jueves, 3 de agosto de 2023

DESERTORES DE DIOS. Novela

 

 

            PRELUDIO

Un sobre cerrado, lacrado, una pesadilla. Largo, antiguo, rugoso, rasposo, pesado, oscuro. Un féretro de papel en madera muerta. Luis Murillo lo miraba cada día a distancia con sus manos tensas, lejano en la última balda de la estantería, galopando por el aire prieto de su celda la tentación de abrirlo. Dentro de la mirada del hombre cruzaba una sombra, el zigzagueo de un féretro blanco que el tiempo había vuelto invisible. El sobre contenía una noticia y su prohibición, la prohibición de saberla. Voces ciegas galopando también entre sus parietales. La ansiedad de saber, el pánico frenando. Su mente oprimía una y otra vez el enigmático sobre prohibiéndole acariciarlo entre sus dedos nerviosos. Un deseo brutal le quemaba el pecho, el incendio de la voluntad, el estrépito del combate interno.  No se puede contrariar la voluntad de una madre moribunda. Menos aún si la donante es ciega y se le puede engañar sin riesgo. No sin riesgo, definitivamente no. La visión interna. Los ciegos ven a través del susurro del aire, de las miradas cómplices, de los gestos escondidos, de los rumores quietos. Los ciegos ven hacia dentro. Ven el alma o lo que mueva la arquitectura del organismo. Pero el sobre era suyo. Le urgía el contenido, lo que dijera u ocultara, lo que pudiera sugerir. Se trataba de una revelación que no pudo descifrar en la mirada vacía de la anciana. Un secreto oscuro, una noticia tremenda, la confidencia final. Indudablemente. El enigma allí guardado le producía pánico. Una carta manuscrita entregada con sigilo a su único hijo por una madre agonizante produce necesariamente pánico. ¿Qué querría decirle que no debiera saber ya? Aquella revelación póstuma le iba a complicar la existencia. Tuvo esa intuición. Un ciclón de inquietudes le circulaba desbocado por el pecho. Temblaban sus manos. Temblaban sus piernas. Siempre el temblor. Iba a cumplir sesenta y cinco años y había temblado mucho. Su vida parecía un plano horizontal desde que la recordaba, eso creía todo el mundo, pero el remanso era ficticio. Su vida, en realidad, había sido un ruinoso amasijo de inquietudes. Ahora se trataba de su madre. Un temblor en su raíz profunda.

Su madre. Una mujer siempre ausente por voluntad ajena que ahora regresaba a su existencia desde el lecho del dolor. Estaba enferma, pero mantenía sus luces. Unas luces ciegas desde que la diabetes le arrebató la vista. En el asilo no había medios para atenderla.  Cuando la llevaron al hospital, empeoró.

–Es una carta, hijo, una carta; la escribí hace tiempo, para cuando me fuera a morir: ya falta poco; no la abras antes, por favor. Es un secreto, un secreto fuerte para ti; no la abras antes, te lo pido por favor, hijo mío, por favor, por lo que más quieras.

La mirada vacía, el rostro contraído y las lentas manos agarrotadas de una madre moribunda añadían una carga de profundidad a la misiva misteriosa. Era un secreto al alcance de las ansias de un abrecartas de latón, de la voracidad de unas uñas nerviosas. Pero no se debía contrariar la voluntad de una persona que veía cercano su fin, la voluntad de una persona, simplemente. Menos aún la de una madre de voz trémula suplicante. Aunque podía tratarse de un asunto vital, de una cuestión urgente, algo a lo que llegar a tiempo antes de que ella desapareciese, antes de que las alas de la muerte la condujeran a ningún sitio.

Se estremeció al pensarlo y rechazó la idea. Su madre iría al cielo, a un paraíso sin sombras; se lo había ganado, le aguardaba un porvenir luminoso, recuperaría la visión de la felicidad. Ochenta y cinco años de méritos, al menos ochenta. Los cinco primeros transcurren dentro de un aura feliz, aunque sea humilde, incluso grisácea: una felicidad gris. Cuando nació su madre, Europa estaba en guerra, pero en España se podía vivir. Su familia campesina tenía un día a día suficiente; es lo que siempre oyó durante su infancia, como contraste a las penurias que la guerra civil había depositado en sus primeros años, que fueron más de cinco.

El hombre hizo un gesto de aceptación con la cabeza. Descomprimió el rostro. La mirada ausente de su madre tenía un destello de luz cuando sigilosamente le entregó la carta sabiendo que no había testigos. Lo hizo a escondidas, en la sombra, con un susurro a su estilo. El recordarlo le hizo estremecer.

La sombra, siempre rondando la sombra, el miedo, la precaución, el sigilo, la sombra. Había muchas en sus vidas, en la de él, en la de ella. Decenios de preguntas sin responder, de secretos sin descifrar. Y ahora una carta entregada al anochecer, después de que todos se hubieran marchado, después de que la auxiliar acabara de retirar las sobras de una cena que no había tenido comienzo, una bandeja sin empezar.

–Abre mi bolso, hijo, y busca un sobre largo que está al fondo, debajo de todo.

Las cartas respiran mejor en la oscuridad, cuando están solas, cuando son las únicas criaturas que aletean en la noche del alma. La noche oscura. San Juan de la Cruz entre las brumas nocturnas. El alma de su madre camino de la luz estando ya su casa sosegada. Dejando para siempre el velo de la oscuridad. Una oscuridad intermitente, al final absoluta, había cercado sus vidas, la culminación de la sombra que siempre había ensombrecido sus miradas sombrías.

La mirada de su madre. Perdida en una lejanía de misterio. Esquiva siempre. Opaca desde que murió su último marido. Mirada de luto perpetuo. Nunca recordaba él haberla visto sonreír. Ahora tal vez sí, un pálido gesto de sosiego, la sonrisa interna. La carta podía ser un relato de todos sus dolores, o de los más hondos; tal vez era simplemente un desahogo. La placidez del gesto ciego. Lo deseó así, pero su agitación interior decía otra cosa. El misterioso sobre podía contener un secreto nefando, algo que no hubieran podido soportar la boca de ella ni los oídos de él. Una incógnita sin signos delatores. No, sería algo más sencillo, una súplica para cuando faltara. Sus manos juntas anticipando el gesto funeral de un buen cristiano. Quizá le encargara algo que ella no pudo hacer. O le confesara cosas que aún no debía saber. Una revelación sin futuro. Hay cargas sepultadas en la memoria que emergen cuando el tiempo se acaba.

Tenía que salir de dudas. Cuanto antes. Porque podía tratarse de una simpleza que no mereciera tanta inquietud. La vejez achica las cosas graves y agranda las minucias. Abriría el sobre. Si ella se enteraba, lo maldeciría, pero no tenía por qué saberlo. Mentiría cuando le preguntara. Aunque tal vez no lo hiciera, no reclamara nada, no le quedara aliento. No le quedó, no lo hizo. Además, hubiera significado que temía la desobediencia de su hijo y que el impedimento era sólo una estrategia. La mejor manera de inducir a algo es prohibirlo.

Sí, era probable que su madre deseara informarle ya. De lo contrario, hubiera confiado el sobre a otra persona para que se lo entregara tras su muerte. Vistas así las cosas, no tenía sentido esperar. Si lo que decía la carta era algo que debiera ocultarse, lo haría. Se lo juró a sí mismo por lo más sagrado, por Jazmín, por Mila, por su propia madre. Pero no podía ni debía resistir más. Sus noches se estaban convirtiendo en una oscuridad de vértigo, en una colmena de insectos venenosos, en un látigo de perplejidades, en un delirio de tiempos imposibles. Y cada nuevo día traicionaba las promesas de la recobrada luz.

Una mañana, aún sin amanecer, lo abrió. Se quedó seco, helado. Perdió la voz, los latidos, la respiración. Pensó que perdería la vista. Había descubierto el verano sus largos brazos y de los prados que rodean Zapiain se levantaba una bruma fresca, aún oscura e imprecisa. Se vistió precipitada, desmañadamente. Sin asearse, incapaz de todo, bajó tembloroso a la capilla. El temblor. Infinitos siglos de temblor. Allí estaba, en desolada soledad, cuando el padre Zaberri, el prior, entró a comunicarle que su madre había fallecido aquella madrugada. El doctor Lombarte, médico de la comunidad, le había dado la noticia por teléfono.

 

                                                             *   *   *

 

Hace sólo dos meses que murió la señora Benedicta. Se fue despacio, sin sonrisa, con un sosiego lejano amansando sus últimos dolores. Así se lo dijeron quienes la amortajaron. Aún no ha asimilado el golpe. La partida de una madre es el mayor robo que perpetra la naturaleza. Los hijos son frutos de la vida, pero el origen de la realidad íntima es propiedad exclusiva de uno mismo. Cuando muere la madre, le extirpan al hijo su raíz.

Sin embargo, tras recibir el impacto, tras sentir desintegrarse el universo dentro de sí, se ha ido apoderando de su alma un lento sentimiento de paz. Las primeras líneas de una carta encerrada en un sobre ajado y oscurecido por el tiempo han sido un gran regalo, un regalo enorme, un regalo definitivo aunque tremendo. Ha vuelto a leerla: “Hijo mío, te quiero mucho. Perdóname porque nunca me atreví a contártelo…”. Luis Murillo sabe por fin quién fue realmente su padre. La letra temblorosa de su madre ha abierto una puerta vital, hasta entonces oculta, en el edificio de su vida. Un ser humano tiene derecho a saber quién ha sido su padre, qué sueño dulce o qué impulso fiero ha lanzado al mundo la semilla que ha fructificado en la entraña de una mujer. Al hombre le recorren las venas mil serpientes de luz. Se mira por dentro y por fuera, se palpa el rostro ajado, estira sus dedos con la mano opuesta y busca un espejo para asegurarse de que aquello no es un sueño. No lo es. Su edificio interior tiene una nueva estancia con la que no contaba.

Pero no todo es claro en aquella resurrección interior. Seis días después de morir su madre le llamó desde Madrid Santos Estráviz, el amigo de su adolescencia, el hermano de Mila, para darle el pésame por la muerte de la anciana. Le preguntó por su vida, le animó a superar el golpe y le anunció una visita para el día siguiente. Tenía un asunto grave que tratar con él. Luis Murillo viajó a su memoria y tembló. Estráviz le dijo que estuviera preparado porque le iba a contar algo que le iba a sorprender.

La oscura confidencia de su colega infantil no encontró cobijo en el sigilo imposible del teléfono, a pesar de la insistencia de Luis.

–Es importante, pero te lo tengo que decir en persona. Hablaremos. Agur.

 

1.     LA CENA

Ha sonado en el rincón de los palmitos que adornan uno de los patios interiores del convento el viejo campaneo de la hora santa. Por los azulejos encastrados a media altura alrededor del silencioso cuadrilátero, impregnado de pasos y suspiros, resbalan las oscilaciones del anochecer. El hermano Murillo recorre lentamente el pasadizo que desemboca en el segundo semicírculo del patio. Allí se abre el portón de la capilla. Un templo lleno de murmullos agazapados en las bóvedas, arracimados en los muros, serpenteando por el suelo entarimado que lleva varios años sin lustrar.  Está en el centro del pabellón más antiguo del conjunto de edificios que ahora forman el Colegio de la Santa Cruz. Un pabellón reservado donde no llegan las algarabías del agitado fin de siglo, donde las voces apagadas del pasado tienen licencia para susurrar, un pabellón que ocupa la exigua comunidad de religiosos que han perseverado en su vocación y que cultiva entre sus muros, sus tabiques, sus rincones, sus puertas cuarteadas y sus desocupadas aulas la pátina ancestral de la memoria. Una luz solitaria y lánguida, en el amplio vestíbulo que precede al templo, desencaja los paisajes indecisos de aquel enorme espacio, ahora vacío de voces apagadas, de deseos sin cuerpo, de intenciones a punto de estallar.

Es verano. En el convento sólo queda una parte de la comunidad, reducida aún más por la ausencia temporal de tres de sus miembros. La escasez numérica se compensa con la llegada de dos frailes que están de paso hacia Francia, un dúo providencial que va a conseguir redondear la cifra.

–Al menos seremos diez –ha dicho el padre Zaberri al anunciar la ceremonia.

Los números redondos son una de las obsesiones del prior. Pequeño, enjuto, la mirada terca, el rostro ladeado, la nariz ansiosa. Sus obsesiones. El doce, el diez, el siete, el tres, el uno, números primarios y divinos. El diez es una constelación de significados. Son diez los mandamientos de la Ley. No siempre fáciles de cumplir. Tal vez haya que sortear alguno, dejarlo provisionalmente a un lado para conseguir fines excelsos. Los fines excelsos justifican los medios rastreros. Es la ley de la vida. A ras de suelo. La Ley de Dios vuela a demasiada altura. No se pueden correr riesgos. En este momento, no. Hay mucho en juego. El número diez. Son esta noche diez los frailes presentes. Tal vez por ello el prior ha decidido celebrarlo al terminar la cena, antes de acudir a la capilla tenebrosa para abismarse en esa hora santa meticulosamente programada.

–Tomaremos una copita de licor medicinal en honor de los recién llegados. Está hecho con plantas aromáticas recogidas en las faldas del Idoizti y en las campas de Urkiz. Además, hemos de cargar las pilas para la hora santa.

El hermano Benigno ha traído a la mesa una bandeja con diez copas y la ha dejado al alcance del prior. Ropa raída, abandono general, un rostro cetrino y los labios con un rictus de desprecio, el fraile lego tiene la panza en pompa derivada de sus frecuentes merodeos por la cocina conventual. Con estudiada parsimonia levanta el padre Zaberri una copa vacía y la hace oscilar ante la mirada sorprendida de todos. Son demasiado grandes para poderlas llamar ‘copitas’.

–No se asusten por el tamaño, hermanos, que este licor es sano y de baja graduación. Además no produce sueño, sino todo lo contrario. Ya lo verán. Lo vamos a necesitar, porque se trata de una ceremonia muy especial.

La noche de oración será larga. Comenzará con la Exposición del Santísimo Sacramento. Vendrá luego una hora santa que fácilmente se ampliará a dos o a tres. Harán el rezo cantado del Santo Rosario, seguido de unas Letanías solemnes. Él mismo pronunciará la plática y luego cada cual permanecerá orando el tiempo que desee. Toda la noche en vela, si es preciso, como en los viejos tiempos. Una vigilia expiatoria. Hay que recuperar el espíritu antiguo, los valores eternos amenazados ahora por la caótica situación del planeta y la invasión del laicismo que proclama este perverso sistema político. El nuevo siglo a punto de nacer amenaza con una catarata de desgracias, con una turbamulta de desastres que ya rumorea el horizonte planetario. La contaminación ambiental, el fanatismo religioso, la crisis energética, la confusión ideológica, el desplome moral… Todo por haberse apartado el mundo de los caminos de Dios.

Por otra parte, la ocasión lo merece. El prior recalca la importancia de los acontecimientos que se avecinan. Por fin Roma ha fijado la fecha para la beatificación del padre Mario, figura emblemática de la Congregación en el siglo que está a punto de acabar. Será el 11 de marzo próximo. Faltan poco más de siete meses. La comisión constituida allí mismo dos semanas antes, está actuando con extrema diligencia. No puede ser de otro modo, explica el prior, dada la aceleración de los acontecimientos durante el último año. El proceso ha sido tan rápido que ha sorprendido a propios y extraños, sobre todo teniendo en cuenta la acostumbrada lentitud del Vaticano en estos temas.

–La prudencia es una de las virtudes de la Santa Madre Iglesia. Pero en el caso de quien fue nuestro mártir en la guerra civil, la situación ha sido bien distinta. Los postuladores de la causa han hecho un trabajo excelente y la curia vaticana no ha podido resistirse al peso de los milagros. Costó superar la parálisis de tantos años, pero finalmente ha llegado todo a buen puerto.

El padre Zaberri pide al hermano Benigno que le acerque las dos botellas que él mismo ha bajado de su despacho. Una está ya mediada y con ella comienza a llenar las copas de la bandeja. Los frailes se vuelven a mirar extrañados porque las está sirviendo generosamente. Todos conocen la severidad de criterios y el espíritu austero, más bien tacaño, de aquel hombre que lleva presidiendo los destinos de la comunidad desde hace varios lustros. Ciertamente se trata de una ocasión excepcional.

Una vez llenas las copas, pasa una a cada comensal, acompañando el gesto con una media sonrisa. No es hombre de afectos el prior, lo saben todos, por lo que la sorpresa crece en los rostros. De la segunda botella apenas queda un cuarto. Brindan por las celebraciones que se avecinan. Con la mirada un tanto desviada anuncia a los presentes que, según le acaban de comunicar aquella misma tarde, acudirán a la ceremonia de Roma tres personas de las que componen la comunidad del Colegio de la Santa Cruz: él mismo como responsable del centro, el padre Eduardo, que se encuentra ahora de viaje, y el hermano Luis. Así se ha decidido en el Consejo Provincial celebrado la semana pasada en Madrid.

–Debo explicarles que precisamente en el mes de marzo cumple el hermano Luis los sesenta y cinco años. Y es casualidad que sea el mismo día 11. Los superiores desean festejar así su aniversario y premiar su fidelidad a este lugar, en el que ha permanecido durante más de cincuenta años, primero como apostólico y luego, tras los dos cursos que pasó en el noviciado, como responsable de los jardines y del mantenimiento del edificio.

Brindan los frailes por los acontecimientos que se avecinan y beben el licor aromático hasta apurar las copas. Extrañamente animado, el padre Zaberri entona la acción de gracias cantando. Es una antigua advocación a san Antonio Abad que los mayores han olvidado y los más jóvenes ni siquiera conocen. Tal vez los padecimientos del eremita en el desierto y su perpetua hambre hubieran alcanzado algún remedio con elixires florales como el que acaban de tomar. No ha estudiado mucho el hermano Luis, no se lo han permitido, pero sí conoce la historia de los santos. Sobre todo de los que sufrieron soledad y apartamiento. El prior sigue destrozando la vieja canción. Canta él solo. Mira la techumbre obnubilado. Mueve las mandíbulas con el gesto ácido de quien tritura corcheas. No es capaz de mantener el tono. Nunca lo ha sido. Aunque también sea una de sus obsesiones permanentes el de cantarlo todo.

–A las once, dentro de una hora, nos reuniremos en la capilla –dice una vez finalizada en solitario su descabalada alabanza al bendito san Antón–. Y usted, hermano Luis, haga el favor de subir ahora conmigo un momento a mi despacho.

 

                                               2.  DE RODILLAS

Luis Murillo está de rodillas, con el cuerpo rígido a pesar de la creciente inquietud de sus nervios y sus músculos. Lleva días comiendo poco. Nota los huesos buscando piel. Duerme mal. Su mente no descansa. Nunca tuvo vigor en la mirada, pero a su alrededor la vida ha perdido brillo. Ahora siente cierto mareo, tras haber estado en el despacho del prior. Sujeta la cabeza sobre las manos juntas en actitud piadosa. La libera como si deseara que volara a su albedrío, que se perdiera por los horizontes de la fantasía. Pero no puede olvidar el asunto que ya le maltraía desde hace dos meses, y menos aún el que le maltrae desde hace diez horas. Debe pensarlo bien y tomar una decisión. Durante esta hora santa. La hora santa de todos los demonios. Ahora o nunca. Cavilará por última vez. No más noches sin dormir. No más titubeos. Aprovechará esta negra oportunidad. Renunciará al descanso nocturno y se quedará en el templo meditando. A solas. Sin que le moleste la mirada occipital del prior, ni la regurgitación del sacristán a sus espaldas, ni la presencia estanca de los demás frailes. Tiempo de oración, tiempo grave, tiempo solemne. O tal vez tiempo de pavor y de desgracia, la hora del desplome. El desmoronamiento final de un hombre taciturno. ¿Qué debe hacer con lo que ya sabe, dónde y cómo enterarse de los detalles pendientes, y qué pasará si Santos demuestra lo que dice? Porque le quema el alma el silencio de su madre, más aún que la confidencia que le hizo.

La perspectiva del viaje a Roma merodea entre los murmullos desvaídos de su mente. Del incienso que arde en el altar nacen brumas oscuras. Todo es confuso. El padre Zaberri ha roto a cantar. Su obsesión, su manía. Un tono más bajo, un semitono, dos y medio, no tiene norma. Ha comenzado el monótono desfile de los himnos en su boca torcida y cavernosa.

                                      De rodillas, Señor, ante el sagrario

                                      que guarda cuanto queda

                                      de amor y de unidad,

                                      venimos con las flores del deseo

                                      para que nos las cambies

                                      por frutos de verdad.

Las flores del deseo, los frutos de la verdad. Su madre caminando hacia la lejanía, su padre llegando de sopetón desde el misterio. La vida se le parte en dos y el vacío aumenta, se acumula sobre su espíritu lleno de sombras. Suena el cántico antiguo en la memoria que está haciendo rebrotar su infancia. Más de medio siglo de reclamos. En aquella misma capilla, en un entorno que mantiene el viejo latido a pesar de los giros del tiempo. La abundancia febril de entonces frente a la decrepitud que acecha ahora a esta decena de adoradores presididos por un hombre detestable.

El padre Zaberri ha regresado a la sacristía tras exponer el Santísimo. En el presbiterio oscilan levemente dos incensarios, uno en cada extremo, como si se movieran al compás de una nana. Luis Murillo pone la mirada hacia dentro. Dios se retira a distancias infinitas a pesar de que la Custodia sigue brillando en el centro del altar. Vuelve el prior a su sitio de siempre, en el último banco de la iglesia. Sus gafas de pasta lacia parecen el doble periscopio de un náufrago espiritual. Donde las enfoca, queman, abrasan. Son como las lentes de aumento de un volcán lleno de ira.

Sólo han pasado los primeros minutos de aquella hora santa que durará una eternidad. Según la teoría del prior, a menos adoradores más tiempo de adoración. La decrepitud del mundo ha vaciado los templos y apartado a las gentes de su obligación sagrada. Ni siquiera los alumnos del colegio hacen otra cosa que un simulacro cuando acuden a las ceremonias. No creen, y si creen no practican. Tiempo muerto. Los enemigos de la religión están ganando esta batalla. Pero aún quedan otras, queda la guerra. A sangre y fuego la guerra. Fuego sobre Sodoma y Gomorra multiplicadas hoy por mil ciudades, por diez mil. Pronto ha de sonar la trompeta de la desgracia universal. Dios no puede permanecer sordo más tiempo. Sordo y mudo. Sordomudo y ciego. También a él se le tendrá que acabar la paciencia. Buscaremos la forma de que se le acabe. El pensamiento iracundo del prior rebota en las bóvedas del templo. Un aire glacial mana de sus ojos y recorre los rincones de la iglesia congelando sus amenazas oscuras.

Luis Murillo separa las manos en las que ha apoyado su cabeza y las coloca cruzadas sobre el reclinatorio, intentando aplacar el dolor que le quema las rodillas. No consigue aliviarlo. Por el contrario, los pinchazos se le concentran en un punto álgido dentro de las rótulas. Sabe que va a sufrir y que de allí no puede moverse. Dos calambres puntiagudos zigzaguean por sus muslos, ascienden hasta las ingles y se le juntan formando un circuito abrasador. Tendrá que sentarse. Pero no. Sería el único. La hora santa no admite concesiones. No se permite durante ella la menor relajación. Hay que compensar con el sufrimiento físico la deserción espiritual del mundo. Son las normas del prior, su filosofía teológica. Hay que reventar antes de permitir que la molicie se adueñe también de los cuerpos consagrados.

El fuego le llega hasta los pies. Sale de ellos y vuelve en un círculo infernal a penetrarle por las sienes. Puede arderle el cerebro, pero seguirá quieto. Si se mueve, deshará la indolencia compacta de los demás frailes. Despertará la suspicacia del padre Zaberri y su mirada de látigo. Esa mirada que hiere lo mismo por la espalda que de frente, por los bajos temblones que por los flancos occipitales. Luis Murillo, situado en el primero de los tres bancos ocupados por la comunidad en la zona posterior de la iglesia, sabe bien que los ojos cruzados del prior son una daga vertiginosa. En segundos le alcanzará el veneno si se atreve a moverse.

Ahora comprende por qué se le ha concedido el privilegio. Jamás pensó que formaría parte de la comitiva que acudiera a Roma el día de la beatificación del padre Mario. Nadie contó con él en las fiestas que se celebraron cuando fue incoada la causa. Tampoco al declararlo Siervo de Dios. Nada sabía entonces y quizá ellos tampoco. Aunque tal vez sí, y lo mantenían en secreto. También a él lo mantenían en secreto. Siempre lo tuvieron apartado de todo, encerrado en su jardín, en su cuarto de herramientas, en su invernadero. Ahora empieza a comprender.

Durante muchos años no lo supo nadie, salvo su madre. Y el Venerable padre Mario, claro. Luego se enteraron; no sabe cómo ni cuándo, pero se enteraron, es indudable. Puede hacer poco tiempo, porque el cambio de actitud es reciente. Habrán hecho averiguaciones. Tal vez encontraron algún documento o recibieron alguna información secreta. También es posible que su madre les hubiera entregado una carta similar. En ese caso tampoco han respetado su voluntad, porque hará unos dos meses que notó los primeros síntomas. De repente se volvió el prior más amable, como si estuviera asustado. Quizá fue sólo menos cruel que de costumbre, pero hubo un cambio. Luego han vuelto a ser las cosas como antes. Saben o sospechan que él tiene otra carta, que está al corriente de todo. Eso complica las cosas. Temen su reacción, recelan de su silencio. ¿Y lo que le falta por saber? ¿Qué es, dónde buscarlo, quién tiene las claves? Si su madre le puso al borde del precipicio, Santos Estráviz le ha dado un empujón que está a punto de lanzarlo al vacío.

El dolor que le nació en las rodillas ha roto el arco inguinal y se extiende por el tronco, llega a los riñones, alcanza el tórax, afecta ya a los hombros y desciende por los brazos hacia las muñecas. Le hormiguean los dedos de las manos como desde hace minutos lo hacen los de los pies. No va a poder aguantar. El sufrimiento es insoportable. Dentro de un instante su cuerpo se retorcerá como un sarmiento entregado al fuego. Pero tiene que esperar a que el prior dé los consabidos golpecitos de alivio sobre el banco para poder sentarse unos minutos. Mientras tanto, resistirá. Resistirá. También los demás hermanos estarán sufriendo. Todos menos dos son de su quinta, pasan de los sesenta, y hay algunos más viejos, incluso uno de ochenta y tantos.

Nunca ha dado un espectáculo. Ni siquiera la noche siguiente a la muerte de Rufino Alonso, aquel hombre bueno al que llegó a querer como a un padre, cuando se sintió víctima de una legión de demonios que despellejaban su piel. Tampoco hasta hoy padeció de las rodillas. Desde que se hizo hombre no recuerda haber sufrido dolor alguno allí, aunque no usara la almohadilla. Ahora la tiene para no contrariar al prior, pero siempre fueron sus rodillas rudas y fuertes. Desde niño se avezaron a suelos y reclinatorios. Podría haber caminado encima de ellas con tanta firmeza como sobre los pies. Hoy no. Hoy se le está desquiciando un universo que arranca de sus rótulas. La destrucción alcanza a la Sagrada Forma que ya no ocupa su lugar excelso a pesar de que la Custodia sigue allí. Es como si el calor de las velas la hubiera derretido, como si la neblina del incienso la estuviera diluyendo, como si algún negro presagio la fuera desmontando. Luis Murillo sufre con más hondura que nunca la ausencia de Dios. Lo siente aún más lejos que en su dolorida infancia. El prior entona de nuevo un canto:

                                      Te adoro, Sagrada Hostia,

                                      pan vivo y alimento

                                      de los ángeles.

                                      Bajaste del alto cielo,

                                      viniste a nuestro altar,

                                      y en esa Santa Hostia

                                      escondido estás.

 

3.  TIEMPO DE LECTURA

Es dulce el corazón del tirano. Manuel González está sentado en lo alto del estrado. Es hombre fornido, de cabeza redonda y carrillos gordezuelos. Su mirada es brasa apagada. Viste el reglamentario traje negro de los frailes que no han alcanzado el sacerdocio. Tiene suficiente estatura para dominar la sala de estudio estando en pie, pero prefiere la autoridad que da un estrado. Desde allí controla la aplicación de los muchachos a la lectura edificante. La vida de san Pacomio, de san Antonio Abad, de los Padres del desierto. Aunque su rostro es severo, su mirada interna se enternece compadeciendo a las pobres criaturas y su lengua seca musita plegarias sin mover los labios. Señor, Señor, qué vida les espera a estos muchachos, qué luchas, qué afán.

En la sala de estudio están reunidos los apostólicos de los dos primeros cursos. Don Manuel, El Cartujo,  es su prefecto,  el praefectus, el que está al frente, el que gobierna la grey, el responsable de su formación general, el vigilante de su conducta, el controlador aéreo y subterráneo de sus emociones visibles e invisibles. Don Enrique, El Peque, el director del aspirantado, le ha confiado esta delicada labor.

