008 y 2012, tomando como referencia los niveles de 1990. El acuerdo entró en vigor el 16 de febrero de 2005, después de la ratificación por parte de Rusia el 18 de noviembre de 2004. En noviembre de 2009, eran 187 estados los que habían ratificado el protocolo.

Los Estados Unidos, el mayor emisor de gases de invernadero mundial, no lo ha hecho al considerar que la aplicación del mismo es ineficiente e injusta al involucrar sólo a los países industrializados y excluir de las restricciones a algunos de los mayores emisores de gases en vías de desarrollo (China e India en particular), lo cual consideran que perjudicaría gravemente a su economía. Dejemos aquí el asunto y esperemos las mediciones que se efectúen al finalizar este año, adelantando que las predicciones no son muy optimistas.

Ahora vamos a considerar brevemente cómo la segunda década en la que estamos viviendo está caracterizada por el miedo ambiente. Todos tenemos miedo, los ricos y los pobres, los países desarrollados y los que intentan seguir nuestra estela, quienes tienen trabajo y quienes están en paro, los habitantes de los pueblos y los de las ciudades, los jóvenes y los viejos, las mujeres y los hombres…

Tienen miedo –aunque quizá menos que otros colectivos– los grandes financieros y especuladores porque sospechan que en algún momento se les va a ir de las manos el timón del barco que navega según un rumbo preestablecido hacia sus intereses económicos, sean lícitos o ilícitos.

Tienen miedo los empresarios, grandes y pequeños, de que la situación crítica que atraviesa el mundo occidental, sobre todo la Unión Europea, conduzca al cierre de sus negocios, fenómeno que lamentablemente se da con mayor frecuencia cada vez y del que tenemos noticia por las informaciones diarias.

Tienen miedo los trabajadores con empleo porque ven peligrar su puesto cuando depende de una empresa privada, y tienen miedo los funcionarios de la administración pública porque el deterioro de sus percepciones es evidente y porque además se está azuzando a la opinión general en contra de ellos.

Tienen miedo los parados porque la situación de desempleo creciente no induce a la esperanza, sino todo lo contrario. Y no solamente ocurre en España, donde el problema parece insoluble a corto y medio plazo, sino también en otros países de nuestra órbita.

Tienen miedo los jóvenes porque no ven horizonte a sus esfuerzos de preparación profesional; los más decididos –que en muchas ocasiones coinciden con los más preparados– buscan fuera de nuestras fronteras alguna posibilidad, aunque haya que superar obstáculos con los que no contaban.

Tienen miedo las gentes de edad madura porque saben que una eventual pérdida de su trabajo conducirá al hundimiento de su estatus social y económico, dada la dificultad de encontrar un puesto a partir de los 50 años, e incluso antes.

Tienen miedo los comerciantes porque ha disminuido el nivel del consumo y la caída de las ventas parece no tener fin. Quienes trabajan con materias de primera necesidad (básicamente la alimentación) temen tener que bajar la calidad de sus productos, lo que redundará en nuevos perjuicios, incluso para la salud.

Tienen miedo muchos profesionales libres y muchos trabajadores del sector servicios –por ejemplo los taxistas– porque la clientela es cada vez menor, salvo en las situaciones donde se juega con la salud y en segundo término con el dinero. No obstante, médicos y abogados, sin ir más lejos, también tienen miedo de que su estatus decaiga al disminuir los recursos económicos de sus pacientes y clientes.

El listado podría prolongarse indefinidamente, pero no conviene dejarse dominar por el derrotismo, porque una sociedad miedosa es fácilmente manipulable. Sí conviene estar alerta y ojo avizor porque todos estos oleajes sociales y económicos que nos zarandean pueden ser utilizados impunemente por pescadores a río revuelto, estén asentados en la política o en las altas finanzas, que en muchas ocasiones parecen contar con vasos comunicantes.