–Atienda usted a estos jovenzuelos con todo el cariño de que sea capaz. Cuídelos que son muchachos, la esperanza de la Congregación, nuestros sucesores.

–Así lo haré, señor director.

El Cartujo trata de cumplir. Afecto sí, pero que no se note: control y disciplina por encima de todo. Es el prefecto. Los árboles se enderezan cuando jóvenes.

Luis Murillo saborea la nostalgia blanca de una infancia sin padre. Él y su madre han vivido en la escasez, a pesar de la ayuda de los frailes. No son buenos tiempos para nadie. A los once años recién cumplidos ha hecho el corto viaje que hay de la ciudad al pueblecito donde está el colegio. Le ha acompañado el padre Constantino, al que pronto llamará también Senaquerib, como el resto de los apostólicos. Él se ocupa de buscar candidatos para la Congregación. Los nuevos quedan bajo la jurisdicción de don Manuel, que preside el futuro desde ese sillón morado por el tiempo de Adviento, o por el de Cuaresma, quién lo sabe dada la eternidad teológica de cada instante.

El prefecto baja del estrado y recorre las filas de pupitres deslizándose lentamente por los pasillos, esos estrechos callejones a través de los cuales no sólo es posible hablar o pasar desatinados papelitos, sino también tocarse. Lleva la mirada baja en un gesto de humildad que no impide la observación con el rabillo del ojo. Los chicos están en mala edad, Señor, once y doce años, hasta trece, Dios mío, a saber qué oscuro incendio les recorre la espina dorsal desde el cerebelo hasta el punto pudendo. Qué cantidad de pecados en potencia, santa María madre de Dios, cuánto peligro, Jesús bendito, protégelos casto José.

–Voy a hablarles ahora de la pureza; cierren los libros.

El aleteo de las hojas acompaña la agitación de los músculos, de los ojos, de los párpados; anticipa el nerviosismo de las manos y de los pies, donde termina llegando la amenaza. Don Manuel les va a hablar otra vez de la castidad; ¿qué querrá decirles ahora que no hayan escuchado ya?

–El reverendo padre Mariano, nuestro Superior General, ha escrito que la pureza, que también se llama castidad, es un paño inmaculado donde una pequeña mancha resalta más que en cualquier otro sitio. Se puede pecar contra la castidad por el pensamiento, la palabra y la obra. Ustedes tienen la suerte de estar muy protegidos para lo tercero y bastante bien educados para lo segundo; pero el demonio, que lo sabe todo, intentará hacerles caer por el primer camino, o sea el del pensamiento. Pueden venirles imágenes inconvenientes en cualquier momento, pero llegarán más si no controlan la vista cuando salen de paseo, cuando atraviesan el pueblo y se detienen a ver determinadas cosas. Ya saben a qué me estoy refiriendo. Por eso les recomiendo que santamente lleven la mirada baja al cruzarse con la gente y la eleven al cielo para pedir ayuda a Nuestro Señor en el caso de que vean acercarse la tentación. Voy a leerles unos párrafos escritos recientemente por nuestro Superior General.

Seguirá hablando y leyendo El Cartujo durante una interminable media hora, envolviendo aquellas mentes frágiles en una nebulosa de sospechas, de asechanzas, de riesgos y delitos poco claros, pero terribles en cuanto a sus consecuencias. La imagen de san Luis Gonzaga acercándose a su madre con la mirada caída, habrá crecido en la retina de los más sensuales. Muchos de los tiernos oyentes odian desde hoy su mano derecha y, en bastantes casos, también la izquierda.

Asciende el prefecto nuevamente al trono. La escalerilla cruje bajo el peso de la culpa naciente, ebria pronto por los muchos pecados que aquellos infelices cometerán en cuanto desaten sus bridas los corceles de la concupiscencia. Es dulce el corazón del tirano; nadie podría dudarlo tras contemplar su mirada satisfecha y esa amenaza de sonrisa que le desplaza los mofletes a ambos lados de la boca. Acabo de proteger a estos muchachos contra la corrupción que les amenaza por doquier, bendita y alabada sea la hora. Gracias, Señor, gracias María Santísima por haberme elegido como instrumento de Vuestra inagotable bondad para con los pequeñuelos.

Manuel González se siente compensado de la desconsideración que don Artemio el viejo pone en todos sus gestos. Ese músico de m… perdón, perdón, Dios mío, he de tener paciencia con los hermanos descarriados, que el santo Job me asista. Un residuo decrépito de la República este pobre hombre, porque estaba entusiasmado con la República, todo el mundo lo sabe, y nada le hicieron los milicianos cuando el resto de los frailes eran vejados y algunos aspiraban al martirio. El amanerado ése, haciendo carambolas con las manos, sobando la barbilla de los apostólicos más tiernos para hacerles cantar, acomodándoles la espalda a los alevines de organista, vete a saber, vaya usted a saber. Y para colmo, aficionado al violín, el instrumento del diablo, sí, la varita báquica de Paganini, ese genovés inmundo, un vicioso, un crápula, un endemoniado, un infiel, un pagano como su propio nombre indica.

–El Cartujo nos ha leído cosas sobre la pureza –comenta temeroso Luis Murillo a su amigo Leturiaga durante el recreo.

Ramón Leturiaga está en tercero. La edad le ha estirado y ha estirado también su seriedad. Tiene fama de virtuoso. Es del pueblo del padrastro de Luis, un pequeño amasijo de caseríos cercano a la ciudad. Lo conoce desde que fue de visita una vez a ver a los abuelos tras la boda de sus padres, la boda de una viuda de guerra con un campesino honrado. Un hombre de bien que acogió al huérfano como hijo propio. Leturiaga lleva pantalón largo, ese paso a la madurez adolescente a la que aspiran los apostólicos de primero y segundo cursos.

–Hazle caso, que don Manuel sabe lo que dice –asegura el mocetón.

–Pero tengo mucho miedo de hacer pecados.

–No te preocupes. ¿Os han dado ya las disciplinas?

–¿Qué es eso? –pregunta sorprendido el joven primerizo.

–Cadenetas con pinchos para atar a la pierna. Cuando lleves pantalón largo podrás ponértelas. Son un buen sistema.

–¿Tú tienes? ¿Las llevas?

–Ahora no,  pero me han servido mucho para resistir las tentaciones.

Luis Murillo ha sentido un latido doble en su corazón, el latido del dolor que provoca el sufrimiento físico y el latido del placer que se deriva de la virtud. Ha hecho un gesto nuevo intentando acoger los sentimientos contradictorios de su alma desprevenida.

El tirano tiene el corazón dulce, pero la mano tiesa. Hay que enroscar disciplinas en las pantorrillas de los jóvenes, primero en una, luego en las dos, hasta la sangre, hasta la cojera. Los once años son buena edad para ir sabiéndolo. A los doce es tiempo de ensayar, de ir acostumbrando poco a poco al potro indómito, a los trece ya se puede empezar… o mejor, se debe. En la plática del próximo día lo comentará a título general, dirigiéndose sobre todo a los apostólicos de segundo curso. Pero será mejor que a cada uno se lo vaya diciendo su director espiritual; él conoce la situación, recibe las confesiones y puede determinar el grado y la frecuencia.

–Me ha dicho Leturiaga, el de tercero, que hay unas cosas llamadas disciplinas que sirven para defender la pureza. Hay que atarlas en las piernas y ya no tienes tentaciones.

–Ya sé lo que son; yo prefiero las tentaciones –responde Santos Estráviz con la mirada negra bajo las cejas.

Santos es de su curso, un chaval vivaz, pelo de erizo, ojos como chispas a punto de prender, gesto enérgico y tono convincente cuando habla. Se aplica en los estudios, saca buenas notas, don Enrique lo ha elogiado en varias ocasiones al leer las calificaciones mensuales. Pero tiene reacciones inesperadas, desmedidas a veces, desconcertantes. Como ahora.

Luis Murillo busca puertos más acogedores. Si Leturiaga, que es de los mayores y dentro de dos años irá al noviciado, usa las disciplinas, la cosa no puede ser mala. Además está tranquilo porque, aunque hablen en los recreos a solas, aunque prefieran dar pequeños paseos en lugar de jugar al fútbol, esas no son amistades particulares. Si les ve El Cartujo, seguro que no les dice nada; con un apostólico de tercero que usa cadenetas no se dan las amistades particulares. En cambio, con Ibáñez, el de segundo, no puede tener conversaciones aparte, porque le mira mucho y eso será que le gusta, y entonces… No,  no, que ya mandaron a casa a aquellos dos que andaban siempre juntos, a pesar del espectáculo que montó don José Antonio, el Malayo, llorando y todo.

Don José Antonio les da clase de lengua. Le ha hecho aprenderse de memoria las Coplas de Jorge Manrique y algunos Milagros de Gonzalo de Berceo. Eso, imprescindible. Luego, para dar cierto aire épico a la asignatura, tendrán que aprenderse la Canción del Pirata, de Espronceda, que ya les ha leído en voz alta con elevada entonación, pero aún no es obligatoria. Será una parte de los deberes para el segundo trimestre, lo mismo que Mi vaquerillo, de Gabriel y Galán.

Magán ha repartido leña a gusto mientras jugaban al fútbol. Emiliano Magán es riojano, bastante bruto, fuerte como un toro, colorado de rostro, con el pelo rizado y la mirada brillante de la que nace un rictus cruel. Abusa de su estatura, de su corpulencia, de su fuerza, de su edad. Cuando revienta el balón contra la cabeza de uno, o sobre su vientre, se le ensancha la carota con una risa de saña que aún escuece más. Mira con sus ojos minerales, con todo el papo rojo, y a la víctima le atraviesa una furia llena de un miedo que no le permite moverse. Se comenta entre los apostólicos que Magán apunta siempre a la zona baja, a las partes verdaderas. Cuando acierta, el balonazo deshace todas las tentaciones del desgraciado. Durante unos cuantos días, ni querrá tocarse ni dejará que le toquen. Hasta evitará los pensamientos tangentes con toda seguridad.

Garrido, que es de un pueblo cercano al suyo, les ha contado a él y a Santos que lo vio este verano paseando con una chica cuando las fiestas. No iban cogidos de la mano, pero cuando se hizo de noche siguieron caminando por lo oscuro. Eusebio Garrido es de segundo, pero tiene un año más, ya ha cumplido los trece. Dice que les dijo a sus padres aquel mes de agosto que Magán no iba a seguir con los frailes porque ya era mayor y tenía novia, que él también se echaría novia el próximo verano, o al siguiente, para no volver al colegio apostólico. El padre le amenazó con las ovejas. El convento o las ovejas, dice que le dijo; él vería. Cuando el dos de septiembre subió al autobús de línea y vio allí a Magán, dudó. Siguió dudando cuando los dos bajaron en el mismo sitio, aunque ya estaban delante del convento. Sólo estuvo seguro cuando lo vio arrastrar la maleta escaleras arriba y esperar en la fila, a la puerta del dormitorio corrido, a que les señalaran cama.

Mientras don Manuel leía esas cosas sobre la castidad, Luis Murillo ha estado observando a Magán. Es grande el tío. Tiene tres años más que él, aunque está todavía en segundo, pero es que empezó tarde y no le van mucho los libros. Dos veces lo ha mirado, asegurándose primero de no ser pillado por el prefecto; cuando don Manuel habla sin leer, hay que mantener la mirada recogida. Las dos veces le ha parecido que Magán tenía una mueca de burla en la comisura de los labios. Ha podido observarlo bien porque estaba en la fila siguiente y destaca mucho con ese corpachón y esa cara colorada. Dicen que tiene tres años más, pero quién sabe, hasta pueden ser cuatro. Él nunca habla de su edad, no la quiere decir, debe darle vergüenza. Catorce años, quince… Así se explica lo de la novia.

El silencio es espeso como las sombras del pinar de Urkiz pobladas de miradas huidizas. Los libros siguen cerrados, aplastados sobre los pupitres, con la cara besando la madera para evitar distracciones. Las manos están quietas y visibles, siempre bien visibles.

En las noches de invierno, al acostarse, todas las manos debían estar bien visibles y a los lados, hasta que la compasión del sueño las condujera al cobijo del regazo. Los pasos vigilantes del prefecto aseguraban la pequeña virtud de aquellos jovencitos indefensos. Nada podría Lucifer contra el rosario que don Manuel cuenteaba durante al menos una hora lentamente por los pasillos en penumbra, bordeando las camas situadas una a continuación de otra. Luego, los ángeles nocturnos tomarían el relevo del prefecto mientras jugaban con las almas blancas de aquellos seres lánguidos acunados por el cansancio.

Un silencio tan denso tiene su dosis de tragedia. Con los pulmones doblados, los ojos caídos, el corazón sujeto, los nervios embridados y la piel tensa, Basterra suele desmayarse. Es de un pueblo de Aragón, tiene la frente despejada y la mirada torcida. Canta jotas y sonríe con picardía. Es un buen tipo absolutamente despistado que dice que se desmaya, cuando en realidad se abandona al sueño a la menor ocasión. No hay síntomas premonitorios. El desenlace es un golpe seco sobre la mesa.

–¡A ver, ésos que se duermen!

La voz pastosa de don Manuel agita algunas somnolencias y obliga al regreso repentino de quienes viajaban en brazos de la fantasía. El desmayo de Basterra –o su afición al sueño, según el prefecto– prosigue hasta que los codazos de un compañero lo desvanecen. Una risita apocada alfombra la recuperación desde el día en que al Cartujo se le escapó medio gesto de tolerancia. Aquella batalla estaba perdida, bien lo sabía. Tras el tercer episodio, decidió consultar con don Enrique, el director, quien le respondió abrillantando la nariz:

–Deles usted un respiro, don Manuel, que son muchachos.

Todos saben que en la trastienda del jefe cuentan con un cómplice. ¿Qué pensará de las apreturas en que les pone El Cartujo? Garrido está intrigado. Se lo dice a Luis y a Santos. Los dos levantan los hombros. Quiere hablar con los mayores. Se acerca a Leturiaga durante el recreo del mediodía y le pregunta sobre lo que les dice el director en sus charlas:

–¿Os marea a vosotros don Enrique con lo de la pureza?

Ramón pone cara de sorpresa y hace un gesto negativo, pero no entra en detalles. Seguramente los pequeños pueden malinterpretar las posturas transigentes de la madurez. Ante las evasivas del confidente, Garrido recurre a Durán. También es de los mayores, está en tercero y parece enterado. Los de cuarto son más inaccesibles, se sienten grandes, como si fueran adultos de verdad, parecen situados en un plano superior, no es fácil hablar con ellos, no suelen atender a los pequeños. Con los de tercero es más fácil. Por eso ha recurrido a Carlos Durán, un tipo despierto, de su edad, buen estudiante, observador, con la palabra atinada y la mirada hacia el fondo de las cosas, el alma viva en la forma y quieta en el fondo.

–Mira, El Peque se lleva tal cachondeo con todo, que ni te enteras, chaval. Cuando parece que está hablando en serio, puede salir por peteneras a la menor. Nunca le he oído hablar de la castidad. Yo creo que en vuestro curso le deja el tema al Cartujo, en el nuestro a Senaquerib, y con los de cuarto al Lobo.

Garrido asiente con la cabeza. Durán es medio filósofo, sabe lo que se dice. Igual que Golvano, el más rubio de los mayores, guapo además. Es de los pocos de cuarto con los que se puede hablar. Alberto Golvano se inclina cuando sonríe y tiene cierto aire paternal. Es famoso porque siempre cita frases de un escritor importante que se llama Ortega y Gasset. Seguro que también tiene novia, como Magán. Por la edad y por la planta. Si no fuera por las ovejas, también él se la echaría. Por ejemplo la Conchi, la prima de Cereceda, que vive en la casa de al lado. Este verano, durante las fiestas, la vio apretarse en el baile con varios. Si él no hubiera sido tan corto, tan apocado, se hubiera puesto a bailar con ella y le hubiera metido la pierna, como hacía Rogelio. Ése aprovecha con todas las que se dejan. Le ha dicho Cereceda, que lo conoce de siempre, que luego se las lleva a lo oscuro y les mete la mano por debajo de la falda.

El tirano ha teñido su voz de caramelo. Algo se le ha debido conmover en la entraña seca por tantos siglos de muralla. Pudiera ser la imagen sepia de aquel amor que se le coló entre las costillas sin licencia; pudiera ser la desazón primaveral amordazada por decenios de tortura; pudiera ser el demonio meridiano pidiendo paso; pudiera ser un brote cascabelero y otoñal tejido de añoranzas, pudiera ser…  La voz se le ha dulcificado y una blandura manantial está a punto de encharcar sus fibras de junco, como cuando mira tolerante hacia Basterra que reincide en sus desmayos.

–¿Tú crees que habrá tenido novia El Cartujo? –le ha preguntado el maño dormilón en el recreo de la mañana.

–Pues claro; todo el mundo ha tenido novia alguna vez.

 La respuesta de Garrido ha sido contundente. ¿Por qué los demás han de ser menos que Magán? Basterra parece bobo. O a saber. Lo que hará el chaval por su pueblo en el verano escondido en los rincones y alumbrado por la Luna, porque dice que en aquellos secarrales no crece ni el esparto. Mejor así, que revolcón sobre matojo lacio no trae mucha cuenta. Es más chanchi en los pajares, según dice Cereceda. A cada uno le cuenta una pamplina: a él lo de su prima, a Basterra lo de los pajares, a Estráviz alguna otra porretería. ¿Qué le estaría diciendo hace dos tardes cuando hablaban misteriosos y con tantas risitas?

La sonrisa del tirano se ha quedado en un esbozo. El tirano ha esbozado una sonrisa. El esbozo del tirano es sonriente. De la dulzura de su corazón miente su rostro. Ha vuelto a situar la castidad en el mango, no en la sartén, para agarrarla mejor.

–Y tengan mucho cuidado con las chicas cuando vayan a sus casas de vacaciones. Ya saben lo que ocurre en el verano con la disculpa del calor; que si a bañarse al río, que si una excursión al monte, luego las fiestas del pueblo, en fin, ya saben a lo que me estoy refiriendo.

Los recuerdos del último verano encrespan la sangre. Garrido piensa en lo que Magán estará pensando, si es capaz de pensar. Seguro que no piensa casi nada. Un hombrón tan abultado no es muy capaz de pensar. Está claro que si tira a dar con el balón, que si trata de clavarle a uno la pelota en el sitio es porque le falta caletre. El que sí piensa es Cereceda. A lo mejor es todo mentira, pura imaginación, pero enciende la sangre con sus chismes. Por ejemplo, aquello que contó de pasar la noche en una aldea del monte, con un fuego de campamento, siguiendo luego a los mayores que se fueron a espiar por las ventanas de la casa donde iban a dormir las catequistas. Ellos, los pequeños, al acecho, sin poder acercarse, sin meter ruido, con riesgo de dentro y de fuera, porque les podían descubrir los mayores y también aquel curita joven que controlaba su zona de acampada y que tenía una tienda para él solo.

Ya va quedando claro. De los tres enemigos del alma, la carne es la que mejor se pasea por el mundo del brazo del demonio. Cuidado con las vacaciones de verano. Cuidado con las amistades particulares, sobre todo en la tristeza del invierno. Cuidado con las chicas, en verano y en invierno. Cuidado con las manos. Cuidado con los paseos de los jueves. Cuidado con el pensamiento. Cuidado con volver a pensar en las cosquillas que todos sintieron aquella tarde del final del verano, recién regresados de las vacaciones, cuando, mediado el paseo, mientras atravesaban un cruce de caminos, vieron a unos chicos más o menos de su edad que estaban tendidos en un prado a la salida del pueblo al tiempo que tres jovencitas con coleta saltaban y volvían a saltar bailarinas sobre ellos recogiéndose la falda con muchísimo pudor para que los ansiosos contemplativos captaran el panorama más discreto posible dentro de la inevitable exhibición a que los ondulantes movimientos obligaban.

Ha pasado un año, o tal vez han sido muchos, aunque la mente siga bebiendo de la infancia. Las rodillas son las de entonces, pero gritan ahora. Los músculos están frescos a pesar del fuego. Rezonga el padre Zaberri a retaguardia. Tal vez dormita. A lo mejor le ha cogido el relevo a Basterra.

Don Manuel González cierra el libro y contempla la sala de estudio enmohecida por el miedo. La sangre se ha parapetado en el rostro de los apostólicos para robarles el rubor.

Luis Murillo necesitaría urgentemente acudir a su amigo Leturiaga porque la confusión le atosiga. Le duele el alma más que las pantorrillas que hace años jubilaron a las oxidadas cadenetas. Ahora los pinchos están en el espíritu.

Desde el próximo curso usará pantalón largo para ponerse las disciplinas. Quiere ser como san Luis Gonzaga, su santo patrono. A Ibáñez le pedirá que sujete esos ojos calenturientos que dirige a las piernas, a los cuellos y a la naturaleza de los compañeros tiernos. También a él le enfila con sus dardos visuales. El Cartujo les va a sorprender y dictaminará amistades particulares. Los echarán del convento por mucho que implore el Malayo.

¿Qué va a hacer a su edad fuera de aquellas paredes carcomidas por el tiempo y la desidia? A punto de alcanzar la edad de jubilación, ¿qué esperanza le queda sin su rutina diaria?

Las cosas no pueden seguir así. Le pedirá a Ibáñez de una vez por todas que le deje definitivamente en paz, que no le acorrale en los rincones.  Él, por su parte, retirará la vista de los pechos burbujeantes de la hermana de Merino cuando vuelva a aparecer, que ya ha venido con sus padres al colegio apostólico dos veces en un mes porque viven cerca, en la ciudad, como él de pequeño, cuando estaba solo con su madre antes de que ella se casara en segundas nupcias con su padre adoptivo. Y ella le ha mirado fijamente cuando se han cruzado por casualidad en el pasillo que conduce a la sala de visitas. Las dos veces, aunque seguramente ha sido una simple casualidad. Debe tener catorce años, como él, o tal vez quince, porque está muy crecida y le adivina unas formas… La vista se puede convertir en un esbirro de los enemigos del alma. Está en cuarto. Ya no tiene a don Manuel para advertirle; ahora es don Eulogio, el Lobo, quien controla.

Apesta el aroma del incienso. O es el hermano Benigno y también la voz rasposa del padre Zaberri empeñada en desterrar para siempre del mundo universal cualquier melodía medianamente azul. Una melodía azul, cómo se le ocurre semejante pensamiento, esa enorme tontería. Una melodía azul… Le da vueltas la cabeza. No es sueño, no es pasmo, no es cansancio, no es aburrimiento… ¿Qué hará ahora Pepe Basterra? Dentro de unos días lo verá. ¿Qué le está pasando en aquella hora santa insufrible, en aquella especie de agonía interminable?

José Castresana sonríe sólo con el moflete izquierdo. El Cartujo es un majadero. Que les deje de cuentos, que allí han ido a estudiar, no a ser frailes, a ver si se entera. Su padre se lo dijo claramente:

–Tú estudia, que aquí en el pueblo no hay posibles; así que pórtate bien, aguanta la marcha, no digas nada y a ver si sales maestro; esto del campo no tiene porvenir.

El hombre había oído que en América ya labraban con tractores, que hacían la cosecha con trilladoras, que había muchos inventos para los agricultores y se quedaban muchos jornaleros sin trabajo. Por eso Castresana se mata a estudiar y a ser el primero; las chicas y el verano son cuenta suya. En las vacaciones próximas, la Begoñi se lo ha de enseñar todo, y él a ella.  Se acabó eso de jugar a los médicos con la ropa puesta. Luis Murillo oye lo que se cuentan él y Cereceda. Es ya la hora del Rosario. Hay que ir a la capilla. Doble fila, sin rozar las paredes. La pintura escasea. Son malos tiempos. Lo ha dicho don Enrique en la lectura de notas y lo ha repetido El Cartujo desde lo alto del estrado. Luego vendrá la merienda, en silencio, que ha llegado el tiempo de Adviento.

 

            4.  CÁNTICOS

Sigue el Zaberri empeñado en dar regocijo a todos los demonios, en enturbiar el aire con su voz emponzoñada:

                                                  Dueño de mi vida,

                                                  vida de mi amor,

                                                  ábreme la herida

                                                  de tu corazón.

                                                  Corazón divino,

                                                  dulce cual la miel,

                                                  Tú eres el camino

                                                  para el alma fiel.

La ondulante mano de don Saturio Antón  dirige la liturgia. Arriba, en el coro, don Artemio el viejo consigue que prevalezca la voz del órgano sobre los eructos de don Valentín Diago quien, sintiéndose acorralado, recurre a sus aparatosas muletas para que nadie dude de su grosería. Los apostólicos cantan como los ángeles haciendo coro a José Villar, cuya voz solista agrietará cualquier día los arcos de la bóveda para llegar al cielo. Eso ha dicho en un arrebato lírico Santos Estráviz, que aún no ha conseguido poner una de sus orejas frente a la otra.

José Villar, arcángel, susurro lejano. Un cáncer agazapado en aquel manantial de trinos condujo su voz perfumada a la infinita altura desde las colinas que amparan la ermita de San Gregorio Ostiense, cercana a su cuna navarra, donde aletean todavía sus cenizas junto al ciprés. En esta hora santa que precede a la beatificación del padre Mario, Luis Murillo recurre a la garganta de su difuso amigo para que comunique a todos los puntos cardinales la perplejidad del momento. Alejado repentinamente del mundo por unas líneas desvencijadas, sabedor de secretos que nunca debió conocer, herido por la muerte de una madre que le dejó indefenso de por vida, el hermano lego se siente incapaz de definir qué es la beatitud.

Las voces opacas de hoy no caben por las grietas que hace más de medio siglo perfilaran en la bóveda de la iglesia los gorjeos de José Villar. El prior no se recata y sigue iniciando cada estrofa en un semitono más bajo de lo debido. Luego, en el estribillo, la paciencia de los cantores recupera la tonalidad. Siempre es así desde que el Zaberri abandonó su ficticia pasión por el gregoriano cuyos melismas no cabían en su retorcida boca. Si viviera don Valentín no se hubiera contentado con alborotar desde el coro. Sus tumultuosas muletas se habrían convertido en jabalinas.

                                                  Adoro te devote,

                                                  latens deitas

                                                  qui sub hic figuris

                                                  vere latitas.

La voz pizarrosa del belicoso rey Senaquerib revestido de capa pluvial e invadiendo bajo palio la ciudad de Babilonia no hubiera puesto mayor énfasis en el cántico latino que el padre Constantino Moraza. La frente alta, las plateadas sienes palpitando y los ojos a punto de ignición, se siente acogido por las aterciopeladas voces que cultiva don Saturio en los atardeceres celestes del colegio apostólico. Pero hoy, perdida la memoria de los asirios y de los próceres padres reclutadores, perdida incluso la memoria del padre Miguel Lezaun que recorría en bicicleta primero y luego en moto vespa los caminos del contorno buscando vocaciones, hoy se han impuesto los melindres pegajosos que el Zaberri inicia cada poco aprovechando la deserción de don Saturio, la muerte de Senaquerib, la distancia de don Manuel González, el silencio eterno de don Valentín y la definitiva ausencia de cualquier maestro de coro, incluido don Artemio de Ocio, don Artemio el viejo-Don Quijote-La Moña.

La hora santa ha consumido su primer cuarto de siglo. El prior ha entonado las notas iniciales del viejo himno que le retrotrae a sus más oscuras ambiciones de llegar a obispo. No ha renunciado todavía, y se avecinan tiempos favorables con el padre Mario camino de los altares, un prestigio corporativo, toda una garantía para la conferencia episcopal que ha de valorar su candidatura. Ya no es preciso ser adicto al régimen para obtener una sede. Son las escasas ventajas que aporta a la Iglesia un Estado que se define laico.

                                                  Pange lingua gloriosi

                                                  corporis misterium

                                                  sanguinisque pretiosi

                                                  quem in mundi pretium

                                                  fructus ventris generosi

                                                  rex effudit gentium.

Todos los frailes cantan menos Luis Murillo. Dios se le ha situado a tantísima distancia que hasta duda de la eficacia del antiguo conjuro. El templo se ahoga en las volutas del incienso. Aunque intentara sumar su voz al homenaje, la pastosidad de la boca le impediría alcanzar ni siquiera el semitono desechado por el prior. Sus escalas andan ahora varios puntos por debajo del nivel. No le sirven para remontar el dolor nacido en las rodillas porque el manantial está envenenado, como se envenenó aquella fontana de sortilegios de José Villar donde todos los aspirantes bebían a sorbos el néctar de la música.

                                                  De mil amores,

                                                  tiernos loores

                                                  te cantaré.

                                                  De noche y día,

                                                  Virgen María,

                                                  te serviré.

                                                  Fuente cerrada,

                                                  de la cañada

                                                  lindo vergel…

Fuente cerrada… mejor fuente cegada. El dilema que le crece dentro, entre la agitación del miedo y la furia de la revancha, está robándole la pequeña paz conseguida a lo largo de los años. ¿Cuál es su obligación ahora desde un punto de vista moral? ¿Y desde una consideración simplemente humana? ¿Desde la honestidad profunda que mora en los hontanares de la pureza incontaminada que todo ser inteligente lleva dentro aunque los avatares de la vida hayan empañado para siempre su conciencia? ¿Puede ser beato un hombre que sedujo a una pobre criada, que tuvo de ella un hijo y que tapó su pecado a los ojos de todos, también de quienes compartían su vida consagrada? Si la Iglesia lo declaró Siervo de Dios hace más de dos decenios por el simple hecho de haber sido fusilado durante la guerra civil, y luego Venerable, ¿habrá que revocar el nombramiento y devolverlo al purgatorio de las almas impuras hasta que redima su culpa? ¿Por cuánto tiempo? ¿Se le puede mantener esa dignidad celestial en la reserva o quedará definitivamente incapacitado para retornar a los altares? ¿Y si realmente no fue un mártir como afirma Santos?

                                                  en Ti el Eterno

                                                  con amor tierno

                                                  se complació.

¿También en el padre Mario se complació el Eterno? Ha consentido que sea declarado Venerable a pesar de… Le ha concedido el don de hacer milagros, sin lo cual no hubiera prosperado su causa. Si Dios, que lo sabe todo, ha decidido que su padre carnal sea elevado a los altares, ¿cómo él, un simple fraile lego de la Congregación, un hombre sin recursos, sin prestigio, un rescatado de la miseria por la infinita bondad del Altísimo y por el misericordioso beneplácito de los superiores, puede poner en peligro el encumbramiento anunciado?

El silencio es la respuesta. En cuanto decida lo que debe hacer, acabará la tortura del fuego, ese presagio de infierno que están viviendo todas sus fibras corporales. Cantan los frailes con voz estéril, dudando en los latines, desentonando el Zaberri como siempre, como siempre apestando a presunción, apestando más que el incienso cuya umbría inunda posiblemente más bocas que la suya porque las voces titubean, porque los cánticos se deshilachan como se ha deshilachado antes la levedad del aire, porque las bóvedas se cierran desesperando hoy de las promesas que recibieron hace ya más de diez lustros.

                                                  Tamtum ergo sacramentum

                                                  veneremur cernui

                                                  et antiquum documentum

                                                  novo cedat ritui

                                                  praestet fides supplementum

                                                  sensuum defectui.

Dirá que no para recuperar la fe en el Santísimo Sacramento, en la Santísima Trinidad, en María Santísima y en todos los santísimos santos y beatos de la corte celestial, su verdadero padre incluido. A los sesenta y cinco años, con la brújula vital varada para siempre, agotada ya de tanto marear sobre el mismo eje, no caben más opciones. Lo que llaman sinceridad es una trampa, un recurso del demonio. ¿En qué idioma cantará el demonio? Porque si el demonio es simplemente Dios de mala hostia, como susurraba Santos Estráviz con carcajada de apóstata, algún cántico tendrá que utilizar en sus misas negras, o en sus horas impías ofuscadas por un incienso impregnado de cinabrio.

 

     5.  SATURIO ANTÓN

Tras la ventana de la habitación brilla la bruma del atardecer, esa cortina de neblina interminable que ni el sirimiri consigue disolver. Con el brazo haciendo de muleta bajo la barbilla, siente don Saturio el latido de cada segundo, la melancolía neutra de un valle sin horizontes, los atisbos de esa nueva dimensión cuyas revelaciones tardan en producirse. El pelo castaño se le riza de nostalgias. Quiere saber, pretende vivir la plenitud del tiempo, los recovecos de la existencia, alcanzar los secretos del conocimiento. Mirada cristalina la suya, larga, lejana, perdida en la imprecisión del presente y en la inexactitud del futuro. A través de la ventana llegan más dudas que luz.

Las estanterías están llenas de ejercicios escolares por corregir. El eterno dilema. Los mirará, los valorará. Pero siente otros reclamos más poderosos. Hay un libro llamándole sobre la mesa. “La agonía del cristianismo” agita los siglos de oscuridad que serpentean por las venas del disidente; los garfios de la duda acristalan su mirada, la filosofía del cepo impide cualquier paso en cualquier dirección, incluida la correcta.

–Pase, pase –responde sobresaltado al oír el repique seco de los nudillos en la puerta de la celda.

–Ave Maguía Puguísima; buenas tardes, don Satuguio, ¿podgríamos hablag un momento? –pregunta la voz afrancesada de Artemio Tejedor, don Artemio el joven, que se introduce en la habitación olfateando las esquinas. Es pequeño, delgado, blanquecino, de mirada inocente y pómulos arrebolados.

–Sí, claro, dígame, don Artemio.

–Migue, don Satuguio, quiego pgreguntagle qué nota le ha puesto a Muguillo, el de segundo, en Lengua y Literatuga española.

–¿Qué pasa, hay algún problema?

–Sí, una cuestión de copia que tenemos que rgesolveg pgronto.

–Pues mire, voy a comprobarlo, pero me parece que un cinco pelado. Estoy seguro de que… Sí, eso es, un cinco.

Ha mentido. Las notas están sin poner, aunque ha echado un vistazo a los ejercicios que encargó para hacer fuera de clase, en el tiempo de estudio que controla el prefecto. Ha dado una respuesta a vuelapluma, a vuelavista mejor. No ha podido dedicarse a corregir en detalle las redacciones porque la pesadumbre del otoño le ha minado el tiempo. El fajo de los trabajos escolares está limpio de anotaciones, a pesar de que hizo una primera lectura. Le sorprendieron algunos. Luis Murillo… bueno, no es mal chico, se aplica en general, pero en aquella ocasión… sí, está claro que copió de Irribarría, conoce bien su estilo aparatoso.

–Si es así, es suficiente.

–Pues no puedo ponerle más porque hay algo que no encaja, como si hubiera recibido alguna ayuda exterior. Lo siento.

–Bien, gracias, no le molesto más. Ya hablaguemos del caso pogque ahoga tengo pgrisa. Hasta luego, Ave Maguía Puguísima.

Ha salido don Artemio Tejedor acechando las sombras del pasillo. Camina hundido en la nostalgia de días más placenteros, paladeando los recuerdos verdinegros que se van apoderando de su memoria como rumores de una fuente lenta y musgosa. Hubo un tiempo en que fue feliz. Ahora entrará en la sala de profesores donde todo es tibio y aparentemente cordial, donde se refugian las soledades irrecuperables de aquella treintena de náufragos a quienes únicamente se les permite ejercer una mansedumbre apergaminada. Falta Avelino Palma, falta Artemio de Ocio, falta Armando Velázquez, falta Eulogio Erandio, falta sobre todo Saturio Antón. El hereje, el perverso, el distinto, el distante; ¿para qué estará allí, por qué les plantea tantas dudas mudas sobre otras tantas dudas expresas? Artemio Tejedor ha visto el libro prohibido sobre su mesa, presidiendo sin ningún pudor la agonía del atardecer, la agonía de esa mirada lóbrega que ensombrece infinidad de paisajes, una mirada que atormenta con su látigo a los apostólicos. Todos tiemblan ante el profesor de Lengua y Literatura. Sólo cuando toca el piano se transforma. Ahora parece un querubín, comentaba don Enrique el día de la fiesta de la Virgen del Pilar, cuando al final de la comida se sentó al piano e interpretó “El lago de Como”.

El músico está tarareando los últimos compases de esa melodía entre sensual y  piadosa que descubrió la semana pasada en los discos de gramola que trajo el padre Constantino de su viaje. Discos gastados, discos de segunda mano, obsequio de una familia agradecida a los favores del padre Mario desde el más allá, pero al menos música. El “Andante cantabile” de Tchaikovski, para cuerdas, sin los estrépitos y las fanfarrias de la “Obertura de 1812” que ya empieza a saturarle. En esta tarde imprevisible, la música del “Andante cantabile” puede servir de refugio, de remanso, de freno a la desazón. Unamuno no hubiera hecho buenas migas con este Tchaikovski blando. Ahora tiene liberada la cabeza y dibuja en el aire unos bucles parecidos a los que los rizos forman con su cabello.

Saturio Antón intenta escapar de sí mismo a manotazos. Pero sigue atrapado por la neblina nocturna. Pronto van a llamar de nuevo a su puerta. Retumba ya el pasillo. El Cojo está llegando. Suena la tarima encerada cada mañana, esa tarima oscura frotada desesperadamente por los apostólicos en los trabajos de limpieza, revisada cada mañana por el prefecto con su ojo delator, agredida cada tarde por los andares tumbos de don Armando Velázquez, El Cojo, que hace su procesión de calamidades hacia todos los destinos descubiertos y por descubrir. La puerta suena de nuevo.

 

        6.  LA ALAMEDA

Don Artemio de Ocio y don Eusebio Beltrán enfilan la Alameda. Han terminado la comida, una sesión de viernes sin carne y sin vino por decisión del superior que atiende insinuaciones del Cartujo. El resto de los hermanos ha aceptado sin ganas la restricción, pero ninguno se atreve a argumentar contra el tiempo de preparación para el Adviento.

–Hoy ha sido parco el yantar, hermano –dice don Artemio.

–Sí, me he quedado con hambre, no sé usted…

–Bueno, no le demos importancia a eso; para los jóvenes es peor, pero a nuestra edad y después de lo que hemos pasado… –concede Artemio de Ocio embebido en sus pensamientos ascéticos.

Pasean bajo los castaños de Indias que de vez en cuando dejan caer algunas pilongas sobre la hojarasca. Acaban de rebasar el frontón, donde don Avelino Palma desafía a tres apostólicos grandones, recién crecidos durante el verano, tres mocetones con su energía nueva y una agilidad por estrenar.

–Ya se habrá enterado de que nos llaman Don Quijote y Sancho Panza, don Artemio –advierte Eusebio Beltrán a su acompañante tras un incómodo silencio.

–Hacemos buena pareja, no hay duda, o mejor dicho: qué duda cabe, don Eusebio. Las mentes juveniles son alegres, conspicuas y ocurrentes, viven en permanente arrebato, es cosa manifiesta, va de siglos, ya lo ve usted –sonríe Artemio de Ocio retomando la primera insinuación de su acompañante mientras pasea la mirada por las frondas ocres entre las que clarea el cielo plomizo de noviembre.

–Claro, y me he enterado de que nos ponen otros motes menos ilustres.

–Sí, a mí La Moña –y Artemio de Ocio ríe sin bajar la cabeza.

Eusebio Beltrán estira el paso para no perder la línea que trazan las grandes zancadas de su compañero. Lo hace sistemáticamente cada tres series completas de izquierdo y derecho, pero con la novedad de los apodos se le ha ido el cálculo y tiene que recuperar posiciones. Nunca atiende al orden de los pies, aunque tendría cierta ventaja arrancando con la izquierda si se considerara también la prominencia de la panza. Su abultado vientre ganaría en trece centímetros al de su compañero de paseo en una medición que partiera del epicentro corporal, y en algunos más si el punto de referencia se situara en la columna vertebral, aun teniendo en cuenta que el abultamiento trasero equilibra en cierto modo el desarreglo de las distancias. Toda esta filosofía geométrica se la espetó una tarde, hace ya tiempo, su peripatético hermano conventual.

Animado por la confianza que le infunde el buen tomar de su colega sacó a colación uno de los apostólicos de cuarto curso que la semana anterior subieron a Urkiz para ayudarles a limpiar el establo de las vacas. Alertado seguramente por aquellos olores hirientes que parecían justificar el tema, el jovencito planteaba a un compañero la identidad de los procesos digestivos entre  humanos y animales, llevando el caso a extremos arriesgados, habida cuenta de las circunstancias: el Caudillo de España y el Papa de Roma. Habían comenzado preguntándose por las funciones evacuatorias de sus padres, que admitieron sin dificultad, a pesar de que uno confesaba no haberlas descubierto hasta los siete u ocho años. El segundo escalón comprendía al conjunto de los profesores, incluido el señor director, pero sin que afectara al padre Eustaquio, el más anciano de la comunidad, ni al padre Constantino, que entraron en una tercera fase, debido seguramente a sus sotanas. Cuando Eusebio Beltrán cogió onda, estaban ya en la última escatología. El enigma del Papa tuvo mejor respuesta porque se podía explicar mediante un virado al blanco, habida cuenta del tono de sus vestiduras. No entendió bien el fraile lego la sutileza de esta explicación. El caso del Caudillo era aún más arduo. ¿Acaso un hombre de su porte, de su importancia, de su significado, de su responsabilidad, de su autoridad, podía entretenerse en menesteres tan vulgares? ¿Tendría tiempo para las funciones evacuatorias, cuando se sabía que ni siquiera le alcanzaba para dormir? Hacía poco les habían asegurado que la lucecita de El Pardo no se apagaba en toda la noche. Y se sabía también que en la pesca del salmón por Asturias sólo tenía tiempo de recoger carrete cuando el pez picaba, o que cazando perdices por los campos de La Mancha tan sólo disparaba cuando la presa llevaba trece segundos consecutivos dentro del punto de mira, suspendida de algún soporte a medio metro del suelo, una vez puestas las cámaras del No–Do en adecuada disposición. Artemio de Ocio y él ya habían comentado estas informaciones malintencionadas. Cosas de los enemigos de la fe y de la patria que aún andaban ocultos por los entresijos de las grandes ciudades y por algunas montañas abruptas de Asturias, los Pirineos y el Maestrazgo.

–Es un tema delicado el de la defecación del Santo Padre, don Artemio, y aún lo es más si nos referimos al Caudillo, ¿no le parece?

–Ciertamente, don Eusebio; habría que consultar a los expertos. En el primero de los casos a teólogos y moralistas; en el segundo, no sé… tal vez a algún ministro, quizá a su secretario particular, acaso a su médico, aunque seguramente su esposa… pero no crea que resultará fácil.

–Claro que, bien pensado, como hoy la medicina ha avanzado tanto, pues tal vez, quizá, digo yo… en fin, son cuestiones que nos desbordan.

–Algo habrá de eso, sin duda, pues los desfiles de la victoria que duran seis y hasta siete horas no podría resistirlos si tuviera las mismas necesidades fisiológicas que usted, por ejemplo, don Eusebio.

–Y que usted, don Artemio, vaya.

–Yo no, lo aseguro que no, don Eusebio.

–No me irá a decir que…

–Así es, se lo aseguro, qué quiere que le diga.

–¿De verdad? ¿Desde cuándo? Pero, ni…

–Nada, ni eso, créame.

–No es posible.

–Vaya que sí.

–Bueno, bueno, no me tome el pelo. Poco sé, no tengo estudios como usted y la mayoría de los hermanos, pero los hombres y las bestias nos parecemos en algunas cosas, y cuando un animal no obra durante más de tres días… mal asunto, poco le queda.

–Pues lo mío va de años.

–¡No me diga! ¿Desde cuándo? Dígame.

–Tendría yo doce o trece, no más. Andaba un día por el monte con hambre, porque aunque siempre comía poco, aquel día me había quedado sin bocado como castigo a unas pifias que me pilló mi padre. Salí a buscar cascabullos, o bellotas, para que me entienda, el fruto del quercus ilex, su nombre científico, pero habían venido primero unos vendavales con agua y luego los pastores, ya me entiende, y apenas quedaba pieza en mata. Así que me tiré a lo que pillé, unos gránulos rojizos que invitaban entre las zarzas a un chiquillo muerto de hambre. De ahí vino todo. El primer día, nada. Al segundo lo noté. El tercero comencé a extrañarme. El cuarto fue sábado y me olvidé. Tampoco paré en ello durante todo el domingo. Al amanecer el lunes, la cabeza me quería estallar. Me asusté. Lo conté en casa. Me mandó mi padre a la escuela con malas pulgas. De allí me trajeron lívido. Vino el médico y se pusieron a hacerme las de Caín: lavativas, purgas, ricinos y un tropezón de artes que no sirvieron para nada. Mi madre lloraba. Recuerdo que era el día de san Serapio, por lo que el párroco del pueblo entonó las oraciones correspondientes y comencé a mejorar. Así hasta hoy, don Eusebio.

–¿Sin obrar?

–Nada.

–Ahora me explico por qué come tan poco.

–Lo hago por simple entretenimiento, por no significarme mientras los hermanos reponen fuerzas. Hubo tiempos en que embaulé a pasto, por hacer carnes, por ganar presencia, pero nada. Ni las infusiones de verbena officinalis, que una bruja me aseguró eficaces, pudieron conseguir algo. A veces dudo de estar vivo.

–Será la misericordia divina.

–Será.

Hay una pausa antes de que Artemio de Ocio prosiga:

–Así que las dudas sobre la condición digestiva de ese militarcete que tanto le preocupa…

–Sí, es cierto. Pero pienso que también él pudo haber tomado de niño la verbena officinalis esa sin darse cuenta.

–Nada de verbena officinalis, amigo, sino un simple escaramujus vulgaris o alcaracache, al alcance de cualquier intestino bien avenido. ¿Se sabe la condición de las tripas del Caudillo? ¿No? Entonces malo. Conocida la sinergia del epigastrio y del intestino ciego, puede pronosticarse el éxito o el fracaso de la operación.

–Sí, es un poco complicado.

–Claro.

–Y tampoco sabemos si realmente…

–Por ahí habría que empezar. Hay que consultar los informes médicos, los análisis clínicos, toda esa algarabía sin cuyo asesoramiento no podemos tener constancia de que ese personaje padezca o disfrute, según se considere, la situación que a mí mismo me incumbe.

–Mire, don Artemio, ya me voy haciendo viejo y pienso que hay cosas que no tienen remedio. Sobre todo cuando uno se pasa las horas entre bueyes y vacas, o segando el heno, un trabajo bastante más aromático, dicho sea de paso. Sin embargo tengo inquietudes, no crea. Quisiera leer, aprender, tener respuestas.

–No va a encontrar muchas respuestas en los libros, don Eusebio; en todo caso encontrará preguntas. Las respuestas son un asunto muy personal.

–Sí, claro, pero un tema tan soso como el que hablaban los muchachos me deja descolocado porque no he leído lo suficiente.

–Vamos de nuevo con la cuestión, si tanto le preocupa. El Santo Padre y el Caudillo de España son dos animalitos de Dios, como usted, como yo y como el Superior General de nuestra Congregación. Orinan y defecan con mansedumbre y con higiene, porque todo lo que comen es saludable. Todos sus actos son misericordiosos. Ofrecen sus méritos al Altísimo por la salvación de las almas, por la redención de Rusia y por la conversión de los judíos: ¿qué más podemos pedirles? Hablen, beban, duerman o defequen, lo hacen ad majorem Dei gloriam, a la mayor gloria de Dios, como decía san Ignacio de Loyola, el patrono de estas tierras. Cada uno de sus actos es una oración, no lo dude. Porque todas las criaturas del universo alaban a su Creador independientemente de sus deseos. Cuánto más aquéllas, como el Sumo Pontífice y el Generalísimo, que han consagrado su existencia al bienestar de los cristianos, ¿no le parece?

–Sí, sí, muy bien; ya voy teniendo argumentos para la próxima vez que los apostólicos traigan esas conversaciones.

Prosiguen en un silencio cómplice. Artemio de Ocio oscila su cabeza acompasadamente. Los pliegues de la frente se le prolongan por la calva hasta la coronilla. Unos largos cabellos lacios engominados no consiguen ocultar aquella proyección de las circunvoluciones occipitales. Eusebio Beltrán lleva las manos sujetas por detrás, en la postura ancestral que protege de las malas interpretaciones y que tan denodadamente intentan introyectar Manuel González, Constantino Moraza y Eulogio Erandio en las mentes de sus discípulos.

–Y a estos muchachitos, don Artemio, con esas inquietudes tan raras, ¿qué vida les espera?

–Pues verá, hermano y amigo. Lo sé. Cuando todo el mundo se espanta por el cambio que se avecina, esa revolución que se ventea a pocos kilómetros de nuestros caletres, yo estoy tranquilo. El mundo no perderá el giro porque estos minúsculos enanos que somos los humanos caigamos en la locura. Se avecinan tiempos difíciles en los que cada cual habrá de construir su parapeto, recoger su leña y encenderse el fogón.

–Parece usted un profeta, don Artemio. Dicen algunos que esto se hunde.

–De momento cruje, don Eusebio, cruje peligrosamente. Lo suficiente para que las mentes avisadas tomen precauciones. Vino a verme el otro día un antiguo alumno que tuve en el colegio de Madrid  y me dio algunos atisbos de las nuevas tendencias. Parece que han vuelto algunos de los exiliados, al amparo de la presunta desestabilización que se va a producir tras la derrota del Eje. Están tomando posiciones y reclutando gente. Veremos en qué para todo esto. No le digo más. Ya sabe que soy acusado de…

–No entiendo de política, así que no sé qué pensar de lo que me dice.

–Más que pensar, habría que actuar. Cada uno de nosotros tiene su cometido en esta vida y en esta sociedad. El gran acierto es descubrirlo. Si no, puede asegurarse que uno ha perdido el tiempo.

–¿Usted sabe qué hacer?

–Pues mire, don Eusebio. De momento, toco el violín.

No acierta Eusebio Beltrán a interpretar las últimas palabras. ¿Es una chanza? ¿Está de broma don Artemio? ¿Algo puede aclararse si uno toca el violín? Él no sabe nada de música. Canta de oído Vísperas, Completas, Maitines, Laudes, el Gloria in excelsis y lo que le suena. De tanto escucharlo, lo ha aprendido. Procura no destacar, para evitar errores. Don Saturio lleva siempre la voz cantante, como segundo maestro de música después de don Artemio, que es el organista. Respecto al violín o a otros instrumentos, no tiene idea. Para instrumentos está él. La música de Urkiz no es tan fina seguramente, pero tiene de sobra con cacareos, mugidos y berridos.

–¿Qué quiere decir con lo del violín, don Artemio?

–¡Ay!

 

                                                           7.   EL GUA

Ha transcurrido la primera media hora, quizá una hora, hora y media incluso; es incapaz de medir con precisión tanto dolor. Luis Murillo resiste los sucesivos estremecimientos de su musculatura castigada. El silencio es una cortina opaca tras la que se oculta el miedo. Un dolor punzante le atraviesa la carne y la memoria. Aún no puede sentarse. Sería un síntoma de rebelión. Piensa en el reto de la verdad que le ha planteado la vida. La verdad de un padre secreto camino de los altares. La no verdad de la causa inicial, el martirio. La dudosa verdad de las causas últimas, los milagros. De repente comprende que el reto es terrible, cada segundo lo agranda. Examina su conciencia alterada. Es muy difícil hablar, quizá imposible. Seguirá callado, pero sabe que cada día le crecerá el miedo a que su secreto sea descubierto. Será el blanco de todas las miradas, el destino de mil comentarios penosos. El prior le seguirá fulminando para siempre con su mirada venenosa.                                    

El trallazo ha salido de la mano de don José, El Pelotari. Pide perdón a don Artemio, que ha visto segada su respuesta a la grave cuestión del violín. Se le desploma entonces la mirada que tenía colgada desde hace minutos en las ramas de los castaños de Indias. De primeras atribuyó el golpe a una de las pilongas tardías que inadvertidamente habría caído sobre su frente. Luego ha vuelto los ojos hacia el Pelotari con incomodidad. Don José vuelve a pedir disculpas con un gesto lejano.

A la izquierda, semiocultos por los gruesos troncos de los árboles de la Alameda, el músico descubre a tres aspirantes agachados que les observan con ojos cómicos.

–¿Qué hacen ustedes ahí? –pregunta aún sobresaltado por el pelotazo.

–Nada. Estamos jugando al gua –responde Luis Murillo sorprendido por la brusquedad de don Artemio.

Llevan un buen rato siguiendo la marcha de los paseantes. Agazapados tras los árboles, saltando de uno a otro con celeridad, con un puñado de canicas en las manos por si son sorprendidos, Estráviz, Basterra y él han espiado a la pareja de peripatéticos como si fueran detectives avezados.

–Tú piensa que El Cartujo nos ha contratado para controlar a ese hereje– le ha dicho Santos al proponerle el seguimiento.

A Basterra le arreó Magán tal balonazo ayer al mediodía que lo dejó inservible para una o dos jornadas. Enseguida se ha sumado a la aventura exploratoria que Estráviz proponía a Murillo. Mejor con tres, más disimulado. Nadie pensará en amistades particulares. Y si les pillan, se repartirán el castigo. Seguirán a La Moña. Escucharán lo que dice. Puede ser divertido.

–El muy puñetero no me deja aprender a tocar el violín porque dice que tengo los dedos cortos. ¿Te parece a ti que los tengo cortos? –le pregunta Santos.

A Luis Murillo le parece que don Artemio el viejo está un poco chiflado, pero que es un buen tipo. Dicen que lo cogieron los del bando republicano, los rojos, y lo tuvieron preso, pero no le hicieron nada, no lo fusilaron como al padre Mario, el único mártir de la Congregación. Luis Murillo no recuerda a su padre, que también murió en la guerra cuando él tenía dos años; sólo sabe que se llamaba Melchor y que su madre se casó en segundas nupcias con el bueno de Rufino Alonso, que mientras vivió se portó con él como un verdadero padre. Fueron tiempos revueltos, lo ha oído siempre. También ha oído lo que le ocurrió a  uno de sus tíos, el hermano mayor de su madre, que resultó herido en una batalla pero no murió, aunque lo fusilaron antes de acabar la guerra tras un juicio sumarísimo del que no se puede hablar; sabe que es algo grave lo de sumarísimo, no entiende bien qué significa, pero no se ha atrevido nunca a preguntarlo. Don Artemio tuvo suerte, lo protegió la Virgen María, le comentó un día su madre que lo conoce antes de nacer él. Un fraile con esos antecedentes ha de tener mucho mérito en estos tiempos, porque no le faltarán problemas. Se dice que los superiores le pusieron muchas dificultades para seguir en la Congregación por su amistad con los rojos.

Luis Murillo se preguntó en secreto, cuando lo supo, por qué a su padre no le había protegido la Virgen María, por qué había muerto en el bando de los buenos, los nacionales, los que defendían a la iglesia y a los curas. ¿Por qué la Virgen protegió a un republicano, aunque fuera fraile, y no a su padre que era un buen cristiano? Nunca se ha atrevido a preguntárselo a su madre.

Ahora sí juegan de veras al gua. Si La Moña y Sancho Panza sospechan que los han estado espiando… A él también le gustaría aprender a tocar el violín, pero no se atreve a decirlo. Su madre le ha ordenado que no pida nada de eso. Que ya les han hecho los frailes muchos favores. Que si algún día tiene que volver a casa, porque nunca se sabe, de nada le servirán ni el piano ni el violín. Para el piano tendría que hablar con don Saturio, además. No es buen momento, aunque sea el encargado de limpiarle la habitación durante los trabajos matinales o vespertinos. Ahora tiene el conflicto de la copia en clase de literatura. Se lo ha dicho a don Artemio el joven, que lo encontró llorando. Pero no se atreve a más. Don Saturio le impone mucho. El caso es que lo quiere, pero su mirada saltona y el riesgo de su carcajada metálica le atemorizan. Tendrá paciencia. Él no copió a Irribarría; simplemente habló con él y tomó algunas ideas suyas para la redacción sobre la “Sinfonía del Nuevo Mundo”; pero la ha escrito él solo. Tendrá paciencia.  Don Manuel les ha dicho que la santa paciencia es una virtud muy necesaria para alcanzar la santidad. No puede dejar de pensar en cómo le amedrenta la mirada saltona de don Saturio.                                     

Luis Murillo da un respingo saliendo de la ensoñación. Más le amedrenta ahora el rostro bífido y la risa descarriada del padre Zaberri. Le aterroriza. Y su voz de palo iniciando un semitono más bajo de lo debido la segunda estrofa del Tantum ergo. Dispuestos están a huir los ángeles y los arcángeles de aquel zafarrancho vocal, las dominaciones y las potestades también, incluida el alma rumorosa de José Villar. Ha retornado el prior al presbiterio revestido de alba y capa pluvial.

                                                   Genitori, Genitoque

                                                   laus et jubilatio

                                                   et in mundo virtus quoque

                                                   sit et bene dictio

                                                   procedenti ab utroque

                                                   semper sit laudatio.

En ese momento mágico de la elevación de la Custodia y de la bendición universal que imparte el celebrante trazando en el aire el signo de la cruz, el incienso se fluidifica, la herrumbre de la boca se desvirtúa, la nuca pierde tensión y sus rodillas dejan de manar sangre. Se ha obrado el prodigio. La Sagrada Forma, con los reflejos dorados del metal bruñido, ha desviado el fuego cruzado que ha mantenido su cuerpo en vilo durante los últimos cincuenta años. Es de nuevo un niño. Un niño de pelo cano y carne flácida. Pero ya no sufre. Tampoco goza. Ni siquiera sabiéndose conducido por la vida a la dudosa fortuna de ser hijo de un padre beato. Seguramente ha sido él quien, compadecido de las graves cuitas de su vástago, ha implorado del Altísimo la suspensión de todos los dolores. Un milagro tardío que podría reforzar la causa si no estuviera ya asegurada su beatificación. Han abundado los testimonios. Son muchas las personas bendecidas por los favores del Venerable padre Mario, sobre todo mujeres. Pero la única que lo fue de manera natural, su bendita madre, no podrá celebrar la santidad de aquel querube que la poseyó un día a oscuras y en silencio, sigilosamente, en improvisada comunión pseudomística, como obedeciendo un renovado mandato divino a los casi dos mil años de haber decretado la primera Anunciación.