Francisco Javier Aguirre

Indolencia universitaria




Disonancias, 17

INDOLENCIA UNIVERSITARIA

Lo dicen los profesores más enrollados y más implicados en su tarea: los universitarios de hoy, en general, son indolentes. Salvo excepciones, aspiran a concluir una carrera, obtener un título y conseguir un trabajo vinculado a sus conocimientos. Les importa poco su formación integral; pasan de lo que no sea productivo, inmediato, rentable. Es la perspectiva general.
¿De dónde procede el desinterés? Los profesores universitarios lo atribuyen a las etapas anteriores del proceso educativo. También se refieren al ambiente social que estimula el consumismo, el hedonismo, la apariencia y la superficialidad. Si tienen ya cierta edad –más de 50 años– establecen un marco comparativo con su etapa de alumnos, claramente favorable para ellos en lo que se refiere a la creación de una inquietud intelectual en su época, que hoy no consiguen despertar en sus aulas. Seguramente es ya tarde.
Por fortuna hay estudiantes que se salen de este marco, pero son pocos. Vista la situación desde el exterior, hay que dar la razón a los profesores porque el panorama que se observa en el mundo universitario es realmente pobre en lo que se refiere a las aficiones, intereses e inquietudes universales que debieran cultivarse en ese ámbito.
Para muestra, un botón: durante los días 23, 24 y 25 noviembre del presente año se celebró en Zaragoza el IV Certamen de Teatro No Profesional en el Centro Cívico Universidad, en colaboración con la Escuela Municipal de Teatro. Hubo seis espectáculos, y uno concreto realizado por el Aula de Teatro de la Universidad Carlos III, de Madrid, presentando Las Mujeres Sabias, de Molière. La versión castellana de Paloma Zavala, directora al mismo tiempo de la representación, resultó excelente, y los nueve actores realizaron un gran papel, tanto individual como colectivamente. La escenografía de Ariel Díaz, suficiente. La banda sonora, a buen nivel.
A partir de ahí, cierta desolación: entre el público no había gente joven. El aforo de la sala tiene una capacidad para 120 personas, y el acceso era libre. Los espectadores alcanzaban el medio centenar, aproximadamente. El lugar es céntrico, de fácil localización. Está a 300 metros del campus de la Ciudad Universitaria, en cuyo entorno –Colegios Mayores incluidos– viven varios millares de estudiantes. La hora, 12 del mediodía, es propicia teóricamente para ellos, aunque se haya prolongado la fiesta del viernes-noche. Pues bien, entre los asistentes al espectáculo no había gente joven. Claro que tampoco –al menos por las pintas–, profesores universitarios ni de otros niveles educativos. ¿Ni siquiera por un cierto sentido solidario con los esforzados  intérpretes del Aula de Teatro de la Universidad Carlos III, de Madrid?

Francisco Javier Aguirre

Huelga contra mí mismo




Disonancias, 16

HUELGA CONTRA MÍ MISMO.



Soy un profesional, un médico de prestigio, un abogado con clientela, un alto funcionario, un comerciante con el negocio saneado que no ha tenido que cerrar, un ejecutivo de una empresa solvente, un director de  oficina bancaria que realiza una buena gestión, un farmacéutico con oficina propia en un barrio muy poblado, un político de raza sentado en la poltrona durante decenios… soy, en definitiva, una persona de economía desahogada que se permite salir a cenar a restaurantes de lujo con los amigos casi todos los sábados, y a comer con la familia muchos domingos, que tiene un pequeño yate atracado en un puerto deportivo del Mediterráneo, muy próximo al lugar donde posee una segunda vivienda para las vacaciones, y que, siendo aficionado a la vida marítima, realiza al año al menos un crucero de alto standing. A veces, incluso, el tiempo de asueto le permite hacer algún viaje de ensueño por la lejana Asia o la fraterna América durante una o dos semanas.
Resido en una vivienda unifamiliar, bien comunicada con la ciudad, con un pequeño jardín privado y una piscina comunitaria que siempre está impecable porque tenemos contratado su mantenimiento con la empresa de un amigo que se esmera en ofrecernos un trato preferencial. En casa disponemos de tres baños completos y de un aseo al que se puede acceder desde el jardín. Entre el despacho y las habitaciones hay cinco ordenadores, uno fijo y cuatro portátiles, que ahora usamos poco porque cada uno de los miembros de la familia tiene su iPhone y su iPad. Hay también cuatro televisores, todos de plasma y uno de ellos, el del salón, con una pantalla de 56 pulgadas. Tenemos también varios móviles, unos de carácter privado y otros para atender asuntos del trabajo o de los negocios, que tampoco usamos mucho, pero mantenemos en servicio porque son necesarios. Me da cierto apuro citar el número de bombillas que hay en toda la casa, incluido el sótano con su bodega; un día las conté por curiosidad y me quedé pasmado. Cierto es que no todas se encienden al mismo tiempo, pero ahí están.
Añadiré que en el garaje de la vivienda tenemos dos vehículos y que en el parking de un centro comercial compramos hace años una plaza grande donde también tenemos otro vehículo, el más antiguo, un todoterreno que usamos de vez en cuando para excursiones familiares o personales por las zonas montañosas o los espacios rurales próximos a la ciudad.
No revelaré más detalles sobre mi vida, salvo uno: reflexionando sobre las circunstancias actuales que afectan a la mayor parte de los ciudadanos de este país y de este continente, he decidido iniciar dos cosas: primero una manifestación privada y luego una huelga parcial, pero indefinida, contra mí mismo y mi forma de vida.