Ni Estráviz, ni Ibáñez, ni Leturiaga, ni Basterra, ni Garrido, ni nadie sabía nada de nada entonces. Si Magán lo hubiera sospechado, le estaría todavía persiguiendo con el balón y su carota colorada para desgraciarle la naturaleza. Tampoco lo sabría ninguno de los frailes, o tal vez sí, porque ahora recueda que el padre Emilio lo trataba con mucha deferencia, con cariño incluso; ¿intentaba sepultar su vergüenza ajena y colectiva protegiendo al hijo secreto de un miembro de la Congregación y buscando marido a la sirvienta seducida? Tierras y ovejas eran compañía más segura que los turbios andurriales de la ciudad donde ella había nacido, donde se habían encontrado siendo el padre Mario coadjutor de su parroquia antes de que el designio divino lo condujera a recibir la palma del martirio. Siempre se dijo que el padre Emilio y el padre Mario habían sido muy amigos.

Luis Murillo tiembla. La idea le roe el interior de sus huesos doloridos. Su verdadero padre murió en la guerra, sí, como el ficticio, pero lo fusilaron y no fue precisamente un mártir, Estráviz se lo ha explicado. ¿Y si no tiene razón? ¿Si son falsas las informaciones? ¿Si todo es una campaña ponzoñosa de su mente perversa? Santos siempre ha sido un irreverente, un inconformista, un rebelde. El padre Zaberri lo llamó una vez renegado y apóstata. ¿Por qué tiene esa inquina contra los curas, contra la Iglesia, contra todo lo sagrado? ¿Por qué esa obsesión también contra los políticos que gobiernan este país, este pueblo, su pueblo, su gente.                               

Oscilando peligrosamente la cabeza, Don Quijote reemprende su ruta escoltado por Sancho Panza, que trata de no perder el paso. Los tres apostólicos conchabados se ensimisman en el gua. Han llegado a la altura del frontón. No es fácil proseguir el espionaje desde allí. Don Avelino y don José están enzarzados en una pugna sin cuartel, jugando los dos con la zurda porque la mano derecha la llevan vendada. Don Armando Velázquez, El Cojo, que se preocupa por su salud, aun no siendo el titular de la enfermería que oficialmente atiende el propio don Avelino, les ha prohibido usarla durante trece días consecutivos, con sus noches. Lo de las noches ha sido necesario advertírselo porque en la anterior lesión se desgraciaron las manos a medio curar en un rito secreto celebrado a primeras horas de la madrugada, en mitad del plenilunio. Los descubrió el propio don Armando, insomne por los golpes secos que llegaban desde la lejanía a su cerebro como mazazos de amenaza. Se levantó y llegó con sigilo hasta el frontón, atravesando los dominios ajardinados de don Patricio, para sorprender a los contrincantes en plena algarabía de afanes y sudores. Cuando les hubo reconvenido suficientemente, los mandó a la cama amparándose en la autoridad que le conferían su edad y su bastón de madera de boj.

La Moña y su acompañante se pierden en la lejanía de las palabras y los gestos. Santos Estráviz los persigue con la mirada, lamentando que la tecnología no proporcione aún recursos suficientes para interceptar la conversación de los enamorados. Por el centro de la Alameda viene Angel Capitán mirando a las alturas y mascullando palabras en inglés. Se oye el zumbido de un avión. Es inútil. Los restos de la hojarasca otoñal y la densidad del ramaje le impiden verlo bien y catalogarlo con exactitud. Santos coge una pilonga del suelo y la lanza al aire con fuerza tratando de que caiga sobre las mismísimas narices del Americano.                                        

Luis Murillo no hubiera sido capaz. Ni a una mosca pondría en brete. Su natural se lo impide, se lo ha impedido siempre. No es bondad, sino conveniencia, porque sufriría más que el ofendido. Ni siquiera perjudicaría al padre Zaberri, aunque estuviera en su mano. Sin embargo, hoy es distinto. Tiene conciencia del mal. ¿Remueve la verdad o se calla? ¿Qué beneficios, y para quién, se seguirán de su confesión? ¿Acaso no lo saben ya el prior, el Superior General y los demás jerarcas de la Congregación? Si hasta puede saberlo Santos… ¿No lo sabrán incluso el Santo Padre y otros miembros de la curia vaticana? ¿Y lo que le toca a él? ¿La confesión de su propio pecado? Se le han removido los oscuros oleajes de la culpa.

Ha vuelto el silencio. En un ambiente de fragancias crepusculares, con el aire invadido por humos procedentes de la quema de los maizales en las zonas bajas del valle, sólo el golpe seco de la pelota que juegan don Avelino y don José interrumpe la serenidad del recuerdo. Es un golpe seco pero tierno, con el mimo del cuero sobre las palmas encallecidas y contra el frontón ablandado por el constante repiqueteo de las largas, por el susurro medroso de las dejadas que se pierden acompañadas de un suspiro. Un golpe seco pero cálido, cordial, rebosante de esperanzas de victoria.

No el golpe duro de los nudillos del prior, de su insolente puño martilleando la madera centenaria. Es la primera invitación al relajo. 

No las había entonces. Ni El Peque, ni el Lobo, ni El Cartujo… ni Senaquerib en ausencia de los tres, concedían licencia alguna. La hora era santa hasta la consunción, hasta la consumación. Los aspirantes debían criar rótulas robustas que les permitieran permanecer de rodillas durante toda su vida, incluyendo la venidera en el gozo del Señor. Criaban también músculos enérgicos a base de gimnasia y de balón, y los gobernaban luego con cadenetas lacerantes para poner en fuga el más mínimo brote libidinoso. Los cofrades del frontón, tanto si pertenecían al bando de don Avelino como si eran partidarios de don José, curtían sus manos para empuñar algún día los útiles de guerra y las armas de conquista en la nueva cruzada que sería preciso emprender al ritmo que llevaban los acontecimientos.

–¿Sabes que el hermano de Zubía tiene una pistola en casa?

–¿Sí? ¿Quién te lo ha dicho? ¡Menuda como lo cojan!

–La guarda de cuando la guerra. Dice Zubía que su padre y su tío fueron gudaris y su abuelo también.

–¿Gudaris? ¿Qué es un gudari?

Estráviz está en todo. No se sabe qué hace aquí, porque se acabará yendo, no sirve para fraile. Demasiado inquieto, demasiado revoltoso, demasiado rebelde. También puede tener novia en su pueblo. Garrido se lo ha dicho. Con trece años ya se puede tener novia. Cereceda también puede tenerla. Y Castresana, con esa mirada curva que habrá levantado más de una falda. Luis Murillo repasa las elucubraciones y sospechas de Garrido, el más ansioso de todos los de su curso. Y recuerda cómo le bailaban los ojos durante el paseo, a la salida del pueblo, viendo a las chavalas brincar sobre aquellos espabilados que se habían tumbado en el suelo boca arriba para jugar al veo-veo. Se puso colorado, muy colorado, por vergüenza o por envidia. Él también se ruborizó.

 

                                                   8.  DUDAS

Sonará la puerta de nuevo. Suena ya el pasillo. Viene El Cojo. Suena la tarima que se encera cada mañana, la tarima que los apostólicos frotan con paños finos para que brille, para que los brillos de la vieja madera reflejen el alma inocente de esos niños con paños de color ceniza en los pies, unos paños cuyo estado comprueba de vez en cuando el ojo revisor del prefecto para mantener su grado de eficacia abrillantadora. Pero cada tarde la tarima brillante es agredida por los pasos patosos de Armando Velázquez, por sus andares tumbos y contrarios. Resuena el largo pasillo a túnel sin salida, a galería de mina cerrada y mortal, a noche oscura preñada de tormenta. La tarde es lenta y marca la hora propicia para sembrar insidias.

La puerta suena de nuevo. Ha dejado de retumbar el pasillo brillante  de cera mortificada por la brega matutina de los apostólicos. Saturio Antón sospecha las intenciones de la visita y no se limita a responder ¡Adelante! sino que se levanta de la silla y acude a franquear la entrada al Cojo. Por el eco sonoro de la tarima ha sabido quién es el visitante. El trun–trun de sus pasos patosos aún le resuena dentro, le repica en lo profundo de la memoria como si lo hubiera aprendido en el seno materno, como si lo hubiera absorbido con la leche de mamar. Sueña con él a menudo, ese trun–trun, y hasta le pareció una noche que era el compás del universo, el ritmo que pone a girar el cosmos. Todos los planetas, las estrellas, los cometas y muchos más astros descubiertos y por descubrir danzando al trun–trun del Cojo. Armando Velázquez demiurgo universal de las esferas siderales, la estrella más patosa de la galaxia. Con ese ritmo agazapado en sus zapatos de alzadillo, una dimensión que nace antes del pasado y muere más allá del futuro, parece estar solicitando siempre ayuda: ayuda para entrar, ayuda para salir, ayuda para bajar, ayuda para subir, ayuda para arrodillarse, ayuda para levantarse... En la capilla tiene licencia amplia, prácticamente absoluta; no ha podido con él el prior, así que pasa casi todo el tiempo sentado, incluso cuando se eleva la Sagrada Forma en la misa, cuando se da la bendición con el Santísimo y durante el lento transcurso de las horas santas.

Recibió durante la guerra un balazo en el tobillo. Dos balazos en el mismo sitio, dicen otros. Tres, afirma don Juan Vigil, El Individuo,  buscando el pasmo en los ojos de los jóvenes. Corren las leyendas. Alguien dijo que fue ante un pelotón de fusilamiento, tal vez fuera don Artemio Tejedor, don Artemio el joven, quien lo reveló. Que le dieron en el mismo pie por falta de puntería. Aún hay quien lo pone más dramático cuando asegura que El Cojo lleva varios proyectiles incrustados en los huesos de la pierna izquierda. Que el ruido atronador de sus pasos no se puede producir sin plomo en el cuerpo. Se deshacen las leyendas cuando Santos Estráviz se inventa un episodio vulgar para explicar los males de don Armando: se cayó de un guindo cuando era joven y se rompió una pierna. Fue antes de la guerra. Le operaron en un hospital militar y quedó así. De fusilamiento, nada. Cereceda le ha dicho que allí no se dan los guindos. En la Rioja, sí, y El Cojo es de allí, le ha respondido Estráviz sin pestañear. Cereceda también es riojano y hace un gesto de asentimiento.

–Mire, don Saturio, vengo a pedirle otra vez que hable usted con don Artemio de Ocio, ya sabe. Ustedes se entienden con eso de la música. Yo ya no puedo más. Cualquier día…

–Vamos a ver, vamos a ver, don Armando; no debe usted tomarse las cosas así. Don Artemio es una buena persona, bastante castigado por la vida, de acuerdo, pero buena persona al fin. Debe usted comprenderlo y tolerar sus bromas.

–Pero… ¿sabe usted, don Saturio, qué acaba de decirme hoy mismo al volver del paseo de mediodía?

–Bueno, alguna jaculatoria de las suyas.

–Nada de eso. Una burla en toda regla. Un versito venenoso. Y acompañado de esos movimientos de la mano que…

–Vamos a ver, ¿qué le ha dicho?

–Pues verá: “Entre el clavel y la rosa, su majestad escoja, o sea, es coja”. Y al mismo tiempo hacía giros y piruetas con los dedos extendidos. Pero lo peor de todo es que ha terminado apuntando al cielo y gritando “¡Quevedo!” Eso es un insulto.

–¿Sabe usted quién fue Quevedo?

–No.

–Pues mire, quédese tranquilo. Lo que don Artemio ha recitado son unos versos de Francisco de Quevedo, un poeta del siglo de oro, compuestos para embromar a una reina. No tenían nada que ver con usted.

–Pero lo ha dicho mientras yo pasaba a su lado, mirándome de reojo.

–No tiene importancia. No se habrá fijado en si era usted u otro. Estaría en una de sus efusiones líricas. Ya conoce a don Artemio: un poeta, un artista de alma melancólica, un genio encapsulado por las circunstancias de la vida.

–Pero…

–Le aseguro que ni se ha enterado de que pasaba usted por allí. Se sorprendería si se lo comentáramos.

Armando Velázquez no las tiene todas consigo. Que Artemio de Ocio es un lunático, lo sabe todo el mundo. Que a menudo habla solo y que se pierde en un torbellino de semicorcheas fantasmagóricas, también lo saben todos. Pero que entre las inmundicias de la memoria del músico anida su figura torva, sólo lo sabe él. Lo sabe porque lo denunció tras la guerra por republicano. Debió enterarse el aludido, pero los superiores lo protegieron por extrañas razones que nadie entiende. Teme que el poeta se la esté guardando. Hasta hoy ha soportado sus indirectas, pero lo de que su majestad es coja le ha parecido un insulto insoportable.

Se sabe las respuestas, pero las quiere escuchar de nuevo. Quiere escucharlas del músico colega de su enemigo. Don Saturio toca el piano y dirige el coro de los aspirantes, es hombre serio y severo, no le va a engañar con lo de Quevedo.

Armando Velázquez se da un golpe en la cabeza para espantar las fantasías. A veces teme a su imaginación calenturienta. Ya ha golpeado la puerta, ha llamado por octava vez, por novena. Llamó ayer, antes de ayer, el día previo, el anterior… hasta cree haber llamado ya al día siguiente y dentro de dos y dentro de tres. En su cabeza de frente diminuta se cruzan las idas y las venidas a la habitación del músico. Volverá a llamar, aunque sea la décima aquella tarde. O la primera, que el tiempo es un concepto vacuo, como le oyó decir precisamente a don Saturio.

La puerta está entreabierta, pero llama, es la norma. Ha sonado a hueco. El sonido también puede ser un concepto vacuo. Nadie ha visto jamás el sonido. Don Saturio sabe filosofía, además de música. Ya ha llamado. Escucha un susurro zigzagueante por debajo del umbral. Empuja y se asoma sin entrar. En cuanto ve al apostólico, avanza decidido hasta él.

–No está don Saturio, ¿verdad?

La mano aguileña del Cojo rastrea el cuello de Luis Murillo que sigue frotando la tarima encerada de la habitación que no pudo limpiar por la mañana porque su inquilino estaba dentro. Don Armando entorna la puerta, se aproxima al muchacho, le acaricia la mejilla izquierda y mete su mano derecha por la cinturilla del pantalón para decirle que se le está quedando pequeño.

–Ven esta tarde por la sastrería, que te voy a tomar medidas.

Armando Velázquez es principalmente sastre. Actúa de enfermero sólo para curar al titular, Avelino Palma, o para suplirle. Tiene autoridad sobre él porque es mayor. Pero lo suyo es hacer ropa a los frailes y a ciertos aspirantes. Luis Murillo es uno de ellos, lo ha indicado así el señor director, sin explicarlo. La consigna viene de más arriba, parece ser que del propio Superior General.

El Cojo le ha metido toda la manaza entre las piernas, por delante y por detrás. Ha tomado cuatro veces aquellas medidas. Le ha movido sus partes, primero a un lado y luego al otro, sin apenas disimulo. Un temblor primaveral asalta las rodillas del muchacho mientras el sastre le dice mascullando:

–Vienes bueno, chaval.

Prefiere aquel lejano cosquilleo en las rótulas al punzamiento de ahora. Tras un breve descanso, el prior ha vuelto a dar esos golpecitos con los nudillos en el banco, que son la señal de arrodillarse. Después del Tamtum ergo se han recrudecido los dolores. Saetas de fuego y vinagre le perforan la pantorrilla y el muslo viejo que dan al pasillo. Tendrá que gritar. Tendrá que alterar la pasividad vegetal de los hermanos que oran o meditan en un presunto arrobamiento postrados en los bancos de atrás. ¿No les dolerán a ellos las rodillas? ¿Acaso no se las pusieron a temblar más de una vez El Cojo, o don Juan Vigil, El Individuo, o hasta don Artemio el joven?

Un carraspeo del prior destroza la opaca serenidad del templo sumergido en las brumas del incienso. El segundo carraspeo parece destinado a alguien. Seguramente al hermano Benigno. Ese topo zafio que hace de sacristán se está olvidando de algo. Sale del banco posterior tropezándose consigo mismo. Los ecos de su traspié deshacen la sensación de sosiego que a duras penas ha conseguido Luis Murillo en medio de tanta alteración. Los ojos del prior acechando, su voz hojalatera desgraciando himnos, sus nudillos secos dando órdenes, su carraspeo hiriendo el aire. El sacristán farfulla mientras acude a su oficio. Las velas chisporrotean agitadas por aquel tropel de necedades. El hermano Benigno tiene tan mala boca como cuando era joven.

Llegó al colegio apostólico con los mocos tendidos. Le salían mocos hasta por las narices. Don Avelino se lo llevó a la enfermería al cabo de una semana para intentar reducirle la hemorragia. Nada. El Benino como si tal, a escupir y escupir mocos sin parar. Mocos amasados con palabrotas de pueblo. Se había quedado sordo de tanto moco. Fue otro de los protegidos del don Enrique, El Peque. ¿Tendría él, Luis Murillo, hermanos carnales desde tan temprana edad? No. El Benino era un bruto retrato de su padre natural. Lo pudo comprobar años más tarde.

Ha transcurrido la mitad de la primera hora santa, o la tercera parte de la segunda, sin que haya avanzado en el análisis de la situación. Está agarrotado, el cuerpo tenso, la mente comprimida. Se le agolpan el tiempo y los recuerdos. No consigue ordenar la memoria. Un vértigo como de lumbre le arde por dentro, en los canales linfáticos y en los vasos sanguíneos. Don Artemio el joven les hablaba de ellos como avergonzándose de su poca ciencia. Nota alterados los sentidos corporales, desde ese epicentro dolorido de las rodillas que no le permite reflexionar, hasta la coronilla calva por donde debe estar penetrándole la inquina del prior. Ni siquiera es ahora capaz de aplicar las técnicas de relajación que le enseñaron en el Arco Iris. Control del cuerpo para aquietar la mente. Fueron sus años locos. Acudió dos veranos consecutivos a unos cursos de jardinería y tuvo allí experiencias alucinantes. En el último conoció a Mila.

Sin embargo, el asunto urge. Ha de tomar postura. Hasta ahora no ha significado nada en el convento y menos en la Congregación, pero hoy sabe algo definitivo, que seguramente conocen también los superiores. ¿Desde hace cuánto tiempo? ¿Debe participar él en la farsa? ¿Saben ellos que él lo sabe, o sólo lo sospechan? ¿Se debe a eso el cambio de actitud? ¿De ahí viene la invitación a Roma para dentro de siete meses? ¿Es suficiente cumplir los sesenta y cinco años para que un fraile lego que jamás fue tenido en cuenta reciba tanto regalo?

Además de su madre, alguien más sabría que el mártir de la Congregación tuvo un hijo siendo ya sacerdote, con su voto de castidad a cuestas. Alguna vez declararía su pecado. Salvo que le ocurriera como a él, cuando quiso confesar lo de Mila. ¿Habría sido su padre perdonado por un obispo o seguiría como él, suspendido del abismo? En tal caso, lo de la santidad era una patraña. Y aunque hubiera sido perdonado, ¿podía llevarse a los altares a quien contravino a las claras un mandamiento tan principal  para la Iglesia como el de no fornicar? El celibato y la castidad eran algo simultáneo. En Roma no hubieran incoado la causa de beatificación si se hubiera sabido que existía un hijo del mártir, por muy perdonado que estuviera el pecado de la carne. Un hijo que estaba vivo y al corriente de todo. Un pobre fraile que podía hablar. Salvo que…

Luis Murillo siente un espasmo en la columna vertebral. Algo le agita desde las raíces. Una entidad oscura se le ha instalado dentro. Siente pánico y ansiedad. Como un relámpago, ha brillado en su mente la imagen decrépita de Lorenzo de Nora.

 

                                          9.  SANTOS ESTRÁVIZ

Lo ha decidido. Seguirá hablando con su cuñado. Porque Santos Estráviz es su cuñado, un cuñado atípico, privado. Casualidades de la vida. Tal vez no lo sepa nunca. Aunque Santos lo sabe todo. A pesar de su nariz chata, tiene un olfato kilométrico. Habrá vuelto a Madrid, siempre enredado con su periódico y su política. O no. Quizá siga revolviendo algo todavía por allí cerca, medio de incógnito, como de costumbre. Pero si se ha ido, que venga otra vez pretextando una enfermedad de su anciana madre, que ahora vive en la ciudad con Mila y su marido.

Se vieron hará mes y medio, y también hace dos tardes. O tres. Está perdiendo la cuenta de los días. Se asustó por la llamada repentina. Aún se asustó más al día siguiente, durante la conversación. Se trataba de su padre. La cuestión clave para él no salió a relucir entonces, pero estuvo a punto de revelarle el gran secreto. El impacto fue terrible: el padre Mario, tenido por mártir, no lo fue en realidad. Además, parece ser que cuando murió tenía un hijo oculto. Sus investigaciones habían dado buenos resultados hasta el momento. Se sabía con suficiente fundamento por qué lo fusilaron y quién lo hizo. Aún había que atar algunos cabos, pero el asunto era tremendo.

Tras la caída de Bilbao y el desmantelamiento del ‘Cinturón de Hierro’, en junio de 1937, las tropas franquistas pasaron por las armas a varios militantes destacados del nacionalismo vasco, declarándolos oficialmente muertos en combate. Entre ellos estaba el padre Mario, que no ocultó nunca su condición religiosa. Un viejo gudari, que se libró de la ejecución por su amistad con uno de los militares asesinos,  ha revelado el secreto y se ha ofrecido a dar más pistas. Sobre ellas están. Parece que hay alguien dispuesto a declarar, uno de los ejecutores, incapaz de soportar el peso de su conciencia al acercarse el inevitable momento de la muerte. Un anciano creyente, de ochenta y dos años, quiere reconciliarse con Dios por haber fusilado a uno de sus ministros, aunque fuera obedeciendo órdenes. Y no hay mejor camino que revelarlo a los hombres, una vez prescrito el delito, para morir en paz. El asunto es pavoroso.

Luis le pidió que le dejara respirar, que le diera tiempo para asimilarlo. La Congregación, el horizonte de toda su vida, iba a quedar en entredicho. ¿En qué quedaría aquel proceso de beatificación? Quedarían en ridículo, más que en entredicho. Era penosísimo el asunto. Seguirían hablando otro día. Tenía que comprenderlo. Santos asintió. Se consideraba duro y honesto, inflexible con la verdad, pero también humano. Se ponía en el pellejo del pobre fraile, su viejo colega de la infancia.  Decidió ir por otro camino y entonces salió a relucir la curiosa historia del diputado Itúrbide.

Aún no ha hecho las gestiones que su amigo le ha encargado con Basterra y con Golvano. Está como paralizado. Tendrá que disculparse ante Santos. En cuanto sepa toda la verdad, cuando lo asimile todo, actuará. Su cuñado lo entenderá. Aún falta mucho tiempo para las elecciones, pero no para la beatificación de un impostor; mejor dicho de la víctima de una impostura. Porque el padre Mario nunca pidió ser beatificado. ¿Cuál sería su último pensamiento antes de morir? ¿Realmente fue fusilado o lo liquidaron de otra forma? ¿Cuándo vio a su hijo secreto por última vez? ¿Pudo ser víctima de los nacionales por sus ideas políticas o se trató más bien de un ajuste de cuentas por asuntos personales? ¿Qué asuntos? Santos tendrá que contarle hasta el último detalle. Le urge. Se trata de su padre. La sed de verdad le consume. Sólo la certeza de lo que ocurrió calmaría de algún modo la alteración de su sangre. 

Dentro de siete meses será la ceremonia. Acaba de saber que muy pronto van a reunirse allí mismo para tratar del tema. Viene de Roma el padre Ricardo. Ricardo Armentia, uno de los pocos frailes que aún le inspira confianza. Con él quisiera también hablar. Algo sabrán en la curia. Pueden simular ceguera, pero está seguro de que el emisario del Vaticano no podrá soportar sus preguntas doloridas.

Aunque tal vez sea mejor tratar del tema sólo con Santos. Los frailes querrán dejarlo fuera del juego. La promesa del viaje a Roma es un simple soborno. Sospechan de él y quieren comprar su silencio. Ha de ver a su cuñado cuanto antes. Pero tendrá que pedir permiso al prior para salir. ¿Con qué disculpa? Bueno, lo de Basterra. Aunque vuelvan a verse en la consulta del dentista por la mañana. El padre Zaberri es capaz de seguirle, después de lo que acaba de decirle en su despacho antes de la hora santa. Qué confusión. Bueno, que venga Santos al convento. Que se disfrace, como ha hecho otras veces. Sabe muy bien los riesgos que corre si anda por la ciudad o por los alrededores a cara descubierta. Santos vendrá a verle si le dice que es urgente. Le avisará a través de Mila. Hay que adelantarse a los que llegan de Roma. Se lo contará todo. Le dirá que el padre Mario fue su progenitor. Que los rumores de un hijo secreto son ciertos. Le dejará la carta de su madre. No le pillarán desprevenido. Aunque confía en el padre Ricardo, nunca se sabe el alcance de los poderes que manejan las alturas.

A Santos no le sorprenderá la noticia. A Luis Murillo sí le sorprenderá que no le sorprenda. Aunque el periodista está siempre muy bien informado. Pondrá ojos de gato contento, no obstante.

–¡Vaya, vaya…!

–Secreto absoluto, Santos.

–Tranquilo hombre, pero has de saber que la cosa tiene aún más morbo. Les tengo yo ganas a los vaticanos.

–¿Más aún?

–Sí, mucho. El padre Mario murió fusilado por una venganza personal y también por razones políticas. No es ningún mártir de la fe. ¿Quieres saber toda la verdad? Cuando quieras te lo cuento todo. Ya sabes que la verdad nos hará libres; eso dicen el Evangelio o san Pablo, no recuerdo bien, pero ya ves que no he olvidado lo fundamental.

–Sí, Santos, cuéntamelo todo, pero poco a poco, a veces creo que ya no puedo más.

–Vale, vamos con ello, seré prudente. Dime cuándo quieres que calle o que haga una pausa.

–Me armo de valor. Adelante.

Santos sonreirá enigmáticamente mientras pone el dedo índice bajo el puente de sus gafas de concha.

–No te lo vas a creer, pero lo sabía hace tiempo. Al principio no te quise decir nada. Me daba mucho apuro, mucho respeto. Era algo delicado. Tu padre y tu madre. O a la inversa. Me ponía en tu lugar. Luego supe que te habías enterado. Imaginé el golpazo. Tranquilo, que te entiendo.

Luis Murillo se sentirá ridículo. ¿Cómo es posible que alguien ajeno a la Congregación esté al corriente de lo que pasó? Querrá saberlo todo, pero no, no, la ignorancia es la paz, aunque ya sea tarde. Le carcomerán las dudas. Estará inquieto como nunca en su vida lo ha estado. ¿Por qué mataron realmente al padre Mario? ¿Tan fanático era? ¿Sería incluso un separatista acérrimo? ¿Quién lo hizo? Quisiera conocer a ese anciano arrepentido, por duro que fuera el encuentro. Y al viejo gudari. Les preguntaría cosas. Habían conocido a su padre. ¿Se trató de una venganza personal? ¿Qué más había en medio de todo aquel embrollo? ¿Algo relacionado con su madre, con su nacimiento, con su llegada a este mundo, con la paternidad de un sacerdote? ¿Hay razones políticas suficientes para que un sacerdote sea fusilado por gente de la derecha? Aunque no sabía nada del tema, seguro que hubo casos similares. Se lo preguntaría a Santos.

Le crece el dolor en las rodillas imaginando la próxima conversación con su cuñado. Tal vez sepa también que es su cuñado, un cuñado natural, fuera de la ley. La ley. ¿Qué es la ley? ¿Para qué tanta ley? También se lo contará, antes de que el propio Santos se lo diga sonriendo maliciosamente. Pero no. Es una insensatez. No le llamará, no le dirá nada, no le preguntará nada, se tragará él solo los sapos de la duda.

¡Ven en mi ayuda, Dios, ven en mi ayuda si es que existes!, musita el fraile desquiciado. Quizá sea sólo Lorenzo de Nora quien acuda en su auxilio. Le ha parecido que su rostro salía como fulminado de la custodia. Un relámpago. Dicen que está a punto de llegar.

Dicen, o dijeron. Lorenzo de Nora en lugar de Dios. Se le confunde el tiempo, ayer es una fecha más distante que hace dos años, que hace tres. Lorenzo de Nora en su memoria, en la memoria de su corazón doliente.

–Mira, Lorenzo, hermano, tras mucho pensarlo, he llegado a esa conclusión. Yo no estoy de acuerdo. Tiene que haber algo después. Todos los pueblos de todos los tiempos han creído en alguien superior. A nosotros, además, nos ha sido revelado.

–¿Quién lo ha revelado? ¿Abrahán, Moisés, Elías? Un ser humano a la postre. ¿Con qué derecho, con qué información, con qué garantías? Te dicen: cree, y tú crees. Cree porque si no tendrás un futuro ciego, serás condenado, irás al infierno. El infierno, un lugar de castigo para los malos y para los ateos. Allí revueltos los criminales que murieron sin arrepentirse y la gente bondadosa que no creía en Dios. ¿Te parece coherente?

–Bueno, los que no llegaron a creer en Dios… sin culpa suya… irán al limbo.

–No hablo de esa gente, sino de quienes se negaron a admitir la idea del Dios que predica el cristianismo o las demás religiones monoteístas.

–Pues… al infierno, claro.

–Estupendo. Allí revueltos, digo, los impíos y los incrédulos, aunque éstos hayan sido buenísimas personas. A ver qué dice la teología. Lo lógico es que, una vez en el infierno, los ateos que fueron buena gente crean inevitablemente en Dios, ante la evidencia, y sean perdonados, digo yo, pasando definitivamente al cielo, aunque tal vez a través del purgatorio.

–Del infierno no se puede salir.

La imagen de Lorenzo de Nora se esfuma tras un carraspeo del prior. Un templo con la evidencia de Dios expuesto en la Custodia, puede ser al mismo tiempo un rincón del infierno. Los condenados en el reino de Satán tal vez padezcan dolores parecidos a los suyos en el cuerpo y en el alma. Quizá esté sufriendo ahora el castigo de algún pecado no redimido. No ha hecho mal a nadie, ha soportado menosprecios y olvidos, ha tratado de cumplir siempre con su obligación, salvo cuando… Ésa debe ser la causa de sus padecimientos. El párroco de San Martín no quiso perdonar su tremendo pecado. No sabe si debe olvidarse o rebelarse.

El hermano Benigno ha vuelto al banco de atrás con su gordura grasienta apestando a sebo. Sólo le faltaba ser sacristán. Se comerá las velas. Los domingos, festín con los restos del cirio pascual. Estaba claro que el Benino era hijo de su padre oficial. ¿Cómo aquella panza descomunal podía provenir de unos genes tan espirituales como los del padre Mario? En todo caso podría atribuirse el lance a don Eusebio Beltrán, con su bombo de tambor. ¿Se habría pasado por las cachas Sancho Panza a la madre del Benino? Bah, no. En Urkiz se tiraban a las vacas y a las cabras, según les contó un día Cereceda. Con eso tenían bastante. Más divertido y menos complicado. También menor pecado, porque el dios de los animales sería seguramente menos severo que el de los humanos.

Siempre admiró Luis Murillo a Santos Estráviz. Durante los años en que le perdió de vista, anduvo él también bastante perdido. Hasta que Durán, con su carita de bueno, le puso en la pista del Arco Iris con la disculpa de los cursos de jardinería. Allí se iluminó, allí comprendió la necedad de todo. A partir de entonces ha vivido resignado en medio de sus cuitas. Resignado, pero casi feliz hasta conocer esta noticia visceral, hasta enterarse de que es el hijo carnal del Venerable padre Mario.

Los curas no creen en Dios, le dijo Santos días antes de abandonar el noviciado. Había leído a escondidas el libro ‘San Manuel Bueno, mártir’, de Miguel de Unamuno. Su conclusión era definitiva. Los curas no creen en Dios. No quería ser santo en medio de gente hueca. Los frailes son todos unos estúpidos, añadió mientras se despedía. Luis Murillo protestó tímidamente. Don Artemio de Ocio no era un estúpido, ni tampoco don Saturio Antón, a pesar de haberle acusado de copiar en clase de literatura. Tampoco lo era don Artemio Tejedor, que se compadeció de él cuando lo encontró llorando. Seguramente tampoco era ningún estúpido don Valentín, al margen de sus bravatas y del estruendo de muletas con que llenaba el coro.

Cuando Santos se fue, hacía ya un año que había muerto su padre. ¡Padre, en el cielo nos veremos!, dicen que gritó el día del entierro. Lo dejaron salir del colegio apostólico para el funeral. Entonces aún creía en Dios y en el cielo. Estaba convencido de que era un lugar divertido, ¡con chicas, Luis, con chicas!, sin las estrecheces del convento, sin los sabañones del frío, sin los sermones del Cartujo, sin el frota que frota la tarima encerada en las tareas domésticas de las mañanas –‘los trabajillos’ las llamaba El Peque–, sin las palizas moralizantes del Senaquerib; más bien con las bromas del director, con las carcajadas de La Moña, con el fuego competidor de don Avelino Palma y don José El Pelotari, con la chispa maliciosa del Cojo, con los gritos regocijantes de don Patricio desde su invernadero –¡Esos, esos!–, cuando crujía el cañaveral donde se emboscaban los intrigantes.

El cielo tenía que ser algo movido, un festival de sinuosidades, un caracoleo de industrias gozosas, un cancionero con días de flauta, con noches de verbena, con flores y perfumes por oler, con gritos y algarabía, con chicas, como decía Santos. El vapor de cielo que describía don Manuel González y que aprobaba el padre Constantino en las clases de historia sagrada era tan difuso como las nubes de incienso de aquella hora santa que había transformado sus rodillas en muñones dolientes.

Por un momento creyó que se habían convertido en fierro rusiente, como decía Cereceda trasladando los sonidos de la fragua de su pueblo. Cuando el Colás pone el fierro rusiente… El banco sin almohadilla lo conseguía mejor que el herrero del pueblo de Cereceda. Las rodillas rusientes le servirían de trampolín para la gloria, así se lo había pronosticado Leturiaga. Cuando castigas el cuerpo, el espíritu asciende. Luis Murillo no aspira a tanto; le bastaría con que su espíritu estuviera ahora vertical.

Siente en el cogote los Ora pro nobis del hermano Benigno. Ya han recorrido los quince misterios del Rosario. Aunque el prior ha iniciado el rezo de las Letanías en castellano, los preconciliares responden calladamente en latín. También las velas tienen la sonrisa risueña de los tiempos antiguos. El sacristán les ha puesto el anuleto de latón para evitar que se derramen. Luis Murillo las mira fijamente para que el incendio de la retina contrarreste el fragor de sus rodillas a punto de estallar. Le empieza a quemar también el vientre.

Recurrirá a la Virgen María, pedirá su amparo ahora que las Letanías en su honor repican en cada uno de los ángulos de la capilla con un campanilleo alegre. Repican los piropos aligerando su espíritu apesadumbrado: Espejo de justicia, Trono de la sabiduría, Causa de nuestra alegría, Vaso espiritual, Vaso digno de honor, Vaso de insigne devoción, Rosa mística, Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana… Tardará en amanecer, aguardará a que la estrella de la Madre celestial ilumine su desolación. Siente un estremecimiento al pronunciar mentalmente la palabra madre. Se ampara en la palabra Virgen y la imagina con mayúscula para evitarse un delirio. Y le quiere poner rostro para imaginarla compasiva y sonriente. Entonces desfila ante él la tribu de Vírgenes que en algunas ocasiones le ha provocado sentimientos confusos, entre el ansia y la nostalgia: La Virgen del Pilar, preferida en la Congregación; la Virgen de Aránzazu, la Virgen de Estíbaliz, la Virgen de Begoña, la Virgen de Valvanera, la Virgen Blanca, la Virgen de Dorleta, entre las más próximas; la Virgen de Montserrat, la Virgen de Guadalupe, la Virgen de los Desamparados, la Virgen de la Almudena, la Virgen de Covadonga, la Virgen de Lourdes, la Virgen de Fátima, entre las más famosas; quisiera que todas le acogieran y le mimaran, aún necesita madre, a su vejez se siente huérfano, o lo que necesita es mujer, unas manos cariñosas, un mohín de agrado, un gesto de acogida, algo más que una sonrisa románica… Le vuelven a dominar sentimientos confusos, entre el ansia y la nostalgia. Tantas Vírgenes protectoras y él tan sólo, tan desamparado. La obsesión por el eterno femenino grabado a sangre en sus células le agita hasta casi el desmayo. Prosigue la Letanía: Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos… Se siente enfermo desde que comenzó la hora santa, es un pecador desde que rompió su voto de castidad con Mila, está profundamente afligido desde que tiene uso de razón, cada vez sus pesares son más antiguos, es hora de que la Virgen, cualquiera de ellas, mejor todas juntas, las que conoce y las innumerables que habitan en las colinas sagradas del mundo acudan en su auxilio. Le da vueltas la cabeza atravesada por mensajes de lejana procedencia, tan distantes como su memoria ancestral, una sensación que le nace de lo más hondo de sus desconocidos genes, algo que siente a veces sin haber conseguido explicárselo nunca. Paulatinamente va experimentando una sensación de sosiego. De su interior brota un himno de agradecimiento.

                                                   Salve Regina

                                                   mater misericordiae

                                                   vita, dulcedo,

                                                   et spes nostra,

                                                   salve.

La voz calcárea del padre Zaberri rescata la fórmula almidonada del baúl de las devociones y destroza toda la magia. La Santísima Reina del cielo, un cielo aburrido y cáustico, anida junto a su Divino Hijo en medio de las volutas de un humo cada vez más esponjoso. Vuelven los espasmos a las articulaciones del hermano Murillo. Hasta que no salga el prior al altar revestido con capa pluvial y acompañado del sacristán para dar la bendición con la Custodia, no habrá nuevos aromas extraídos de la naveta que guarda el incienso. El espectro del padre Constantino sigue en el presbiterio de pasmarote. Él era el oficiante habitual en las adoraciones antiguas, cuando los dones del Altísimo caían a raudales sobre los moradores del colegio apostólico. Tiempos de fe y de consuelo espiritual, la eternidad al alcance de la mano, el Superior General de la Congregación y su corte en Roma cincelando la imagen del padre Mario, el mártir a quien convertirían primero en beato y luego en santo.

                                                   Ad te clamamus

                                                   exules filii Evae

                                                   at te suspiramus

                                                   gementes et flentes

                                                   in hac lacrimarum valle.

Luis Murillo no entendió lo de este valle de lágrimas hasta bien entrada la mocedad. Fue un descubrimiento pavoroso. El valle de lágrimas estuvo a punto de anegarle cuando su padre oficial, el bueno de Rufino Alonso, pasó a la gloria pronosticada por Senaquerib en su funeral. Se habló de que acudiría también el Padre Provincial, pero por razones muy poderosas –tenía concertada una entrevista personal con un ministro en Madrid– no lo hizo. Cómo hubiera presumido el novicio ante sus compañeros. El Provincial estaba muy ocupado por razones de su cargo y delegó en el padre Constantino su representación. El oficiante estuvo espléndido. Nunca tuvo un campesino de aquel pueblo exequias tan nombradas. Don Florentino, el párroco, actuó de diácono, y el padre Gurmendi, maestro de novicios, de subdiácono, asistidos los oficiantes por los servicios reverenciales de don Javier Alzueta, el prefecto del noviciado, con sus modos aristocráticos y la alcurnia puesta en el gesto altivo del mentón.

El novicio Luis Murillo participó tan sólo en el traslado del féretro hasta el camposanto. Llovía aquel 13 de noviembre. Turbio cumpleaños el de su madre. Las lágrimas de la señora Benedicta manaron profusamente hasta anegar el valle. Nadie se pudo explicar por qué aquellas aguas duraron y duraron días sin escurrir ni evaporarse. En medio de la ceremonia, los llantos de la desconsolada viuda resquebrajaron las bóvedas espirituales del hijo que había diseñado un mundo sin fisuras para acoger el alma de su padre adoptivo junto a la del glorioso caído por Dios y por España que había sido su origen terrenal. En el regazo del Padre Celestial morarían reunidos aquellos dos benditos.

Ahora, en cambio, disuelta la figura del buen hombre que cubrió una ausencia, anulada la imagen del héroe ficticio, preparada la escultura de un triunfador con sotana dispuesto a ocupar un lateral en el retablo del presbiterio, a pesar de ser su pecaminoso progenitor, el hermano Luis Murillo no sabe en qué orden situar a tanto padre. El último de la lista es definitivamente el padre prior, José María Zaberri, que carraspea al cruzar junto a él como si le solazaran los sufrimientos que le ha inoculado con la mirada, después de hacerle beber la pócima aromática en su despacho. Carraspea de nuevo tras hacer una genuflexión ostentosa y pasar por delante ocultándole durante unos segundos la visión del Santísimo Sacramento.

También el hermano Benigno carraspea para no decepcionar al prior y abandona de nuevo el banco de atrás siguiendo sus pasos, repitiendo sus gestos. En la sacristía le está ayudando a revestirse otra vez. Saldrán los dos con la solemnidad requerida, muy puesto el segundo en su función de turiferario. La ampulosa bendición del padre Zaberri moviendo arriba, abajo, a izquierda y derecha la Custodia colosal no la mejoraría ni el mismísimo Romano Pontífice. En su fuero interno, el prior ya se siente obispo, arzobispo y en los prolegómenos del cardenalato.

La señal de la cruz actúa como un bálsamo para las rodillas del hermano Murillo. Ha sido justamente en el momento de inclinar la cabeza doblando la cerviz cuando ha experimentado el alivio. Lamenta no haber descubierto antes este remedio porque hubiera calmado muy pronto sus dolores. Ochenta cerviflexiones por minuto. El sacristán hubiera sospechado que tenía especial entendimiento con el Altísimo y estaría desflecado de envidia. También se hubiera irritado el prior viendo al entrometido lego relacionarse con Dios en directo, sin su permiso, a unos niveles teológicos por él no sospechados, conocidos ni autorizados. Aunque la cuestión no trascendiera la mera fisiología.

La hora santa prosigue mientras Luis Murillo se esfuerza para no perder la concentración. Por una parte, asiste a los desfiles en la pantalla de su memoria; por otra, intenta hallar luz para resolver el conflicto que le planteó la última sinceridad de su madre y las revelaciones posteriores de Estráviz. Y también para aclarar la vieja cuestión que está reverdeciendo en su memoria como un segundo cuchillo clavado en el alma. Una herida nueva que ha desenterrado su sentido de la responsabilidad, que le reclama imperiosamente un gesto de honradez. Jazmín, la adolescente que con tanto cariño le visita regularmente en su invernadero, tiene derecho a saber la verdad absoluta sobre su vida, sobre su origen. Lo hablará con Mila a despecho de precauciones y componendas; ha terminado la etapa de las precauciones estúpidas; si la verdad nos hace libres, si la quiere para él a pesar de dolores y agonías, no puede negársela a quien más quiere en este mundo, no soporta pensar que pasarán otros cincuenta años hasta que la niña descubra la realidad. Las cosas ya no son como fueron hace cuarenta, cincuenta, sesenta… Pronto va a comenzar un nuevo siglo, una nueva era, la era de la verdad.

La nueva entrevista que ha concertado sin fecha con Santos Estráviz no le va a añadir nada sustancial. Los detalles le harán sufrir una vez más. Hasta es posible que se cebe en el caso que le afecta, la muerte de su padre auténtico. La visión del mundo de su amigo es muy parcial. Hay que saber moverse entre lo aparente y lo real. ¿Y si lo que le tiene que contar no está suficientemente documentado? ¿No es cierto que algunos periodistas aplican aquello de “no permitas que la realidad te prive de una buena noticia”, de algo sensacional aunque no esté suficientemente probado?

Santos es un extremista y un oportunista. Un hombre que está contra todo, contra todos. Dice buscar la verdad hasta las últimas consecuencias, pero la verdad desnuda no es posible entre los humanos: seríamos peores que las fieras si todo se supiera hasta el extremo, hasta los últimos detalles. Santos fue rechazado en la Congregación porque censuraba los ritos y detestaba la parafernalia litúrgica del catolicismo. Cuando adquirió cierta relevancia en el periodismo nacional, algunos sectores católicos progresistas abogaron por aproximarse a él. Manifestaba en sus escritos un profundo espíritu evangélico. Otros, más precavidos, dijeron que era contraproducente, que nada positivo conseguirían de un hombre que había dejado en evidencia a las jerarquías y fustigaba muchas de las posturas oficiales de la Iglesia. Su integridad era la máscara de un radicalismo exagerado. Lo que decía el Evangelio no admitía componendas, según él. ¡Ni aggiornamento ni hostias!, decía con irreductible coraje.

Vuelve a pensar en el próximo encuentro con su amigo. Será breve la conversación que mantengan. Él no le revelará su fuente de información, no le mostrará documentos, recurrirá al secreto profesional: los datos son éstos, y punto, créeme Luis. ¿Qué le podrá añadir Santos, cómo le demostrará que su padre es un simple ajusticiado, una víctima de alguna rencilla o represalia vulgar que los frailes o quien fuera aprovechó para sacar partido hagiográfico dadas las circunstancias de su muerte? Partido hagiográfico fue la expresión que utilizó Lorenzo de Nora cuando volvió de Roma una vez apartado de la causa de beatificación que allí gestionaba. Se le quedaron en la mente aquellas palabras que no ha sabido interpretar hasta ahora. Partido hagiográfico, claro.

Las nebulosas quedarán sin resolver con Santos. Llegarán a la conclusión de aguardar acontecimientos; vamos a esperar, eso le dirá. La beatificación del padre Mario es imparable, inevitable, salvo que se monte un escándalo repentino. ¿Se atrevería él a desatarlo con los datos que ha ido reuniendo? ¿Y el asunto del diputado Itúrbide? No tiene nada que ver, salvo que proceden del mismo pueblo, y parece honroso en esta tierra tener un paisano que es declarado beato y a poco que se apriete en Roma puede llegar a santo. A Luis Murillo se le calienta la sangre. Piensa de nuevo en su padre y en los rumores que le contó Santos. ¿Cómo permitir que un impío, incluso un sacrílego, suba a los altares? ¿Apostará la Iglesia por la mentira, por la impostura, por la falacia… una vez más? ¿Se puede beatificar a un hombre que ocultó su pecado carnal y redujo a sus víctimas a la nada? En la nada había quedado su madre y en la nada estaba él, un pobre lego de la Congregación a quien nunca permitieron abrir las alas. Y además beatificado por un motivo falso: el supuesto martirio.

Santos tratará de calmarle. Lo imagina más serio que de costumbre. Las realidades que ha ido descubriendo le han sorprendido. Ni idea de que eso fuera así. Su vista de lince y su olfato de perro de presa no le habían conducido al tema hasta hace un par de meses. Ahora se explica aquella preferencia del Peque por Luisito, y también la del padre Ricardo Armentia, entonces Superior Provincial, la única vez que lo recuerda en el colegio apostólico.

–Pues estuvo en varias ocasiones.

–Puede ser, pero yo sólo lo recuerdo una, y te estuvo acariciando la cabeza. Me llamó la atención.

–Venía algunos días a reunirse con los frailes y El Peque me llamaba discretamente porque él quería verme.

–¿Por algo especial?

–No lo sé. Me traía saludos de mi madre.

–Vaya, vaya…

 El niño viejo da un respingo con una mezcla agria de nostalgia y de rechazo. Los años no han pasado en vano. El tiempo va imponiendo la prudencia. Luis Murillo se desanima. A él le ha nacido un coraje que nunca tuvo, mientras que a los demás los va desarmando la vida.

 

                                                   10. MIYO

El altar se ha oscurecido con la llegada del prior. Es él quien brilla. Su explosiva capa pluvial hilada en oro eclipsa el esplendor de la Custodia. Después de arzobispo llegará a cardenal y luego a Papa de sotana inmaculada y solideo aéreo. Quedarán ofuscados los confines del orbe. Hablarán de él todas las generaciones y su memoria perdurará hasta el final de los tiempos, e incluso más allá.

Más allá se encuentra Lorenzo de Nora, el hombre que ocupó altos cargos en la Congregación, que incoó la causa de beatificación del padre Mario y que luego cayó en desgracia para todos, aunque no para él. Su conversación era limpia, sin recovecos, valiente pero no destructiva. El hermano Murillo había encontrado en el prestigioso intelectual un contertulio amable.

–Más allá no hay nada, créeme. Tú mismo lo sabrás si profundizas.

–Entonces, ¿para qué tanto esfuerzo, tanto afán?

–Para llegar a esa convicción y asentar nuestra naturaleza de hombres sobre las únicas bases solventes: el aquí y el ahora.

–¿Y después?

–El aquí y el ahora es el después. No hay otro.

–Eso destruye todas las esperanzas.

–Eso debiera abrir todas las conciencias a la vibración de la realidad, a lo único existente, a lo inespacial y a lo intemporal. El espacio y el tiempo son los elementos a través de los que se explica la realidad para hacerse comprensible a los humanos. Sólo hay un espacio, sólo hay un tiempo. El aquí y el ahora. La comprensión de esta verdad depende de la distancia a que uno es capaz de situarse para contemplarla.

–¿Eso explica el fenómeno de los adivinos y su capacidad de visión?

–Puede ser. Cuanto más se desprende uno de sí, cuanto más se aleja del caparazón oclusivo que a todos nos envuelve, más capaz es de recuperar el pasado y de avizorar el futuro. Todo está delante. Todo ha sucedido ya. Al mismo tiempo. En un solo lugar cuya entidad es tan densa que únicamente seríamos capaces de suponerlo, pero no de comprobarlo. Ni siquiera podemos imaginarlo en toda su dimensión.

Algo semejante encontró Luis Murillo en el Arco Iris. Las enseñanzas de Miyo en las charlas que completaban los cursos de jardinería dejaron algo más que inquietudes en su mente. Quedó para siempre marcado por la sensación de lo efímero, por el profundo significado de algunas situaciones consideradas absurdas, por la vivencia de esas realidades superpuestas, llamadas milagros, que pasan desapercibidas a la razón humana. La teoría y las prácticas del primer curso fueron lo de menos. La crisis espiritual que todo aquello le provocó tuvo salida en los ejercicios que a renglón seguido hizo con la comunidad. La existencia de Dios era indudable. Múltiples pruebas la garantizaban. Santo Tomás de Aquino y san Ambrosio habían aclarado el misterio. Las ideas de Lorenzo de Nora eran fruto de la obcecación. Había perdido la fe, un bien preciado que necesitaba mucha oración y mucho esfuerzo para mantenerse vivo.

–Yo creo que si volvieras a pedir a Dios con humildad que te devolviera la fe, se aclararían todas tus dudas –le dijo una tarde a su amigo cuando regresó de Roma totalmente desacreditado.

Estaban sentados en la linde del pinar, encima de Urkiz. El ambiente era cálido, menos húmedo que de ordinario. Lorenzo miraba al horizonte que cerraban las cumbres despejadas del Aizpiri. En las praderas pacían rebaños de vacas envueltos en sones difusos y amables. Habían llegado hasta allí conversando blandamente, como quien fabrica serenidad con las palabras. Luis Murillo trataba de apuntalar sus dudas con la afirmación rotunda de unas creencias cada vez más inestables.

–Yo no tengo ya dudas, querido Luis.

–Pero es muy triste vivir así, para siempre, sabiendo que no hay vuelta de hoja. Yo no podría soportar la idea de que estamos solos, de que todo es mera apariencia, de que después de esto no hay nada.

–¿Alguien cualificado y en quien confíes plenamente te ha hablado de sus vivencias con sinceridad?

–No, salvo tú.

–Pero estuviste el pasado verano en el Arco Iris y regresaste con muchas dudas.

–Sí, pero las resolví a la semana siguiente, en los ejercicios espirituales que hacemos cada año. Nos los dio el padre Ricardo Armentia. Es un hombre que siempre me ha inspirado confianza, aunque apenas he hablado con él. Lo que siento es que sigas con tus teorías. Y me extraña que no las defiendas ante los demás, si estás tan convencido.

–Mira, yo no hago proselitismo. Tengo las ideas claras. Aquí dentro no puedo hablar con nadie de esto. No me entenderían, ni siquiera me atenderían. Me he resignado a vivir así. ¿Qué puedo hacer camino de los sesenta años? Aquí, al menos, estoy tranquilo. Puedo meditar sobre la realidad, sentir intensamente cada minuto, experimentar sensaciones simples pero profundas, vivir el aquí y el ahora. ¿No era esa una de las propuestas fundamentales del Arco Iris?

–Sí, lo era.

–Pues ya ves. Yo tengo bastante con vivir lo mío intensamente, todo, hasta las cosas más nimias. Por otra parte, cuando uno defiende con mucho ahínco algo de lo que dice estar convencido, siempre pienso que en realidad no lo está, que le acecha la duda. Quien está muy seguro de lo que piensa y de lo que hace, se limita a vivirlo sin necesidad de que los demás lo aprueben. En todo caso lo comenta con alguien de confianza, como hago contigo, pero sin intentar convencerle. Y sin pedir opinión. Si llega, esa opinión se considera; si no, se respeta el silencio del amigo. Yo estoy muy seguro de lo que pienso y de lo que hago. Lo estoy para mí, lo cual no significa que valga para los demás. Y estoy muy seguro aquí y ahora, porque me someto constantemente a la duda tratando de no anclarme en dogmas inamovibles.

–Yo también tengo dudas, a veces muy fuertes. Pero no quiero darles muchas vueltas. Me provocan angustia. Prefiero vivir tranquilo.

–Es una opción personal. Hay quien no consigue dar la espalda a sus inquietudes por mucho que se empeñe. Yo he buscado honestamente donde he podido, tratando de hallar respuestas personales a mis propias preguntas. Las respuestas estereotipadas del magisterio y de las jerarquías no me sirven. Antes de dármelas, ya las conozco. Son las mismas de hace tres siglos, de hace diez o quince. Tengo la impresión personal de que nos engañan, de que sirven intereses ajenos y a veces nefandos.

–Pero hay que ser humildes. Los humanos somos incapaces de conocer los secretos de Dios. Nos basta con saber que somos hijos suyos.

–¿No es eso una gran soberbia? ¡Hijos de Dios, ahí es nada! Creo que la verdadera humildad es sentirnos lo que somos: unos animales con el cerebro más desarrollado que las restantes especies. Un cerebro que necesita llenar el vacío que fabrica, y lo hace inventando historias, entre ellas la de un ser superior que nos impone unos deberes colectivos y así nos libera, en buena parte, de nuestra responsabilidad individual. Un Dios que nos premia y nos castiga, es decir que nos obliga a comportarnos según unos principios que establecen los poderosos. El día en que los seres humanos hagan el bien y eviten el mal por el simple placer de sentirse capaces de ello, habrá dado nuestra especie un salto cualitativo. Mientras tanto, hemos de admitir la existencia de un ser superior como un mal menor, como el elemento moderador de nuestras relaciones y como una salida a la angustia que nos provoca el vacío de la mente. La última realidad de todo es la nada. O la aceptamos y obramos en consecuencia, o seguiremos dando tumbos inútiles durante los siglos que le queden a este planeta en desmoronamiento.

Hace algún tiempo que Luis Murillo no reflexionaba sobre estos asuntos. Los acontecimientos de las últimas semanas le han desbordado. Meditar sobre la nada fue un gran hallazgo. Se clarificaban muchas cosas, se comprendían muchas actitudes. Allí lo aprendió, en el Arco Iris, no en el convento. El segundo cursillo fue decisivo. Y no sólo por eso. Ahora podrá ayudarle esa técnica. Dejar la mente en blanco.

Recuerda la noche de la semana pasada en la que se quedó a solas meditando en la iglesia. Estaba seguro de que no había ningún fraile. El más tardío en salir siempre, el tontuno del Benino, dejó la sacristía minutos antes de que ocurriera el prodigio. Tenía que encajar la situación que le había planteado la carta de su madre. Cuando comenzó con sus cánticos secretos, no sabía lo que iba a suceder. La casi absoluta certeza de soledad, exceptuado el ápice de duda sobre el fantasma de don Valentín que podía seguir agazapado en el coro desde fechas infinitas, le permitía abandonarse a la práctica de gestos y sonidos que le traían paz. Debía mantener cierta precaución en cuanto a las reacciones del veleidoso espectro. Eran imprevisibles y súbitas. En más de una ocasión, aquel mismo año, había interrumpido los rezos de los frailes con sus intempestivas manifestaciones en forma de muletazos y de regurgitaciones groseras más propias de un tragón orondo, como el hermano Benigno, que de un ser famélico desterrado desde hacía decenios del convite terrenal. El caso es que nadie pudo encontrar huella alguna sobre el suelo ni bajo los bancos que denotase la actividad de aquel espantajo. Ni fue afectado por los exorcismos que el prior ordenó en todo el recinto. Se bendijeron el coro, los pasillos por los que transitaba y la habitación que había ocupado en los últimos años de su vida, vacía desde entonces. Los síntomas volvieron a repetirse, sin que diera resultado la vigilancia montada por el propio José María Zaberri en persona, ya que ningún fraile se avino a ello.