Francisco Javier Aguirre

Camino del Paraíso




Disonancias, 15

CAMINO DEL PARAÍSO

En un país formado por varios latifundios, comenzaron a ir mal las cosas. Mejor dicho: comenzó a saberse que las cosas iban de mal en peor. Las trampas, los desmanes, las mentiras, los engrudos, el trinque, las tráfalas y el contubernio venían de tiempo atrás. Pero llegó un punto en que no pudo mantenerse más el simulacro y todo se desmoronó.
A la vista de la confiada –y en gran parte cegata– muchedumbre aparecieron las maniobras y los manejos de los poderosos. Los dueños de los latifundios se habían dejado llevar por la codicia y habían intoxicado a sus lacayos, los capataces que gobernaban el negocio. Éstos, a su vez, habían ido contagiando a buena parte de los trabajadores a su servicio, haciéndoles creer que eran tiempos de cerezas y vainilla.
Pero el tingladillo se fue hundiendo a velocidad de abismo y sin ninguna misericordia. Cumpliendo las leyes de la lógica, pilló debajo a los más descolocados, a los más débiles, a los más desfavorecidos de los trabajadores. Siempre había ocurrido lo mismo a lo largo de la Historia universal, pero los incautos florecen en todo tiempo como lechuguinos primaverales.
El desmoronamiento general desembocó en penurias de todo tipo. Faltó el trabajo, se disolvió la alegría, llegó a escasear el pan. Los capataces de los latifundios, bastante menos afectados que los trabajadores, salieron a la palestra tratando de explicar la situación. Al mismo tiempo defendían sus prebendas. Pero en los cuerpos se fraguaba el hambre y en los espíritus la ira. Comenzó un baile de dimes y diretes orquestado por los medios de comunicación al servicio de los poderosos. Los capataces se encargaban de poner la solfa a las canciones del descalabro. Subían a las tribunas y a los platós para explicar la desgracia y prometer lo imposible.
Los dueños de los latifundios, entre tanto, continuaban pastoreando sus movidas codiciosas sin dejar de aprovechar el río revuelto para llenar la cesta de la pesca. Tenían bien sujetos por el cuello y los bolsillos a los capataces, que sin ellos eran nada, eran nadies, exactamente nadies.
El fenómeno había ocurrido anteriormente en otros latifundios del planeta donde el plural excluyente de personas se dice nadies; así que nadies. Sin embargo –volviendo a nuestros inmensos latifundios–, aquellos nadies parecían haber aprendido nada. Enarbolaban unos unas siglas, otros otras, pero todos acudían al pesebre de los dueños. Unos y otros seguían mareando y magreando la perdiz, a falta de animales de mayor prosopopeya.
Entonces el cabreo de los pobres tomó temperatura. Hubo proclamas, convocatorias, gritos, amenazas, insultos, gresca, indignación. Se organizaron marchas y manifestaciones inmensas, intensas. Se intentó arrodear e incluso reasaltar el cortijo principal donde se reunía el conciliábulo de los capataces más lustrosos. También hubo algaradas en torno a otros cortijos dispersos por el territorio que ocupaban los capataces de segunda división. (La pasión por el fútbol lo había teñido todo de corto). Mucho vocerío estéril, porque los lacayos congregados al amparo de sus poltronas no podían disponer nada que perjudicase a sus señores. Continuó habiendo voces, manifiestos, sesudos estudios y explicaciones varias –incluso científicas– del desastre. Cada cual aportó su saña o su desesperanza.
Los capataces asistían atónitos al espectáculo, creyéndose capaces de resolver la situación. (Capataces capaces, gozosa fantasía). Aceptaban que el descrédito les envolviera y el desprecio se cebara en ellos; era una servidumbre previamente convenida, una cláusula del pacto tácito establecido con los amos de los diversos latifundios: sin el sostén de éstos, ellos seguían siendo nadies.
Así las cosas, no hubo en aquel país una mente luminosa que propusiera arrodear los palacios de los señores, sus suculentas mansiones, para decirles con sosiego y humildad –no le cuadra otra postura al siervo de los siervos, acéptese la redundancia– que ya estaba bien de cachondeo. Si alguien lo hubiera hecho, quizá los poderosos, los señores, los caciques, los dueños de la hacienda, algunos de los cuales habían sido investidos doctores honoris causa por sus lacayos con el aplauso idiota de la plebe abotargada, hubieran hecho oídos sordos o, en un alarde de lesa agilidad, mutis por el foro. Como siempre lo hicieron, o lo intentaron, a lo largo de la Historia universal.
Aunque en estos tiempos de tantísimo progreso, de tantísima tecnología, se les ha quedado corto y como viejo del foro (por la izquierda o por la derecha), y prefieren tomar su jet privado y dirigirse hacia los paraísos que se han ido construyendo con el sudor de la frente de los siervos y la mirada beneplácito de los lacayos. Unos paraísos de doble faz y envergadura: la placentera y la fiscal.