Salvado el escollo del fantasma, Luis Murillo se hallaba en pleno rito de pacificación mental. Alzaba y estiraba los brazos, bamboleaba su cabeza hacia los lados, inclinaba el torso, respiraba con ritmo acelerado acompañando todos sus movimientos con el susurro de los mantras interiorizados, parpadeaba con los ojos a compás y sólo echaba en falta la música. Si fuera capaz de convocar al espectro de don Artemio de Ocio, le invitaría incluso a bailar. Le rogaría que primero se pusiera al órgano, le enseñaría a desdoblarse y bailarían juntos la danza de los orígenes, ese canto al inicio de la eternidad.

                                                   Veni Creator spiritus

                                                   mentes tuorum visita

                                                   imple superna gratia

                                                   que tu creasti pectora.

El padre Zaberri ha entonado con la misma disonancia de siempre el himno de Rábano Mauro. No llegará el Espíritu Paráclito con su estremecedor oleaje de alas doblegando las leyes de la materia, ni alzará a estos frailes ramplones a la dimensión excelsa que sólo los afortunados alcanzan. No habrá voces poderosas que utilicen el lenguaje inaccesible de quienes han sido tocados en la frente por el punto de la inmensidad. Éste es un territorio donde reinan la sequía, las maneras huecas, el silencio soso.

La noche antepasada, en su soledad luminosa, tuvo una revelación. Cinco lustros antes la hubiera llamado Dios, pero ahora sabía, desde sus secretas experiencias en el Arco Iris, que se trataba de un prodigio interno y no trascendente. La poderosa vibración duró muchos minutos y sólo fue perturbada por un ruido impreciso que llegó del coro. Alguien podía haber entrado allí. Tal vez el padre Zaberri, sospechando un contubernio entre el fámulo y los fantasmas. Tal vez el Benino con su pomposa panza desconfiando de los fervores de aquel hermano al que consiguieron reducir a la insignificancia total una vez instalado en Roma el padre Ricardo Armentia, su protector. También podía ser don Valentín con sus muletas eternas, o don Artemio el viejo con la diestra alzada para caer sobre el teclado del órgano como un torrente rumoroso. Incluso pudiera tratarse del Cartujo dispuesto a sorprender amistades particulares ejercidas en sagrado, o el pecado solitario de un muchacho melindroso. Luis Murillo suspendió entonces movimientos y susurros. El aleteo enérgico de su mente le trasladó a las regiones donde el tiempo es uno, el espacio se vuelve compacto y la sonrisa celebra un rito permanente.

El pecado solitario lo descubrió el joven aspirante trepando a los árboles. Era un cerezo con los frutos altos, porque los que nacieron al goce de la mano habían sido atrapados por colegas más crecidos. También los frailes del colegio apostólico levantarían el brazo en sus paseos, contraviniendo la norma y dando camino a la gula. O don Eusebio Beltrán, que se habría quedado con hambre tras la comida frugal y necesitaba completar el postre. O hasta el aéreo don Artemio de Ocio, buscando arcángeles en el cielo y acariciando la candidez rosácea de las cerezas entre sus dedos. Luis Murillo, niño de doce años, tenía más hambre del alma que del estómago. Aquellas cerezas incólumes eran un regalo que se disponía a disfrutar. Cruzó las piernas sobre el tronco sonriente y trepó con impulso. Al tercer envite observó efluvios sorprendentes entre sus piernas. Algo se le removía en la entraña prohibida, algo en aquellas partes vedadas de su cuerpo que apenas conocía en profundidad.

–Cuando deban atender a sus necesidades o durante la ducha semanal de los sábados, sean muy precavidos y encomiéndense a san Luis Gonzaga –les había advertido reiteradamente El Cartujo sin descender a detalles.

Todos los apostólicos entendían la referencia, cada cual con su interpretación secreta y algunos con sonrisitas sospechosas, como Garrido y Cereceda. Santos se ponía serio y estiraba sus pómulos como avergonzado. Ibáñez llegaba a ruborizarse. Magán se hacía el enterado y miraba para ambos lados.

Las cerezas colgadas del cielo fueron un regalo inalcanzable porque la naturaleza tomó otros derroteros entre las piernas del niño púber abrazado al árbol. Un agrado desconocido, como un gusanillo de luz gozosa, indudablemente pecaminoso por ser agrado, le ascendió desde las secretas raíces de su cuerpo primaveral y le invadió la espalda ascendiendo a la cabeza como una borrachera incontrolable. Se encontró húmedo, sudoroso y culpable. El primer pecado solitario de un muchacho medroso e inocente. Hubo más luego, en un secreto del que sólo fue partícipe el padre Miguel Lezaun, a quien un día de cuentas con Dios le pareció ver sonreír en la penumbra del confesionario.

Sonríe él también ahora, disimulada y amargamente. Sonríe porque sabe que el prior le está clavando los garfios de sus ojos desde el presbiterio. El Zaberri no sabrá a qué atribuir tanta sonrisa. No es burla, pero tampoco iluminación. Un simple lego no tiene dotes ni recursos para la mística. Reirá por tontería, por ignorancia, de pura memez. El calor del rostro disminuye a medida que aumenta la inquina del prior. El hermano Murillo cierra los ojos, recordando la noche antepasada. Avanza por un sendero lóbrego y extraño. A su encuentro sale el padre Mario con la cabeza cubierta por un saco. No lleva la aureola de beato, como hubiera cabido esperar. El simbolismo no está claro. Ambos siguen su camino. Se cruzan sin mirarse. Poco después se oye un grito agudo. Luis Murillo abre enormemente los ojos y ve una montaña blanca en el mismo punto que ocupara minutos antes el Santísimo expuesto en la Custodia. Sabe que está despierto, aunque sus ojos sigan apretados. De su frente manan ríos de serenidad. Nada le inquieta, ni la adusta figura de su padre verdadero con el rostro oculto, ni el desplome de unos peñascos que ruedan por la ladera.

Estaba identificando aquel ruido del coro que lo mismo podía proceder del fantasma de La Moña que de la sombra de Senaquerib, cuando alguien entró en la iglesia buscándole. Sabían que se había quedado allí después de los rezos nocturnos y venían a avisarle porque había una llamada para él.

–Hola, Luis, soy Santos. No me digas nada. Disculpa por la hora. Necesito hablar contigo. Espérame mañana a las cuatro en la consulta.

El hermano Murillo salió de la cabina telefónica situada junto a la portería con la sensación de tener que emprender un viaje imposible. Todo estaba en silencio. Los frailes se habían ido retirando a descansar. Se sentía ágil después de la experiencia. Hacía mucho tiempo que no recorría sus venas una sensación tan agradable. Particularmente la de sus piernas y en especial las ramificaciones que riegan las rodillas. Ya en la cama, se las estuvo acariciando con un regusto adolescente. Retornaron a su memoria las sensaciones agridulces de su primer pecado solitario. Aquellas rodillas que aprisionaron el tronco del cerezo, que aprisionaron luego el tronco de otros árboles secretos, habían aprisionado años después, contra todas las leyes humanas y divinas, excepto las de la naturaleza, un tronco y unas extremidades de mujer sin que su pecado tardío pudiera ser absuelto por el padre Miguel Lezaun oscuramente sonriendo en la penumbra.

 

                                                   11.  PERIODISTAS

En la consulta del dentista a las cuatro de la tarde. No hay riesgos. Nadie sospechó nunca del doctor Carracedo. Nadie sospechará ahora. Tampoco le sorprende que Santos Estráviz le cite en el lugar donde trabaja su hermana, la ayudante del dentista. Por lo demás, con gorra y gafas oscuras puede pasar totalmente desapercibido en la ciudad.

–Luis, antes de nada debo advertirte que vengo de incógnito, como de costumbre, pero más. No comentes con nadie que me has visto. Cuando te llamé anoche, simulé otra voz. Por una parte, no quiero que los frailes sepan que ando tras este asunto. Por otra, la situación política se ha complicado con los hallazgos de Basterra. ¿Te acuerdas de él?

–Claro que me acuerdo. ¿De qué se trata?

–Ahora no viene al caso. Vamos a lo nuestro. Parece ser que han surgido dificultades de última hora en la causa del padre Mario. Roma está pensando en demorar el asunto, en retirarlo de la relación de mártires que van a beatificar en marzo.

Luis se ordena a sí mismo poner cara de sorpresa. Lo que verdaderamente siente es pánico. Un pánico cerval. ¿Quién más lo sabe? Alguien está manipulando la situación. El Superior General, el Provincial, el prior...

–Sí, ya sé que te sorprende, pero por lo visto hay algo oscuro. En el periódico tenemos mucho interés por el tema. Los dueños no perdonan ni una. Me han encargado el asunto. En realidad, lo he pedido yo. No quiero que algún cateto lo desgracie. Enseguida he pensado en ti. Sé que te pongo en un brete, pero quiero que me digas lo que pasa, si has oído algo aquí, entre los tuyos.

–Mira, yo…

–Sí, sí. Tienes que decirme todo lo que sepas. Seguramente entre los frailes se habrá corrido algo. Puedes confiar en mí. Las informaciones serán del periódico, sin firma ni referencia a las fuentes. He puesto esa condición a los jefes. Por otra parte, han llegado pistas de otro origen, hay presiones políticas, digamos.  Parece mentira, pero los mandamases de este territorio también quieren manipular a los hombres ilustres nacidos aquí, sean ángeles o demonios. Llevan decenios empeñados en controlarlo todo y arremeten contra cualquiera que les haga sombra. A través de ellos se ha sabido que se trata de un asunto grave.

¿Grave? ¿Será conocido ya en el Vaticano el pecado de la carne de su padre verdadero cuyo resultado es él? ¿Se sabía todo desde hace tiempo, antes incluso de que el afectado se enterara? Se inquieta, se apura. ¡Qué vergüenza! Intentarán verle, entrevistarle, le preguntarán, le sonsacarán… Ciertos periodistas buscan el sensacionalismo por encima de todo, el morbo, cualquier cosa que venda. Tiene que ser fuerte. O hacérselo. Desde ahora.

–Pero, vamos a ver, ¿de qué se trata en concreto? No he oído nada raro. Sólo sé que dentro de poco se celebrará la ceremonia en Roma y que…

–Mira, Luis, vayamos al grano. En primer lugar, parece ser que hay dinero de por medio. Se dice que algunos miembros de la ponencia y de la curia han sido untados. Se habla incluso del soborno de varios cardenales.

Luis Murillo respira. Que todo el mal vaya por ahí. Que demoren la beatificación de su padre a causa de los manejos económicos de los hijos. O de quien sea. Sí, los políticos pueden estar en el ajo. Se sabe que no reparan en medios. Y tienen bastantes más que su Congregación. Un mártir del nacionalismo les vendría al pelo para consolidar su ansia de poder. Que lleven el asunto por ahí. Cualquier camino es bueno si evita que él esté en el candelero. Prefiere su soledad, esa sombra austera que le ha acompañado en la vida. Ya es bastante con la tortura personal que arrastra.

–¿No crees que han podido ser los políticos? Siempre están intrigando y andan metidos en todo. La beatificación del padre Mario, un hombre de sus ideas como siempre se ha dicho, les puede venir bien.

Le ha temblado la voz intentando hablar de su padre con desapego. Pero tiene que ser fuerte. Desde ahora. Ni un titubeo.

–Lo hemos pensado. Es la primera hipótesis que barajamos. Parece que el dinero fue abonado para avanzar, para agilizar el proceso. Si estuviera detrás la Congregación, y saben lo que tú y yo sabemos, lo lógico sería que hubieran tratado de desviarlo, ralentizarlo o detenerlo. Tampoco encaja que estén haciendo planes para acudir en marzo a Roma a la ceremonia de beatificación.

–Mira, Santos, yo estoy al margen de todo, ya lo sabes. Hace tiempo que no salgo de mi rincón, de mis jardines, de mi rutina. Por lo que he oído siempre, esa gente es retorcida y capaz de cualquier cosa. Han podido sobornar a los postuladores, a los miembros de la ponencia o a cualquier persona relacionada con la causa para acusarlos luego de haber aceptado dinero.

–Hombre, visto así…

Santos Estráviz apoya el índice de la mano derecha sobre el puente de las gafas y se queda mirando fijamente a su viejo colega. Alza las cejas tres veces consecutivas, retira la mano, oscila la cabeza arriba y abajo, aleja la mirada y se da dos palmaditas en las sienes.

–No está mal, no está nada mal, claro. Eso explicaría…

–¿El qué?

–Supongamos que hay cierta prisa por beatificar a vuestro personaje para provocar luego…

–¿El qué? ¡Dime!

–Déjame pensar. Ahora gobierna la derecha, y si fueron los franquistas quienes fusilaron al presunto mártir…

Santos tiene que pensar. También él va a pensar. No le gusta nada aquel embrollo. Gente jugando con la santidad de su padre. Que si los políticos, que si la curia, que si los cardenales, que si…

–Claro que todo pudiera ser simplemente una cortina de humo para tapar el otro asunto –cavila en voz alta el periodista.

–¿Qué otro asunto?

Las rodillas de Luis Murillo se agrietan. Las siente calientes y quebradizas, como si la hora santa hubiera comenzado mucho antes que sus recuerdos. ¿De qué otro asunto hablaba Santos? En la iglesia hay un silencio sepulcral invadido sólo por el chirrido del incensario que el hermano Benigno voltea de forma mecánica. Lo voltea en un giro completo de trescientos sesenta grados, con una regularidad pasmosa de la que no sería capaz ningún artilugio mecánico. La trayectoria es perfecta, de progresión continua en el sentido contrario a las agujas del reloj. Al mismo tiempo se desplaza el sacristán por el presbiterio describiendo una órbita elíptica en torno al altar donde se halla la Custodia. Será un nuevo rito, alguna danza reverencial introducida por el prior que permanece impertérrito ante el espectáculo. Sólo la sombra del padre Constantino da señales de estar viva porque su roquete tiembla. Los movimientos de rotación y traslación del sacristán han provocado un tufo creciente. La niebla aromática es cada vez más espesa y el agobio sonoro de los goznes del incensario insoportable.

Luis Murillo se abre los ojos con los dedos índice y pulgar de cada mano porque duda de su cordura. A mayor dimensión perceptiva, mayor sensación de caos. Ya no sólo gira el incensario a velocidad creciente, sino que también participan en el baile la Custodia, el celebrante, la sombra adjunta y el propio turiferario. Todo gira en el presbiterio. La pesada losa del altar delantero entra también en danza. El penitente se siente arrastrado por el torbellino. Ya sufre vértigos. Ya levanta temeroso la vista hacia la bóveda invadida por el humo y ve allí flotando a don Valentín, a don Artemio el viejo, a don Armando Velázquez que no cojea, a don Saturio Antón, a don Eusebio Beltrán, a don Manuel González y al padre Eustaquio en un mismo círculo. En otro oscilan Leturiaga, Garrido, Cereceda, Basterra, Magán, Ibáñez y una turba de apostólicos, todos vestidos con bata gris, a quienes no conoce. Crece su número por momentos hasta el punto de que no caben en las alturas del templo y las bóvedas se alzan majestuosamente para darles espacio. Lo que realmente ocurre es que está llegando a la piadosa orgía una estrella del cielo, cada vez más deslumbrante. Viene acompañada de música, una música que Luis Murillo reconoce porque le fue descubierta hace más de cincuenta años por don Saturio. Es la “Sinfonía del Nuevo Mundo” en su tema más triunfal. El centro de la estrella hay un punto oscuro, intenso, pero de una densidad brillante. Oscuro y brillante, como si fuera un fruto del infierno. Pero no, la canción es celestial. ¿Tan cerca están? Al aproximarse más, el punto se dibuja como un trono. Hay alguien sentado en él. Crece la música. Se oye también una voz angelical. Todo lo llena una melodía única. La figura se ha puesto en pie sobre el trono. Luis Murillo la reconoce. ¡Es José Villar!

Una voz rastrera interrumpe su éxtasis. El padre Zaberri ha entonado otro himno desastrosamente. No tiene letra. Lo tararea el prior en medio de la nube que siguen provocando los giros locos del incensario en manos del hermano Benigno. Ahora ya no son verticalmente circulares, sino en plano horizontal. El sacristán acabará mareándose. Parece increíble que aguante tantas vueltas sin caerse. ¿Estará entrenado también en los ritos sufíes? Una de las cosas que aprendió Luis Murillo en el Arco Iris fue la danza derviche: interminables giros en el mismo sentido sin sufrir vértigo ni mareo. ¿Habrá estado también el Benino en el Arco Iris o en algún lugar semejante? No. Tontuno y gordote como es, hubiera sido el hazmerreír de cualquier secta. Después de desparasitarlo, lo hubieran puesto de patitas en la calle. Tanta grasa es un muro infranqueable para el más leve empeño espiritual.

Cantan los frailes, pero en sus oídos resuena con mayor fuerza el eco de las palabras de Santos Estráviz prosiguiendo su interrogatorio. Porque en realidad se trataba de un interrogatorio sutil que conducía a un destino predeterminado.

–Bueno, hay otro tema bastante delicado. También quería hablarte de eso. Sé que no estás al tanto de esas oscuras maquinaciones políticas, pero ahora se trata de una cuestión más personal. Creo que tenemos suficiente confianza, ¿no?

Una cuestión personal. Luis Murillo hace esfuerzos para que no le tiemblen las mandíbulas. Siente que se le quiebra la voz, que le va a faltar el aliento. Tendrá que controlarse al responder. Hay suficiente confianza para hablar, claro. En realidad él ya había pensado confesarle a su amigo el asunto. Privadamente, en absoluto secreto. De momento, lo dejó. Pero ahora las saetas de la risa universal amenazan desde las almenas del periodista. Lo sabe todo. Lo saben todos.

–Ha corrido el rumor de que el primer postulador de la causa del próximo beato, el padre Emilio, tuvo durante su vida varios jovencitos especialmente protegidos. Yo conservo algunos recuerdos, aunque tú tienes que saber bastante más. Supongo que esto no te pilla de nuevas, ¿verdad? Ya lo habíamos hablado alguna vez. El padre Emilio, al que llamábamos el Chopo, era compañero del padre Mario. Estuvieron los dos encarcelados por los franquistas, pero a él no lo fusilaron. Ya está muy mayor, pero me gustaría hablar con él. Sigue en Roma, ¿verdad?

El viejo zorro ha aguzado la mirada. Luis Murillo se siente acorralado. Claro que no le pilla de nuevas. Un compañero de cautiverio de su padre. De su padre real, no del ficticio que también murió en la guerra. Siempre vivió con ese temblor solitario, el temblor de quien ignora la realidad, de quien sospecha que lo que le cuentan tiene claroscuros sospechosos. Sospechas extendidas imprecisamente en el ambiente. Sobre el verdadero padre del Benino nunca hubo dudas, ni sobre el de Santos, o del de Cereceda, o el de Garrido que le amenazaba con las ovejas, pero sobre el suyo sí.

–¿Por qué te apellidas como tu madre, eh, chaval?

El cabrito de Magán no perdona. Cuando no te puede machacar por un lado, lo hace por el otro.

–Es que mi padre murió en la guerra.

Es capaz de dejarte las nalgas tuertas de un balonazo o el alma temblando con su mirada mineral.

–¿Y eso…?

Las preguntas colgantes. Las horrorosas preguntas colgantes. La sibilina pregunta colgante de Santos:

–¿Verdad?

–Bueno… es cierto. Había varios apostólicos a los que el padre Emilio protegía de modo especial. Yo era uno de ellos, no es ningún secreto. Supongo que por cuestiones de familia. En mi caso, el ser hijo de viuda…

–Pero tú tenías un padre. Murió poco después que el mío, si no recuerdo mal.

–Rufino Alonso era mi padrastro; mi verdadero padre…

¿Qué dice ahora? ¿Hace el ridículo afirmando una necedad ante su amigo? Mi verdadero padre murió en la guerra. Es falso y cierto al mismo tiempo. Su verdadero padre ficticio y su verdadero padre real. Qué confusión. Los periodistas lo saben todo. Más de lo que cuentan. Su reserva de verdades les sirve para lanzarlas como armas arrojadizas en el momento oportuno.

¿De qué tiene miedo? Está aturdido. ¿Es de ahora el pánico que intenta trasladar a la conversación de hace dos meses? Entonces no sabía aún… Sí que lo sabía. Tenía ya la carta. La había leído, tal vez en sueños. O su madre le habría revelado el contenido en una aparición nocturna. Está confuso. ¿Qué es el antes y el después? Iba a tener razón Miyo con su teoría de la realidad.

–A mi verdadero padre no lo conocí.

–¿No lo conociste?

¿Hay sarcasmo en esa pregunta retórica? La mirada de Santos es ahora limpia. Es posible que las cosas no vayan por ahí. No conviene precipitarse ni temer lo que no tiene fundamento. Si supiera algo concreto, hubiera empezado de otro modo. Menudo es su amigo.

–No, no lo conocí. Mi madre afirmó siempre que había muerto en la guerra, que se habían casado un año antes, pero que un incendio destruyó el Registro Civil y que no pudo demostrarlo. Por eso…

–¿Y el libro parroquial?

–No lo sé.

–Se quemaría también. Bueno, no tiene importancia. El tema es otro. Parece que se sospecha de lo que El Cartujo llamaba amistades particulares, ¿recuerdas?

–Claro que recuerdo.

–Pues por ahí van los tiros. Ya sabes con qué frecuencia mariconean los frailes. Siempre ha ocurrido, y es normal. Por algún lado tienen que estallar. No se puede comprimir la primavera a base de disciplinas y cilicios. ¿Te acuerdas de Leturiaga? Menudo pinta ha resultado después de tanta cadenilla. Algún día te contaré. Bueno, a lo que vamos: alguien ha acusado al postulador de vuestro beato de haber desarrollado amistades particulares con varios jovencitos, antes de llegar a Roma. Allí se le pierde la pista. También se habla de alguna niña. ¿Qué sabes de eso? Quiero que me digas la verdad. Te juro una discreción total.

–Hombre, tú mismo puedes saber lo que ocurría en el colegio. Aunque él pasó poco por aquí.

–Sí, lo recuerdo; el más descarado era don Juan Vigil, al que llamábamos El Individuo. Primero te metía mano por detrás y luego por delante. Pobre hombre. No sé qué hacía allí. Cuando cruzábamos el pueblo en las tardes de los jueves, se ponía colorado cada vez que pasaba una mujer. Qué ansiedades debían chuparse él y algunos más.

–Pues es lo que había.

–Bueno, el tan don Juan no pinta ya nada. Puede haber cincuenta como él, pero ninguno es aún una figura de la Congregación como el padre Emilio. No creo que los vayan a beatificar. Ahora se trata de ése, del defensor del futuro beato. Habría que averiguar si también el padre Mario…

–¿A qué viene eso?

El hermano Murillo vuelve a sobresaltarse. ¿Dónde quiere ir a parar Santos? ¿Habrá alguna sospecha que afecte a su padre? Si han investigado su vida…

–Hombre, se trata de aclarar unas dudas que han surgido porque en su momento hubo unas denuncias. Los archivos guardan muchas cosas. Parece mentira lo que puede saberse al cabo del tiempo. La verdad es que si se confirma que un próximo beato fue acusado de pederastia, la cosa está chunga.

–Hombre, todos los santos han pecado alguna vez –responde apurado Luis Murillo–. Ya dice la Biblia que el justo cae siete veces al día. Y ahí va todo, también el pecado de la carne. Mira san Agustín, santa María Magdalena y tantos otros.

–Pero se ha sabido a tiempo, antes de canonizarlos. Y se supone que a partir de un momento, zas, la cosa se corta y empieza la santidad. Ahora bien, en este caso, ¿quién nos garantiza que algo tan oculto no duró años y años? El que salga ahora a relucir, da a entender que hay testigos dispuestos a declarar. Los niños de entonces tienen ahora setenta años o menos. Se trata no sólo del padre Mario, sino también de su principal valedor en los primeros momentos, de quien inició su causa de beatificación, de su amigo íntimo durante la guerra y el tiempo precedente, el padre Emilio.

–Bien, pues por lo que mí respecta, puedo jurarte una cosa. Siempre supe que era uno de los apostólicos a los que el padre Emilio protegía, siempre supe que ayudó a mis padres, quiero decir a mi madre y a mi padrastro, pero jamás intentó acercarse a mí las veces que hablé con él siendo niño. También es cierto que a partir del noviciado nunca volví a verlo en persona.

Le dijo toda la verdad. Nada sabe de las posibles aficiones homosexuales del paladín de la causa de su padre. Nunca las ejerció con él ni las descubrió con otros compañeros. Santos parece que quedó satisfecho con sus explicaciones. Pero a él se le complica la situación.

Ha de seguir cavilando. En esta hora santa, hora aciaga de sufrimientos y temblores, la esperanza de luz parece tan difusa como la atmósfera irrespirable que ha provocado el incienso. ¿Debe llamar a su amigo y contarle la verdad confesada por su madre?

 

                                               12.  EL DIPUTADO

No ha terminado la entrevista. Santos quiere seguir hablando. Mila les ha servido un café. A Luis Murillo le sorprende el nuevo asunto, aunque apenas le interesa. Pero deja que su amigo se lo explique para distanciar su tema. No tienen que ver el uno con el otro, aunque espera que el nuevo enredo desvíe la atención de los periodistas y de la gente. La cuestión tiene su morbo. Un morbo más inmediato que el de la presunta pederastia del padre Mario.

La primera noticia se la dio hace días un tal Abásolo en el Club de Prensa de Madrid. Santos le cuenta la entrevista.

–¿Sabes lo que se dice del diputado Itúrbide, ese paladín furioso del separatismo? –le dijo Abásolo llevándole a un aparte.

–No, no lo sé, ¿a qué te refieres? –le respondió Santos con desgana.

El chismoso le miró con precaución, con la distancia precisa para que no le tirara de la lengua sin dejar de interesarse al mismo tiempo por lo que quería contarle. Algo le pediría a cambio. Su mercancía parecía importante.

–Es algo confidencial –le dijo bajando la voz.

–Tú verás. Por mí no hay problema –le aseguró Santos.

–El diputado Itúrbide ha presumido siempre de su raza, de su familia, de su sangre diferente, ya sabes –comenzó Abásolo–. Él, ellos, con ocho generaciones incontaminadas a sus espaldas, pretenden ser el prototipo de la estirpe, la quintaesencia de nuestra etnia. Como aquello de la raza aria, ya ves, retrocediendo siete décadas. Ellos son los puros. Los demás, maquetos. Mi madre era andaluza, o sea que… Nadie sabe suficiente historia allí, ni tampoco algo de biología. No hay razas puras, ni siquiera los pueblos endogámicos las mantienen, ni los judíos con su filosofía excluyente, ni los gitanos ya. Pero las afirmaciones gratuitas prosperan. La gente es bastante estúpida, parecen borregos, no se dan cuenta de que los manipulan, de que detrás sólo hay ansias de poder y dinero. Los nacionalismos quieren trocear el presente con cuchillos viejos y miran el futuro con los prismáticos al revés.

–Estamos de acuerdo, pero ¿de qué se trata? –le urgió Santos.

–¿No te parece que lo del RH de la sangre es una pamema, una gran chorrada? ¿Cómo se puede reclamar la identidad personal por un dato biológico común a millones de sujetos en este planeta? Ni siquiera por las lenguas, que han nacido de la dispersión y la distancia entre las tribus. Si Adán y Eva hubieran dispuesto de teléfono, todos los seres humanos hablaríamos el mismo idioma. Podía haberlo inventado Dios todo de golpe, jajajá. Estos tipos tienen un sentido de la identidad personal tan frágil, a veces tan minúsculo, que han de agarrarse a elementos accidentales para sentirse alguien. Aunque en el fondo se trata de una estrategia de poder, al menos entre los listos, que no son muchos.

Abásolo se demoraba. Parecía estar buscando un resquicio para introducir el tema. Había bajado aún más la voz. Giró la cabeza para asegurarse de no ser escuchado.

–Lo de la sangre es una memez –le dijo Santos–. Imagínate que a uno le hacen dos transfusiones seguidas y se la cambian toda. ¿Qué define la sangre? ¿Uno es el de antes o el de después? Si es el mismo, consistirá en otra cosa.

–Ya veo que lo tienes claro –le interrumpió el colega.

–Y lo de la lengua, a estas alturas, también, lo comprende cualquier tipo medio inteligente. Dentro de un siglo todos hablaremos español, inglés o chino, y lo demás será puro floreo cultural, como ahora el latín. Los idiomas domésticos están bien, son un residuo cultural, parte de la historia, como tantas cosas. Hay que mantenerlos en su dimensión y dejar que ellos mismos evolucionen. Pero caminamos inexorablemente hacia el uso de una lengua planetaria, bien sea la predominante por razones socioeconómicas o bien una elaborada tras la convergencia de varias, el esperanto, por ejemplo.

–¿Tú también hablarás chino dentro de cien años? ¡Qué bien!

–Mis biznietos, tío, y los tuyos.

–No, no, tú. Te contrataré de intérprete.

Los dos rieron la gracia. Abásolo llevaba años en la información política. Con muchas precauciones. Procedía de una familia de tradición nacionalista, pero ahora los aborrecía. A su padre lo explotaron, lo engañaron de mala manera; murió en la miseria. Su madre tuvo que irse de San Sebastián. Abásolo pensaba, además, que eran cortos de inteligencia, que miraban el pasado en vez del futuro, que soñaban con sus abuelos en lugar de pensar en sus nietos.