Francisco Javier Aguirre

El Premio del público




Disonancias, 14

EL PREMIO DEL PÚBLICO

En el último decenio del siglo XX apareció un concepto nuevo en los concursos artísticos: el premio del público. El festival de cine de San Sebastián, por ejemplo, comenzó a otorgarlo en 1998. La estrategia pronto fue afectando a otros ámbitos. El desarrollo de las redes sociales en el primer decenio del siglo XXI propició la apertura del juicio a oyentes, espectadores o lectores.
En diferentes concursos se ofrece hoy la posibilidad de votar determinada canción, un relato concreto, un videoclip o cualquier otro producto creativo. En principio parece positivo abrir la calificación de las obras artísticas al criterio de la gente que las disfruta. Es un síntoma de la democratización de la cultura. No sólo los expertos son capaces de discriminar el valor de un producto.
Sin embargo, el procedimiento tiene sus inconvenientes. En sucesivas ocasiones he recibido mensajes escritos o telefónicos de amigos artistas –amigos, o simplemente conocidos– requiriendo mi voto a favor de su canción, su disco, su relato o su cortometraje. No me ha ocurrido con obras plásticas, sobre las que parece más difícil emitir una opinión sin ver detenidamente el objeto a juzgar. Pero los cortos, los relatos y las canciones llegan fácilmente por Internet, lo cual posibilita su valoración.
Desde la óptica de la amistad con el músico, cineasta o escritor que pide el voto –amistad o relación más o menos próxima– parece coherente otorgarle lo que pide, sin más trámite. Pero resulta claramente injusto el procedimiento, porque habitualmente no se ven, ni se leen, ni se escuchan la decena o veintena de relatos, cortometrajes y canciones finalistas para poder valorarlas objetivamente. Lo normal es buscar el panel de votaciones y señalar como mejor la obra del amigo o conocido. Esto falsifica el resultado final. Si uno de los concursantes aludidos tiene 500 contactos a quienes solicita al voto, por ejemplo, es posible que le respondan positivamente 400. Si otro avisa solamente a 50, la diferencia está clara aunque lo voten todos. Supongamos que el tercer concursante, opuesto a estas maniobras, deja el asunto en manos del destino: probablemente los apoyos que obtenga sean mínimos.
Conozco el caso de un concurso literario en el que el jurado técnico valoró con 9 puntos al ganador, y con 6 y 5 respectivamente a los dos finalistas. Sometido el resultado al juicio del público, el ganador obtuvo 16 votos, el primer finalista 34 y el tercero 83. Hay una diferencia tan notable que, o bien el jurado técnico se columpió, o bien el segundo finalista tenía una larga lista de contactos y aprovechó la ocasión.
El final del cuento es que el ganador se llevó el premio del jurado –el mejor dotado– y el segundo finalista el premio del público. A cada cual lo suyo.

Francisco Javier Aguirre