–¡La Historia los juzgará! –afirmaba irritado.

Tiempo perdido, ilusiones estériles, desgaste inútil, eso es lo que iban a dejar a sus herederos. ¡Qué poco alcance, basar la identidad de un pueblo o de una persona en su lengua! Como si no existieran elementos más sustantivos en el ser humano. Pero había poco que hacer frente a las mentalidades tribales, fanáticas y frenéticas, hasta frenopáticas, salvo dejar que el tiempo y el peso de la realidad las fueran diluyendo.

Ahora estaba a punto de tener en sus manos un argumento contundente. Una precaución vestida de miedo le hacía dudar antes de lanzarse a por los últimos datos. Para eso necesitaba la ayuda de Santos. Sus ojos brillaban como los de una fiera que detecta la presencia de su presa pero debe sortear antes una trampa para darle caza.

–Me vas a guardar el secreto. Es importante. Luego te enseñaré una copia de los documentos que pueden poner todo este tinglado patas arriba. Falta el último. Necesito tu ayuda para conseguirlo. Y tu juramento de que no revelarás a nadie el tema hasta que lo tengamos todo en la mano. Si me ocurriera algo en las próximas semanas, hazte cargo del asunto. Me tienen vigilado y sus tentáculos llegan hasta aquí. Se supone que van a reaccionar violentamente en cuanto se enteren de que estamos tras la pista verdadera.

–Estoy impaciente por enterarme de qué se trata –le dijo Santos–. Vamos, suéltalo ya. Sabes que puedes confiar en mi silencio. Secreto total mientras no digas lo contrario.

–Verás. El asunto lo controla un tal Basterra que trabaja en el archivo de la Diputación Foral. Tú conoces gente allí.

–¿José Javier Basterra? ¿El maño?

–Sí, el mismo. No sé si es maño o no. Pero supongo que tienes acceso a él.

–Vaya que sí, nos conocemos desde niños. Tiene un año o dos más que yo, pero estuvimos juntos en un colegio de frailes. Un tipo inquieto. Hace tiempo que no lo veo. ¿Qué es lo que ha descubierto?

–Atiende y repito: de momento es secreto total. Jugaremos con el dato cuando llegue el momento.

–De acuerdo, de acuerdo. No sé a qué viene tanta precaución.

Abásolo volvía a mirarle con distancia. Tal vez dudaba aún. ¿Temía haberse equivocado?

–No me lo digas si es algo grave y te compromete. O si no confías en mí.

–Hombre, no se trata de eso –se disculpó Abásolo–. Además, te necesito en esto, ya te lo he dicho. Nadie mejor que tú. Hay que conseguir un documento más. Es la clave.

–¡Bueno, suéltalo ya! –le dijo Santos con impaciencia–. Te guardo todos los secretos que sea necesario. Busco ese documento donde y cuando tú me digas. Lo robo, lo escribo, lo falsifico si es preciso, pero dímelo de una vez, joder.

Abásolo se decidió a hablar.

–Escúchame bien: Basterra ha encontrado unos registros de la antigua Casa de Beneficencia, de hace unos cincuenta años, donde aparece un tal Roberto Itúrbide Lasa, ¿te suena el tipo?

–¡No jodas! –respondió Santos sobresaltado–. ¿En la Bene? ¿Qué hacía Itúrbide en ese sitio…? No me digas que…

–Te lo digo. Los documentos son auténticos. Señalan el día exacto en que un huérfano de año y medio, llamado Roberto y llegado cuatro meses antes desde un pueblo de Cáceres, es adoptado por Ramón Itúrbide y Casilda Lasa, vecinos de Amúriz, con todos los beneficios y circunstancias señalados por la ley.

–¡Un extremeño de diputado! –exclamó entonces Santos alzando la voz.

–¡Calla, loco!

 Abásolo lo miró con los ojos silenciosos. No necesitaba explicarle lo que significaba aquello. Una baza brutal en las actuales circunstancias. El hombre que estaba basando su estrategia política en la singularidad de la raza, tenía sangre lejana. El informante sonreía.

–Tendrá que demostrar que le hicieron una transfusión total a los pocos días de llegar a Euskadi –susurró con sarcasmo.

Ahí estaba la cuestión. Santos se había entusiasmado con el tema. Exquisito bocado para un periodista. Le temblaban los ojos al contarlo. Con pelos y señales lo había relatado. Disfrutando como quien ha resuelto un enigma antiguo, como quien ha desvelado los arcanos de un misterio.

A Luis Murillo le tiemblan ahora las pantorrillas porque el reto le alcanza a él. Su amigo le ha metido en un buen lío, pero al menos la otra tormenta se ha alejado. Aunque sólo por unos días. Lo que tarde en conseguir que Basterra acepte el soborno. Menudo encargo. Con chantaje de por medio. Hay asuntos de faldas que el viejo colega debe ocultar a toda costa.

El padre Zaberri vuelve a la sacristía escoltado por el hermano Benigno. Hay un redoble a campanas de dolor en las sienes del fraile lego. Una pesadumbre en el corazón le acusa de haber tenido distracciones durante la hora santa. Le han llegado desde todos los puntos cardinales existentes y desde los que aún están por descubrir. Distracciones del cielo y del infierno, del purgatorio y del limbo donde ha vivido tanto tiempo en cuestiones de política. Desde que supo que el hermano de Zubía guardaba una pistola en casa, desde siempre ignorando la realidad cercana, la palpitante entraña de los días. Ahora las armas circulan por las calles con carnet de identidad. Y él va a tener que entrar en el fuego cruzado si acepta el plan que Santos le ha propuesto. Sólo le faltaba esa complicación. La política, esa maravillosa actividad humana que poco a poco ha ido prostituyéndose. Todo lo corrompe el tiempo y la gente. Se acaba la inocencia de un niño, se acaba la pureza de las intenciones, se acaba la rectitud del pensamiento, se acaban la honestidad, la integridad, la solidaridad… todo lo bueno se acaba para dar paso y triunfo a las mediocridades. Él también es un mediocre, un fraile mediocre como la mayoría de los que conoce. Tiene que reaccionar. Está a tiempo. Ha de reparar su oscuro pecado. No quiere ser más tiempo un mediocre. Lorenzo de Nora no lo era. El Zaberri, sí. Peor: es un malvado. Así pasó lo que pasó.

 

                                        13. JOSÉ MARÍA ZABERRI.

–Le he pedido que suba, hermano Luis, para comentar con usted algunas cosillas antes de que empiece la hora santa.

La voz del prior es falsa, algo irreal, como si estuviera hueca por dentro y por fuera. Le añade una sonrisa turbia, medio burlona, el gesto de un cazador que acaba de ver cómo cae en la trampa su presa inocente. Se acaricia el mentón con la mano izquierda mientras con la derecha alcanza una botella situada en lo alto de la alacena que acaba de abrir.

–Tómese una copita de este licor. Le animará. Es incluso mejor que el que hemos probado en la cena. Yo no voy a beber porque el médico me lo tiene prohibido. De buena gana le acompañaría, pero con lo de antes tengo más que suficiente.

Le ha servido una generosa copa de esa botella con etiqueta indescifrable que acaba de poner sobre la mesa.

–Ande, anímese; es un licor alemán que me ha traído de Munich un antiguo compañero del seminario. Apenas he podido probarlo, ya le digo, pero es riquísimo. ¿Qué le parece?

La austeridad del Zaberri. Licores exquisitos en su alacena secreta. Frenado por la prohibición del médico. Pero él tiene que probarlo y responderle. Desconoce esos lujos y sólo con Mila… Rápidamente la aparta de su pensamiento.

–Está muy bueno, padre.

–Ande, apúrelo, que no tenemos mucho tiempo.

De repente la actitud cambia. El prior se le queda mirando fijamente, arruga el entrecejo y achina los ojichirris.

–Mire, hermano Luis. Voy a ir al grano. Hay algunos problemas en torno a esta comunidad que me exigen la máxima atención. Esta tarde he tenido ya algunas entrevistas con varios hermanos y ahora le toca a usted. No quiero dejarlo para mañana.

Es falso. Desde el invernadero ha visto salir al prior poco después de comer. Hacia las cinco ha oído comentar a dos frailes que paseaban por el jardín que el prior no volvería hasta la cena. Que había ido a entrevistarse con el obispo en la ciudad. Las cosas no encajan. Está confundido. Se pone en guardia.

–A lo que vamos. Quiero que me diga a qué fue usted antes de ayer al dentista. –Consulta una libreta con pastas negras de hule el prior–. Mejor dicho, el día anterior, el lunes por la tarde.

–Pues… a una revisión de los puentes. Me han estado molestando bastante durante la última semana. Avisé al ecónomo.

–Bueno, bueno, está bien. Pero… ¿con quién se encontró usted allí?

–Había varias personas en la consulta.

–¿A las cuatro de la tarde?

Se sabe pillado. Alguien pudo escucharle la noche anterior, cuando llamó Santos. Tendrán pinchado el teléfono. También pudieron verle recibir la cita durante la mañana del día siguiente, cuando llegó Jazmín al invernadero con el frasco de abono concentrado. Otra posibilidad es que hubieran sospechado de la repentina petición de consulta dental sin haberle oído una sola queja previa. Cabe incluso que le hubieran seguido hasta allí.

Suena el teléfono y el prior lo atiende. Aquel respiro momentáneo le sirve a Luis Murillo para buscar una escapatoria. Dirá la verdad. Confesará haberse encontrado con Santos Estráviz porque éste le quería pedir consejo. ¿Pedirle consejo a un pobre lego, a un fámulo que se ocupa del jardín y de labores menestrales? ¿Cómo no se ha dirigido a él, el prior, el superdotado teólogo y moralista, experto en las Sagradas Escrituras, hermeneuta, un candidato firme a la silla episcopal a poco que el Vaticano rastree en la Congregación?

También puede obviar el nombre del impío, de aquel rebotado, del azote de clérigos y jerarquías, del odiado periodista que no pierde ocasión de zaherir a la Santa Iglesia y a sus pastores alardeando de evangélico, pero haciendo el caldo gordo a un ambiente descreído y demoledor. Santos llegó disfrazado. Salió del mismo modo. No pudieron reconocerle. Pero si les estaban espiando, aún sería peor. La duda es mayor tormento que la verdad caliente.

–El lunes no había consulta. Ayer y antes de ayer tampoco. El doctor Carracedo está fuera.

–Es cierto. Me atendió su enfermera, la señora Milagros. Para cosas de poca importancia…

–¿Para cosas de poca importancia hay tanta prisa?

–Me insistió en que fuera. Tampoco me advirtió que no estaría el doctor. Incluso me dijo que mejor a las cuatro, porque tenía las horas ocupadas y al día siguiente lo mismo.

–Bien, bien, –dice el padre Zaberri mientras aguza sus ojillos de lechuza parapetados tras las gafas de concha vieja–. O sea que la ayudante del dentista le calmó los dolores y ahí terminó todo.

Un sonrisilla sardónica acompaña la ralentización de las últimas palabras. Mucho retintín, como queriendo decir algo más. Pero nada sabe sobre Mila. La fallida confesión fue con un cura anónimo en la parroquia de San Martín. El secreto sacramental le protege, aunque esté pendiente de absolución episcopal. Debiera ser un tema zanjado que habrá de solventar con Dios si alguna vez lo encuentra. Aunque también con los hombres. Siente el peso de su conciencia. Es cada vez más urgente. No dio nombres, ni fechas, ni datos. Aunque… quién sabe.  Precaución, por si acaso.

–¿Se refiere a si hablé con alguien además de con la señora Milagros?

–Eso quiero que me diga.

–Podía habérmelo preguntado directamente.

–Quería que fuera usted sincero.

–Y lo soy. Allí me encontré con un compañero de la infancia, alguien que estuvo aquí de niño, cuando esto era un colegio apostólico. Estuvimos charlando un rato.

–Vaya, hombre. Un compañero de la infancia. Está bien. ¿No sabe quién es Santos Estráviz? ¿No conoce lo suficiente a ese reptil, a ese esputo del demonio?

–No creo que…

–¡Crea o deje de creer me da lo mismo! ¡Le prohibo en nombre de la santa obediencia que vuelva a hablar con él! ¿Qué le dijo? ¿Qué porquerías le contó? ¿Por qué quedó con él?

–Estaba allí de visita. Es hermano de la señora Milagros. No me contó nada de particular.

Llaman a la puerta. El prior se levanta y acude. Unos siseos a ras de suelo no le permiten identificar al interlocutor ni enterarse del tema que tratan. La conversación sube de tono.

–Espéreme aquí un momento; vuelvo enseguida.

Luis Murillo echa un vistazo al despacho. Ha cambiado mucho desde que lo vio por última vez. Tiene muebles nuevos y cortinas distintas. Es más grande que cuando lo ocupaba El Peque. Lo recuerda vivamente de entonces porque le tocó limpiarlo una temporada. Al menos don Enrique tenía sentido del humor. Aquellas gafillas en la punta de la nariz, sus ojos de gato feliz y su pequeña estatura le hacían un ser próximo. Todo lo contrario a esta sabandija del Zaberri, dispuesto al tijeretazo, preparada siempre la ponzoña, con la boca arqueada para escupir dardos. ¿Gente así puede ser amiga de Dios? ¿O la divinidad acogerlos en su seno? Va a tener razón Santos. Dios está a lo suyo, sin entrar tanto en nuestra danza como pretendemos.

–Por la misericordia de Dios hemos sido redimidos –lee Senaquerib desde el lado de la epístola.

El Benino no es todavía sacristán, pero tiene el mismo rostro tontuno. Leturiaga debe llevar la cadenilla aplicada al culo, porque no para de moverse en el extremo del banco. Los mayores ocupan siempre la izquierda de la iglesia. La misericordia de Dios le debe importar un pimiento a Magán porque dormita. Los carraspeos del Lobo no consiguen despertarle. El Cartujo estará pensando en acercarse y zarandearlo, como hacía los años pasados, pero ahora no es de su incumbencia.

Ya están en la consagración. Pronto verán la magnificencia de Dios. Senaquerib se lo ha advertido. Los apostólicos saben que se va a producir un milagro. Tanto más grande cuanto que hay que poner todas las arrobas de fe del mundo para que se realice. Cereceda baila de rodillas sobre el banco, como de costumbre. Le habrán vuelto las ganas de mear. En casi todas las misas le entran las ganas, a veces desde el principio. Si es al final se aguanta, pero cuando no puede más sale disparado tras la consagración. Si uno no asiste a la consagración, no vale la misa. Luego vuelve para la comunión.

                                                   Oh, Señor, yo no soy digno

                                                   de que entres en mi morada,

                                                   mas di una sola palabra

                                                   y mi alma quedará sana.

Nunca oyó cantar a Cereceda, ni a Garrido, ni a Santos, ni a Magán. Leturiaga sí cantaba, y Golvano y Durán. No estaba entonces el Zaberri para confundirlos con sus semitonos de derribo. Don Saturio llevaba la batuta con energía y en el órgano ponía La Moña el resto de la disciplina. La decadencia de hoy hubiera sido impensable entonces. Bailan los espectros en todas las direcciones de la rosa de los vientos, dentro y fuera de la iglesia, alterados por la perversión de las melodías sagradas. Las manos aéreas de don Artemio de Ocio flotan en lo alto de la cúpula y se transforman en garras unguladas deseosas de atrapar la garganta del cantor. Los golpetazos de don Valentín con sus muletas desde el coro desquician la frágil serenidad. El paso tumbo de don Armando Velázquez se pierde en unas lejanías que no acaban de salir de sus oídos. El hermano Luis Murillo comienza a sentir terror.

Desde la ventana se ve la Alameda. Es nueva. Talaron los viejos castaños de Indias y en su lugar plantaron esos mustios plataneros silvestres que golpean el cielo en invierno con sus muñones ciegos. No los dejaron crecer a sus anchas. Muchas veces ha tenido que podarlos cumpliendo órdenes. ¿Por qué no se le permite a cada ser vivo desarrollarse a su gusto, según su necesidad natural? ¿Por qué le han condicionado tanto a él? A sus casi sesenta y cinco años, la situación no tiene remedio. Ya está acostumbrado a la poda. Intentó dejar viva una rama, ocultándola, ocultándose. Pero se la desgajaron. Le arrebataron a Mila cuando más savia circulaba entre ambos. La encrucijada íntima, la amenaza solapada y el último residuo de la fe le hicieron renunciar. Estaba por ella a pesar de todos los anatemas, pero eran muchos los enemigos a batir.

¿Dónde querrá ir a parar el prior? Sabe que el lunes vio a Santos Estráviz, su cuñado emocional, un hombre en combate permanente contra el tartufismo y la mentira. Sospechoso de buscar la verdad, a despecho de clases dominantes, de jerarquías oficiales y de intereses políticos. Peligroso por no ceder a la fantasía eclesiástica ni al chantaje económico. Insobornable. Arremetiendo siempre contra tanta basura como hay parapetada en partidos, instituciones y gobiernos. Declarado enemigo del nacionalismo radical que divide al país y propicia la violencia fanática. El Zaberri sabe que se vieron. Afortunadamente, él no lo ha negado. La explicación será la de la simple coincidencia, una pura casualidad.

Nada extraño que Santos vaya a visitar a su hermana. Normal que lo haga de incógnito en una ciudad donde es tan conocido como perseguido. Es mal visto por los independentistas, ha sido amenazado por los terroristas y no tiene sangre de mártir. Una aparición pública sería un reto con resultados dramáticos. No lleva escolta. Prefiere disfrazarse y acudir de incógnito. Ahora bien, si el prior se ha enterado, alguien más lo sabe. Su amigo podría estar todavía allí. Le ha encomendado una misión difícil. Luis Murillo se lleva las manos a la boca. Los puentes empiezan de nuevo a molestarle. Las encías se le están abriendo. Toda la dentadura parece arderle.

El fuego, que empezó por las rodillas, abrasa ya todo su cuerpo. Senaquerib afirmaría que es un don divino. Pondría la mirada en alto y hablaría de la zarza de Moisés. Pero el arbusto que ardía en el monte Oreb no llevaba un fraile dentro. A Luis Murillo se le consume el alma, esa concentración de materia nerviosa que se apoya en la columna vertebral cuando está cansada. Intenta respirar profundamente, como aprendió en el Arco Iris, pero los nubarrones del incienso le provocan una tos metálica. Le arde la dentadura; las mandíbulas se le desencajan por el pánico. Le ha mirado el padre Zaberri desde el presbiterio con sus ojillos de ratón airado antes de regresar a la sacristía. Siente el torturado lego que de los suyos brota humo.

El prior tarda en regresar. No ha sido un momento, sino media hora ya. Ha vuelto a sonar el teléfono. No lo coge, no está autorizado. Suena por tercera vez. Se asoma cautelosamente a la puerta. Nada. Nadie. La insistencia del comunicante le sobresalta. Tal vez debiera… Pero no. Esperará a la próxima. Llega la cuarta llamada. Silencio. La quinta. Los intervalos son más breves cada vez. Un minuto de silencio y la sexta. Debe hacer algo. El prior se lo agradecerá. Pero no, no está autorizado. ¿Y si va a buscarlo? ¿A dónde? ¿Quién lo reclamó? ¿Con quién está? Suena otra vez el teléfono.

Son siete llamadas en media hora, cada una de siete repiques, cada vez más próximas entre sí, con una urgencia que se mastica en el silencio del pasillo al que se asoma sin cesar el desorientado fraile. Si hay una octava, descolgará el teléfono. Han pasado treinta y tres minutos desde que salió el prior con su misterioso visitante.

Don Javier Alzueta ha descolgado el teléfono y hace girar la manecilla reclamando línea a la operadora de la centralita. El novicio Luis Murillo aguarda trémulo junto a él. El prefecto le hace señas para que se siente. La cosa va para largo, porque responden que no hay comunicación con el pueblo donde viven sus padres. Se suceden los gestos de impaciencia. Las blasfemias están prohibidas aunque se suelte la manecilla y caiga al suelo con estrépito. Qué mala es la prisa. Tiene que ser el Provincial quien autorice el viaje del novicio. El coche de línea sale dentro de treinta y tres minutos.

–Faltan sólo treinta y tres minutos para que arranque el autobús –dice Javier Alzueta devolviendo su reloj a la faltriquera.

Luis Murillo está tan trémulo como entonces. Ahora el tema es su otro padre, el verdadero. Suena el teléfono.

–Buenas noches, dígame. (…) No, no está. Ha salido un momento y no tardará en volver. ¿Quiere que le diga algo?

No quiere nada. La hosquedad del comunicante corresponde a la que usa casi siempre el demandado. ¿Primos hermanos? ¿Era Javier Alzueta primo hermano del padre Gurmendi, aquel gordinflón sarnoso que le zahería a la menor ocasión? No, el prefecto de los novicios era un tipo flexible, con alma de almidón y cuello duro, elegante en la ironía, secretamente comprensivo, más tolerante en la intención que en las maneras, a las que él mismo vivía condicionado. ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Habrá montado algún negocio telefónico o una parada de coches de alquiler?

–No se preocupe, que si el Provincial autoriza el viaje y se ha ido el autobús, haré que le lleven en un coche de alquiler. En ese caso iremos con usted el padre maestro y yo.

Otro padre más, un hombre insoportable el Gurmendi, siempre despreciándole, siempre ridiculizándole. Si hubiera conocido entonces su relación con el Superior General se hubiera quedado de piedra, un cura pastoso congelando sus risitas chabacanas… Aunque quién sabe. Se decía que no se llevaba bien con el padre Mario. Hubiera sido contraproducente.

Se quedó definitivamente huérfano varios años antes de la muerte de su padre verdadero. Funcionaban horriblemente los teléfonos, con aquellas interminables vueltas al manubrio pidiendo línea; se escapaban los autobuses regulares, se apuraba el prefecto contrariado por el exceso del gasto, se encogía el espíritu ante el drama de una madre desolada, se avecinaba un refuerzo de la orfandad ya ejercitada en los penúltimos años, crecían los comentarios despectivos de aquel otro prior, casi tan nefasto como el Zaberri pero más bobo, sin la pinta de sutileza que éste pone en todo cuanto hace, dice o calla.

–Así que estuvo usted hablando con ese engendro de Satanás, vaya, vaya.

Es la llamada definitiva. El Zaberri coloca la mano sobre el micrófono del aparato:

–Seguiremos hablando –y le hace gestos de que se vaya.

Luis Murillo sale despacio, para no interrumpir. Se demora cerrando la puerta. Le baila un poco la cabeza. Será la bebida. Antes de abandonar el pomo, oye sin poder evitarlo que el prior dice al otro lado:

–Sí, señor Itúrbide.

 

                                                14. JAZMIN

Jazmín abre la puerta del invernadero. No ve a nadie. Entra. El hermano Luis estará regando. No. El hermano Luis la contempla desde el macizo de peonias en plena explosión estival. Ella no vivirá las vicisitudes que a él le atosigan. No tendrá que temer por el buen nombre de su padre. Ni santo, ni beato, ni venerable, ni siervo de Dios siquiera. Siervo de la gleba a lo sumo, un minúsculo artesano de la tierra vegetal que el destino ha hecho deslizarse por entre sus dedos para gloria de esas divinidades llamadas aromas, texturas, colores, formas…

Luis Murillo se acerca. A pesar de tener todos los aliviaderos levantados, el ambiente es irrespirable en el interior. Los trece años de la chiquilla yacen desvanecidos sobre un montón de estiércol. El jardinero la ve a través de la puerta entreabierta. Su sobresalto pone una grúa en cada brazo para levantarla y sacarla de allí. La tiende sobre el césped, trae precipitadamente agua en una regadera y le rocía la frente mineral. El mareo la ha dejado fría, quieta, estática. Paulatinamente se reanima, abre los ojos, se contorsiona un poco, parpadea. Sonríe el sol.

–Pensaba que te habías muerto –suspira el jardinero intentando poner un punto jocoso en su voz.

–No sé qué me ha pasado –responde Jazmín con su vocecita tibia.

–Un simple mareo. En estos días no se puede estar en el invernadero sin mascarilla, muchacha. Entre el calor, la humedad y los vahos de la tierra estercolada, no hay quien aguante. Pero no te preocupes, que no ha sido nada. Ten cuidado la próxima vez.

Mamá le ha dado un papel, que ella saca de la abertura de la blusa. Dentro de la caja de quelato de hierro hay algo más. Cuando ella se vaya, que lo abra. Que mañana volverá con los bulbos que hay que plantar este otoño en el parterre de la entrada.

Don Patricio está enmarañado tras los brezos limpiando la hojarasca del magnolio marchito que intenta reavivar a base de una mezcla de estiércol y turbas minerales que colocará por tercera vez en los pequeños hoyos cavados alrededor del enfermo. Un ruido en la fronda, como de balón perdido, atrae su atención. Vuelve a lo suyo. El ruido se repite. Sólo caen en las inmediaciones grumos de tierra humedecida.

–¡Esos, esos! –grita.

  Ya están esos mozalbetes otra vez. Seguramente el Santitos y su panda. Son incorregibles. Tendrá que avisar a don Enrique.

–¡Os voy a  frotar el cogote! ¡Que yo también tengo puntería! –añade mientras regresa a su base.

Las voces del valetudinario y las risitas de los apostólicos agazapados tras el seto se confunden. Ha dicho El Peque que a los ancianos se les puede llamar valetudinarios. Valetudinario quiere decir viejo jocoso aun siendo achacoso, explica el director. Don Saturio Antón les ha advertido en clase de literatura que se trata de un pareado horroroso, mejor dicho horrible; él mismo se ha corregido al darse cuenta de que estaba reforzando el horror. El Benino, sin embargo, se ha pasado tres días repitiéndolo en el recreo, en las filas, en el comedor, durante los trabajos matinales y lo acompaña con una risita desgraciada; menos en la iglesia, no tiene otras palabras en la boca:

–Decir viejo gozoso y achacoso es horroroso. Decir viejo gozoso y achacoso es horroroso. Decir viejo gozoso y achacoso es horroroso, jajajá.

Bobo y tontuno el Benino. No se sabe por qué lo protege el padre Constantino.

Abre los ojos Luis Murillo, a despecho del sol, para no perderse ningún gesto de Jazmín, que desaparece tras la tapia que separa los jardines de la calle. El antiguo camino es ahora un paseo elegante bordeado de chalés, la zona  residencial más preciada de aquel viejo pueblo tan bien comunicado con la ciudad. No lo hubiera podido suponer hace sesenta años. Son casi sus primeros recuerdos. Recorría con su madre a pie el camino desde el pueblo hasta el convento para recibir la aportación mensual de los frailes. Es un paseo y un paisaje que se repite distorsionado en sus sueños.

Ahora mismo se le está representando con extrema viveza, mezclado con otros episodios de la infancia: la noticia de que pronto tendría un nuevo padre, de que irían a vivir a un pueblo cercano, de que ya no era necesaria la ayuda de los frailes, de que él ingresaría en el colegio apostólico en cuanto tuviera la edad… El mismísimo Rufino Alonso acude a su encuentro, entra en la iglesia y camina hacia el presbiterio de espaldas, mirándole a los ojos con una sonrisa dulce. A medida que se acerca al altar, su figura se desvanece. Luis Murillo mueve agitadamente la cabeza. No sabe si para recuperar o para apartar aquella visión. Al mismo tiempo siente un pinchazo interior, una sensación extraña, algo como un dolor impreciso en el vientre. Los huracanes del pasado vuelven a bambolear su memoria.

Un plazo de nueve meses fue suficiente en el firmamento de los sentidos para que brillara la estrella de Jazmín. No sólo fue el tacto y sus estremecimientos, sino el aroma insuperable del Anaïs–Anaïs que le ascendía a regiones inalcanzables, el retintín de la risa fresca, un terciopelo esponjoso y lúbrico envolviendo todas las sinuosidades, el caramelo en los ojos dispersos por las honduras del cosmos, aquellos suspiros infinitos y aquel ¡Más, Más! interminable, indefinible, inabarcable, pero dotado de toda la carga de comprensión que pueda percibir un corazón humano.

Hay un frasco vacío de Anaïs envuelto en el papel que oculta el plástico opaco que se halla dentro de la caja del quelato de hierro. Aquel perfume vale por todo un rosario de poemas, por toda una eternidad de nostalgias, por toda una cofradía de anhelos y suspiros y esperanzas. Mila vive, Mila palpita bajo su bata blanca de ayudante de dentista, bajo la aureola discreta de su mirada distante y soñadora, bajo aquella voz de fagot enternecido que alimenta los tímpanos, que amansa las alteraciones de esa sinfonía inacabada que en breve archivará la eternidad.

Hermano Luis: le envío con Jazmín unas muestras de… Demasiado papel para tan corto mensaje. La tinta simpática es tan antigua como el amor, como el dolor, pero vive tan olvidada en estos tiempos como la propia escritura artesanal. Es todo un gozo la caligrafía, el arte antiguo de diseñar sentimientos con el baile de los dedos, de poner el punto personal en el discurso de los labios, de plantar prometedores brotes en los campos recién amanecidos del papel de barba intonso antes de que vengan a posarse en él ansiosamente las abejas.

Milagros no sabe nada. Nunca le ha hecho mención del tema. Si él lo hubiera conocido entonces, en la época de la efervescencia plena, no hubiera podido ocultárselo. Pero quizá ahora tampoco pueda. Ella ha detectado algo. Sé que algo extraño te pasa, nunca te he visto así, le dice. Claro que algo le pasa. Más que pasarle, le agobia. No es capaz de permitir que las cosas sigan como están. Mañana le enviará una carta con Jazmín. Santos la interpretará. Sabrá a la hora en que el hermano Murillo acudirá a la Diputación Foral a solicitar un documento relativo a su adopción por don Rufino Alonso hace casi sesenta años. Tendrá que acudir al archivo de la institución, naturalmente. ¡Vaya, hombre, Basterra, cuánto tiempo sin vernos! Como tienes mucho lío, déjame que yo mismo busque el expediente. ¡Cómo no, mi querido Luisito! Si viene alguien, he salido a desayunar un momento. En media hora estoy aquí. Bueno, ya me entiendes, aunque quizá tarde un poco más. Si terminas antes, me esperas unos minutos. Luego te compulso la copia y hablamos, ¿vale?

El plan es perfecto. Jazmín volverá al día siguiente con nuevos bulbos para plantar en otoño y a por los esquejes encargados. Ninguna sospecha. La verán salir con su amiga Mónica, como de costumbre. Ha venido dos días sola, pero eso no tiene importancia. Los jardineros del convento han gozado siempre de mucho crédito en la ciudad. Ya era famoso el invernadero de don Patricio incluso en aquellos tiempos de penuria en que las gentes se veían obligadas a preferir una remolacha a una dalia. Sólo los crisantemos gozaban de privilegio especial, porque había muchos difuntos que decorar.

Los crisantemos eran las únicas flores que Rufino Alonso permitía en el huerto por deferencia a su esposa viuda. No solamente servían para adornar la tumba de su presunto antecesor en el tálamo, sino también, aunque a escondidas, la de un amigo que luchó por la Repúblilca y que yacía con otros camaradas en la fosa común que los hermanaba en intenciones y destinos. Luis Murillo se estremece ante la falacia urdida por el padre Emilio, seguramente en nombre de su padre verdadero, e impuesta con impunidad a su pobre madre. ¿No sentiría vergüenza, sudores, sonrojos, apuros, afanes, picores, urticarias y todas las malicias de la piel el instigador del simulacro sabiendo que una falsa viuda y su engañado esposo acudían en las oscuras tardes del primer noviembre a visitar una tumba ficticia y a depositar unas flores fruto del despojo de su escaso huerto?

Luis Murillo no tiene crisantemos en su jardín. Si por alguna casualidad figuraran entre el blando ejército de sus flores, los hubiera arrancado nada más enterarse de la noticia. Los beatos no necesitan crisantemos. Esas flores suplicantes son a lo sumo para las almas en pena. Rufino Alonso había tenido tiempo suficiente para purgarlas todas, y en cuanto a ella, ninguna madre es pecadora para un hijo bien nacido. Estaban todos en el cielo, danzando a trío en medio de risas desiguales, conmiserándose de la pobre condición humana, ajenos por completo a las penurias mentales que afectaban ahora al desventurado hijo.

¿Tendría que sincerarse algún día con Jazmín para evitarle futuras zozobras? También el presunto padre de la muchacha había naufragado en un viaje a América. El hombre que ahora convivía con su madre, el ingenuo Matías, no tenía dónde colocar los crisantemos en las fechas de noviembre. El mar estaba demasiado lejos como para acercarse descalzo hasta él cada año y confiar a las olas una botella sellada con una flor dentro. Lo hizo sólo la primera vez, recién conocida Mila, llevando de la otra mano a la pequeña Jazmín que sostenía el mensaje lacrado.

–Mi papá murió en América –le contestó la primera vez que se vieron a solas tras la ceremonia.

Al hermano Murillo se le escaparon dos lágrimas. Los seis años de la niña sólo vieron un signo de cariño. Sólo un signo. Ni besos, ni abrazos, ni confidencias hondas… para siempre. Mejor para nunca. ¿Viviría el resto de sus días en aquel desierto, en aquel destierro? ¿Tendría que fundar una nueva orden, otra Pía Congregación para zambullirse en los afanes de la santidad y olvidarse del fruto de sus debilidades? ¿Debilidades?

No sabe cuánto duraron las debilidades de su padre. No sabe si él fue fruto de la primera o de la tercera debilidad, como lo es Jazmín. Seguramente el padre Mario era más fuerte y sólo tuvo una debilidad. Y su madre sería más recatada y sólo tuvo un desliz. Él era débil y Mila un volcán, una sima insaciable. A pesar de todos los pesares, a despecho de todas las precauciones, sonaron pronto los clarines anunciando a Jazmín. Habían llevado la cuenta gloriosa: once, doce, trece… No era posible verse más de una vez cada dos o tres semanas. Las muelas no se deterioran tanto en la madurez como para realizarles más de un control semestral; las estaciones climáticas son únicamente cuatro, aunque puedan improvisarse floraciones de entretiempo; las visitas permitidas a la madre doblemente viuda en el asilo eran dos al mes, más una en Navidad y otra por su santo; aun rescatando las escapadas al camposanto, no podía añadir más de tres días al año. Todo sumado dio trece. Para el decimocuarto encuentro, ya campanilleaban las estrellas en el firmamento.

 

                                   15.  ALBERTO GOLVANO

–¿Recuerdas a Golvano? –le dijo antes de ayer Santos, después de soltarle lo del diputado Itúrbide.

–Vaya si lo recuerdo. Era un chaval muy afable.

–Y el intelectual que hablaba con Ortega, con Unamuno, con Marañón, con unos cuantos más. Incluso con Kant, con Hegel, con Kierkegaard y con Schopenhauer. No los leía: hablaba con ellos. Era un pequeño Saturio Antón.

–Era de los mayores. Dos cursos más viejo que nosotros. Vaya que sí.

–Suena para delegado del gobierno en el reparto de cargos que están haciendo tras las elecciones generales. El que nombraron nada más ganar parece que va a renunciar.

El rubio Golvano está metido en política. Desde que la derecha consiguió el gobierno, las cosas se han puesto más duras.

–En la sede del partido están eufóricos –dice Santos–. Ya andan cavilando en la forma de dar más leña aún a los independentistas con la mayoría absoluta que ahora tienen.

–¿Qué quieren hacer?

–Restaurar la pena de muerte, como primera medida.

Luis Murillo levanta los hombros. Al arsenal en que se ha convertido la vieja pistola del hermano de Zubía se le encenderá la sangre y correrán nuevamente ríos de dolor. Nunca la fuerza ha muerto por la fuerza. Se ha agazapado, se ha pegado al terreno, se mimetiza con el paso rutinario de los días y de las gentes, pero no desaparece. Golvano lo va a tener crudo.

–¿A estas alturas? Me parece una barbaridad.

Al hermano Murillo le siguen pillando un poco lejos estas elucubraciones de Santos. Tras la entrevista que mantuvieron el lunes por la tarde en la consulta, se ha presentado esta mañana de sopetón a verle, acompañando a su sobrina. Bigote estrepitoso, gorra calada hasta las cejas y gafas de sol monumentales a prueba de los ojichirris del prior. Sería tremendo que el Zaberri apareciera detrás del invernadero donde se han refugiado los dos, mientras Jazmín riega las begonias del exterior una a una.

–Ya he visto el plan. Está bien. ¿Crees que Basterra te dejará hacer?

–No lo sé, no lo sé.

–Bueno. Toma esta minicámara. ¿Te explico cómo se usa?

–Sí, claro.

–Es sencillísima. El expediente tiene que estar en la sección de las adopciones. Las carpetas están ordenadas por fechas. Se trata de algo breve, un par de folios. Haz triple toma de cada página, por seguridad. Acabas en cinco minutos. Vamos a ensayar.

La cámara abulta como una cajetilla de tabaco. Está preparada para eludir los controles de seguridad. Basterra se fiará de un fraile irrelevante, de un infeliz que es además compañero de la infancia. Cualquier ocasión es buena para echar una cana al aire en horario laboral. Con treinta minutos tiene suficiente. Oye, pichurri, me acerco en un santiamén. Acaba de llegar un viejo amigo que… No tardo nada.

–No hay novedades, ¿verdad?

–No, ninguna.

–Si por alguna causa no resulta el plan, tú tranquilo. En caso de que lo veas muy liado, o si hay gente esperando, déjalo para otro día. Lo saludas y le dices que volverás. Pero a las once no suele ir nadie a ese negociado porque saben que es la hora del café. A veces de algo más, ya me entiendes. Tú aparece diez minutos antes.

 –De acuerdo.

–Lo de Golvano parece cantado. Nos vendrá bien si lo nombran. A pesar de las apariencias, tiene mucho cuajo. Lo machacaron los últimos años que pasó aquí y se la tiene jurada a esta gente. Ha pedido el puesto en estos momentos en que se barrunta el cambio de responsabilidades, como te he dicho. Están eufóricos con los resultados.

–Pero si Alberto era un hombre blando, un filósofo, un poeta…

–Lo era o lo parecía, pero la vida va encastillando las praderas de todo el mundo y cada cual se monta sus parapetos. Primero son defensivos, pero pronto pasa la gente al ataque. Es la mejor defensa. Incluso los tipos de buen corazón, como Alberto, no tienen otro recurso para sobrevivir en esta jungla.

–Sí, tal vez.

–Te lo digo por lo siguiente: tú no sabes nada de lo que te conté el otro día, de los dineros que han corrido en la causa de beatificación, ¿verdad? Pues bien, esta mañana me he entrevistado con tres personas. He hecho algunas averiguaciones y se confirman las sospechas sobre la procedencia del dinero y las contraprestaciones. La cosa es más complicada de lo que parece. Ahora hay dos fuentes de financiación y alguien que intenta sacar tajada. Aquí entran Golvano y los suyos. Están comprando voluntades.

–No entiendo nada.

Ni entiende ni le interesa entender. ¿A qué tanto misterio, tanta intriga, tanta conspiración? Qué pérdida de tiempo. Siempre ha sabido en su fuero interno que todas esas cuestiones le importan infinitamente nada. Como la mayoría de las noticias que circulan por el mundo. Hará lo que le pide Santos en el archivo de la Diputación por tratarse de él. Sus problemas son dos, que podrían resumirse en uno solo, pero no tienen nada que ver con los políticos, ni con unos ni con otros. Bastante conflicto son las dos paternidades que le acosan. Por pasiva y por activa. Él no llegará a santo, ni falta que hace. Está tranquilo porque a nadie se lo ocurrirá incoar su causa. A no ser que algún idiota comience a rezarle y él rompa a obrar milagros. Bobadas. ¿Quién le va a rezar? Cuando muera, tal vez alguna oración de Mila y de Jazmín, además del funeral rutinario de los frailes. Luego, el silencio. ¿Dónde se reside fuera de la mente de los demás?

–Por muy duro que nos parezca, amigo Luis, aquí se acaba todo.

Miyo le confirmó en el Arco Iris aquella lejana sospecha que anidaba en su interior desde el día en que leyó precipitadamente unos apuntes de Saturio Antón sobre el pupitre de su celda. Parecía estar escuchando su voz metalizada tremolando al viento, pronunciando un discurso universal. Lorenzo de Nora pensaba algo parecido, pero lo decía con más sencillez, quizá con más corazón. Don Saturio se expresaba con mucha contundencia y cierto enrevesamiento en aquellos papeles que pudo leer en su habitación:

“Después no hay nada. Repugna a la razón un más allá en la que ésta no participa. Bastante ha participado en el más acá fantaseando situaciones, fabricando respuestas e improvisando reacciones para explicar lo que no tiene fundamento. Dada la limitación de nuestros conocimientos sobre la mente, se nos escapan sus posibilidades operativas y las sustituimos por elucubraciones llamadas Dios, los ángeles, los santos, los demonios, el cielo y el infierno. Creamos la escatología por simple pánico a la desmembración del cuerpo. El resultado de abrir las puertas del cielo es el mismo que el de abrir la tumba a los diez años de una muerte: no hay nada sustancial. Quedan residuos materiales en el segundo caso; en el primero encontraríamos un sudario mental, si pudiera hablarse de eso. Todo ha vuelto a su origen: la materia y la conciencia universales, indiferenciadas, son simples pozos energéticos capaces de individuarse en los diferentes niveles de la vida, de lo mineral a lo angélico, todo efímero, tan caduco el rey de la tierra como el de los cielos. Si a la razón repugna adorar a uno, ¿por qué habría de adorarse al otro? ¿Simplemente por ejercer en otra dimensión? Es como si un sauce considerara su dios a un lagarto o como si una manada de búfalos se inclinara ante una caña de bambú mecida por el viento”.

El apostólico ha interrumpido aquella lectura porque, además de ser sacrílega, la retranca del Cojo por el pasillo pone en peligro su seguridad. ¿Qué hacías ahí leyendo los papeles privados de don Saturio, eh, gañán? ¿Querías dar el cambiazo a las notas de este mes? Ahora mismo se enterará el señor director. Tú sabrás lo que le vas a decir a don Enrique, cómo se lo vas a explicar. Pero no le mientas, ¿eh? Mentir es pecado y los mentirosos van al infierno.

Cuando llega El Peque para leer las notas, Luis Murillo no tiembla. Le puede caer un cate en literatura, pero nada más. El Cojo no le pilló leyendo aquel atropello a la teología. A nadie se lo puede comentar, pero ya está dando anticipadamente la razón a Santos Estráviz para cuando éste le diga, poco antes de abandonar el noviciado, que los curas no creen en Dios.

Ni el calor ni el olor van a variar sustancialmente por la meada que ha echado el visitante en un rincón del invernadero. Han entrado con las mascarillas puestas. Jazmín sigue fuera, entretenida con las begonias.

–Hazlo allí mismo, donde yo. Algunas plantas lo agradecen.

–Bueno, pues como te iba diciendo, necesito que llames a Golvano y le preguntes cualquier cosa. Sé que te llevabas bien con él hasta que se fue de aquí. Sé que sigue siendo un hombre piadoso, que os estima y que es devoto del padre Mario. Recordarás que testificó a su favor en la causa porque su hija pequeña sobrevivió tras dos días perdida en la nieve, aquella excursión que costó la vida a tres de sus compañeras.

–Sí, lo recuerdo.

–Pues llámale. Pero no lo hagas de mi parte. Que sea iniciativa tuya.

–Y… ¿qué tengo que decirle?

–Empieza como quieras. Trata de averiguar algo sobre el caso, si ha recibido más favores del futuro beato, si sabe de algún otro milagro. Dile si va a ir a Roma para celebrarlo. ¿Tú vas a ir?

–Eso me han dicho.

–Pues mejor. Dile a Golvano que vas a ir, que te gustaría verlo allí, o durante el viaje. Anímate.

–Tendré que pedir permiso al prior. Alberto está en Madrid, ¿no? Sólo podemos llamar dentro de la provincia.

–Pídeselo. Para eso te lo dará.

–¿Y luego?

–Me interesa mucho saber si piensa ir a Roma.

–¿Por qué?

–Es un tema reservado. Por ahora no puedo decirte más.

–Hombre, es que… Mira que andas con misterios.

–Lo que te pido es muy sencillo.

–¿Y por qué no se lo encargas a alguien? Yo ya tengo bastante con lo de Basterra.

–Nadie lo puede hacer mejor que tú. Golvano no va a sospechar.

–¿Es que tiene algo que temer?

Santos se ha quedado pensativo. Luis Murillo no le pierde el gesto. Siempre intrigando, siempre espiando: a Don Quijote y a Sancho Panza en la Alameda, a Leturiaga durante el verano para ver si era tan fervoroso como parecía, a don Javier Alzueta en el noviciado, ahora a Golvano.

–No es eso, no. Se trata de otra cosa. Siento no poder ser más claro. ¿Sabes dónde nació el padre Mario?

–No. Sé que era de por aquí, pero nada más.

–¿Y dónde nació el diputado Itúrbide?

–Tampoco. Será también de...

–Claro, de Amúriz, ya te lo he contado.

–No me acordaba.

–Bueno, pues el padre Mario también era de Amúriz.

–No lo sabía.

–Haz alguna deducción. Los nacionalistas quieren un nuevo santo en su iglesia particular. No les basta con san Prudencio de Armentia, san Ignacio de Loyola, san Valentín de Berrio-Ochoa, el beato Francisco Gárate y algunos otros mitos, como San Fausto y san Formerio. Ahora quieren actualizar el santoral con los mártires de la guerra civil. Y no pierden comba. Itúrbide está empeñado con el padre Mario, el primer santo de su pueblo, o beato, por algo hay que comenzar. Y ya sabes lo de Itúrbide, una paranoia como otra cualquiera.

–Me pierdo en esas cosas, demasiados santos hay ya, tú por ejemplo, jajá.

Humorada repentina de Luis Murillo que su amigo sonríe.

–Bueno, volvamos a Golvano. ¿Vas a poder llamarle? Estoy seguro de que sí. Hazme el favor. Es muy importante para mí.

–Lo haré.

–Gracias. Tengo que volver pronto a Madrid. Dentro de unos días te llamaré por la noche, después de cenar. Seré el representante de Agromundi o cosa parecida, y te preguntaré si necesitas abono para los tulipanes. Tu respuesta ‘Sí’ significará que ya has fotografiado el documento. Te seguiré preguntando y me responderás ‘También’ si sabes ya las intenciones de Golvano sobre el viaje. Si aún es pronto o no sabes nada concreto, me respondes ‘Tengo que mirar’; en ese caso volveré a repetir la llamada dos o tres días después.

–Bien. No sé a dónde me va a llevar todo esto, pero lo haré.

–Es tu ocasión, Luis. Nunca te han dado una oportunidad para que sientas las cosquillas de la vida. No te quejas en público, pero siempre he leído la desazón en tu mirada. Siempre has sido un espejo de la soledad. Hubo una época en la que no. Algo había que te transformaba. No lo sé. Cada uno tiene sus secretos.

Su oportunidad; le hace temblar ese pensamiento. Ahora tiene su oportunidad, pero va por otro camino distinto al que imagina Santos. El periodista puede haberse enterado de lo de Mila y saber que Jazmín es su hija; es capaz de guardar todo eso en la recámara para obligarle a participar en las operaciones que ahora está urdiendo. Luis Murillo se vuelve a sentir incómodo.

–Si no puedes llamar desde aquí, hazlo desde casa de mi hermana.

Un relámpago casi imperceptible ha cruzado la mirada de Santos. ¿Lo sabrá todo el intrigante? ¿Oculta sus conocimientos? Cuando antes ha dicho que estaba seguro de que lo iba a hacer, parecía tener todos los dados en el cubilete. Luis Murillo se estremece al oír la sugerencia. No ha dicho llama de la consulta, sino hazlo desde casa de mi hermana. ¿Le habrán visto él o sus agentes entrar allí? Hace años que no ha vuelto, desde la boda de Mila con Matías. Ahora la ve cuando va al dentista; sólo la ve, salvo un día en que… Pero Santos no puede saberlo, a no ser que la propia Mila…

 

                                                   16.  MILA

La calorina quieta del mediodía adormece casi todos los recuerdos. Pero hay uno que se alimenta de la penumbra en que ha quedado la habitación al volver las contraventanas. El riki-riki gris de la cigarra se entrecruza de vez en cuando con un aleteo cansino de gorriones. Los plataneros silvestres de la Alameda vuelven a ser frondosos castaños de Indias anunciando su floración de pináculos primaverales.

–Hay dos chavalas con la Puri junto al invernadero; están hablando con don Patricio.

Garrido ha dado la voz de alerta. Magán se queda sin su principal competidor, dueño único de todos los balones, porque a Cereceda le ha dado un repentino calambre y se retira cojeando hacia el parque. Se han ido Estráviz, otros dos y él, seis en total. Pronto son cuatro porque Garrido y Cereceda desaparecen tras los macizos de cañas que ocultan el estercolero. Es el camino de regreso de las chicas.

La Puri es la hermana pequeña de Artaza, ya cuajada a sus catorce años, con unas piernas preciosas, según dice Cereceda que se las vio un día. Las otras dos serán amigas. No las conoce. Es jueves. No hay clase por la tarde. Después del recreo y del tiempo libre para escribir cartas o leer, saldrán de paseo. Las chicas no tienen prisa; tampoco hay clase en la escuela del pueblo los jueves por la tarde. Han traído algo y se van a llevar unas flores del invernadero. Ocho ojos ansiosos espían sus movimientos.

Pero Garrido y Cereceda lo van a hacer mejor. Han tendido el sedal en el camino de regreso. Tropezarán, caerán ellas al suelo y gritarán. Acudirán veloces los aspirantes, agazapados tras un seto. Las ayudarán a levantarse, como unos caballeros, y no tendrán más remedio que cogerlas del suelo. Hasta es posible que deban llevar  alguna en brazos hasta el invernadero por si se ha roto una pierna o se ha torcido los tobillos. Estos dos saben latín. Lo han hecho otras veces. Y ellas colaboran. Se quejan, pero no oponen resistencia. Como si lo estuvieran esperando. Son un poco descarados Garrido y Cereceda, porque las están tocando por donde quieren. Además no las llevan al invernadero, sino al césped que hay detrás del aligustre. Allí no los ve nadie, excepto Santos y Basterra, que se han acercado reptando. La hermana de Artaza está de pie, como presidiendo la ceremonia. Los dos grandullones dan masajes en las piernas doloridas a las otras dos, tumbadas boca arriba. Los muslos se mueven juguetones en un quiero no quiero que tiene más de aceptación que de rechazo. Las risitas de la Puri animan el enredo. Parece controlar la situación. Que no se pasen, porque son tres contra dos. Ellas tapan para que los chicos destapen. Se han terminado los esguinces de tobillo. Ya no hay torceduras que valgan. Diez minutos son suficientes para aliviar los dolores de la caída. Puede venir El Peque con su tropa de aspirantes recogiendo palitroques. El apretón de nalgas que Cereceda da a una de las chicas pone un ¡Fresco! en el aire y finaliza la función. Con las flores desmadejadas en el regazo, las tres emprenden la retirada. Aún intenta Garrido marcar a la que va sin pellizco. La Puri interviene. Bastante por hoy. Los dos apostólicos se llevan la mano a la entrepierna y se estremecen.

Un calambre barre sus nostalgias. No supo qué hacer entonces, sino mirar. Sintió también arder su sexo, pero no siguió adelante. El Cartujo les había advertido: ¡cuidado con las chicas! El fuego del infierno amenazaba. El demonio acechaba disfrazado de mujer, se escondía tras aquellas jovencitas que enseñaban descuidadamente sus muslos y se dejaban hacer. Corrían las nubes del pecado por el firmamento dispuestas a derramar su azufre. Le iba a arder el alma. Aquella tarde, después del paseo, el crepúsculo le ayudó a encontrar un cerezo. Tal vez volviera a sonreír en la penumbra del confesionario el padre Miguel Lezaun.

El fuego del cuerpo lo han templado ahora los recuerdos. Si el Zaberri hubiera sospechado la escena tras el invernadero, todos estarían condenados al infierno para siempre: actores, actrices y espectadores. Aquellos diez minutos que consagraban la santidad de los instintos hubieran requerido treinta horas santas para expiar las culpas de los aspirantes que salpicaban a todo el colegio apostólico. Luis Murillo aborrece sus palpitaciones vanas de aquellos días, su apocamiento. Envidia la soltura de Garrido, la de Cereceda sobre todo, y le produce un tintín de disgusto que Magán tuviera ya novia por entonces a despecho de las monsergas de los frailes sobre la castidad. ¿Qué pensarían los tres cuando les hablaban de la pureza? ¿Acaso el Lobo, que los tenía ya bajo su jurisdicción cuando manoseaban a las chicas, era más tolerante que El Cartujo? ¿Cuando uno es mayor se vuelve más tolerante 

Sí. La tolerancia se llamó para él Mila. Había rebasado los cincuenta. Ella tenía treinta y seis. Separada, sin hijos, libre, recién regresada de América tras despedirse del hospital donde ejercían ella y su exmarido. Se encontraron en los cursos del Arco Iris. Ella acudía a uno de medicina naturista, él al segundo de jardinería. Sólo coincidían durante las comidas, en las charlas de Miyo y en algunos descansos. Hubo algo en la mirada de ella que le intranquilizó las dos últimas noches. Durante la fiesta de despedida, común para todos, hablaron. Allí surgió el flechazo. Vivían muy cerca el uno del otro. Hicieron el viaje de regreso juntos en el autobús de línea. Luis Murillo no le ocultó su condición. Ella lo había adivinado. Muy pronto apareció el nombre de su hermano mayor, Santos, que había estado de joven en aquel convento. La sorpresa de Luis fue mayúscula. ¡La hermana de Santos Estráviz! Nunca le habló de ella. Había nacido tras irse él del noviciado. Del segundo matrimonio de su madre. Mila, recién instalada en la ciudad, acababa de conseguir un empleo en el hospital. Por las tardes trabajaba en la consulta del doctor Carracedo.

–Precisamente es nuestro dentista.

–¡Qué casualidad! ¿Nos veremos pronto entonces?

–Claro que sí. Tengo que hacerme una revisión en cuanto pase el verano.

Luis Murillo no acertaba a situarse. Mila, la hermana de su viejo colega, estaba moviendo algo en su interior. Se alzaba una cortina sutil dando paso a un fuego que iluminaba sentimientos ocultos cada vez más ardientes, más urgentes. Él se esforzaba en identificar aquello como un cariño fraternal. Ella sería la hermana que no había tenido. Un aliento fresco de mujer, sin los dobles lutos de su madre, sin la inseguridad respirada hasta entonces, sin los ojillos del prior sospechándolo todo. La ayudante del odontólogo al que acudía la comunidad le daría un trato especial. A los cincuenta años no se puede descuidar la dentadura. Hay que reparar todas las caries, hacer una periodoncia, instalar los puentes precisos para que la arquitectura mandibular no se desplome.

–En menos de un año quedará todo como nuevo, hermano Luis.

El doctor Carracedo era un artista. Y su ayudante, una aventajada discípula. Nunca había tenido una enfermera tan diligente. Luego vino la fractura del fémur, al caerse del magnolio que estaba arreglando. No se pueden hacer alardes en la cincuentena. Mila aprovechó una sustitución en el hospital para adjudicarse el turno de noche. Allí se confirmó el hechizo. Allí las manos y las bocas alcanzaron sensaciones hasta entonces desconocidas para él; pronto supo que para ambos.

–Con mi marido era horroroso, te lo juro. Un animal, un bruto carnicero que me penetraba como si me tuviera abierta en canal en un quirófano. En terminando su función, se lavaba las manos y se iba. El post-operatorio me lo tragaba yo sola. Así desde el principio. No habíamos ensayado, como ahora hacen los jóvenes.

Llegó el anuncio de Jazmín tras el décimo tercer encuentro. El suelo tembló bajo sus pies y el cielo sobre sus cabezas. Algo había que hacer. Mila inició de inmediato el proceso de divorcio para consumar la separación legal. Necesitaba tramitar los papeles en América y se imponía un viaje. Pidió la baja laboral durante un año. Tiempo suficiente.

El padre Zaberri ha vuelto al altar, esta vez solo. ¿Dónde se ha metido el sacristán? El tontuno del Benino se habrá despistado entre sus fantasías. Sentirá mareos o ganas de vomitar, no va a ser él el único. El prior sale ahora a pelo, con su sotana vieja, sin revestirse de lujos pluviales. ¿Es cierto o se lo imagina? Va a soltar su plática, su sermón, esa retahíla de vulgaridades, de lugares comunes. Pero no. Suena la campanilla señalando la elevación de la Custodia. Nadie la ha tañido; se mueve sola. Ahora le arden las manos, sólo las manos. Al celebrante le arderán también, enfebrecido por tanta magnificencia. El volumen del oro, el peso de Dios. Los lejanos ardores de la sangre le inyectan sueños en los ojos. No fue una lujuria simple, ni un brote frustrado de la libido, como pretendió el sacerdote anónimo con quien confesó su pecado en la parroquia de San Martín. Un anciano presbítero lleno de arrugas, más rijosas las del alma que las del cuerpo. Un cura preconciliar, anterior incluso a Trento. Con su sotana erecta.

–Padre, me acuso de que voy a tener un hijo.

–Eso… no es ningún pecado, hijo mío. ¿Ha sido también voluntad de su mujer?

La manía de llamar hijos a todo el mundo. Y la de ser llamado padre. Lo que llevaba Mila encima era un hijo, lo que llevó su madre en el vientre era un hijo, nada más. A su padre le llamaron padre por algo que no tenía nada que ver con que lo fuese. Y él era padre aunque nadie se lo diría nunca en público; tal vez tampoco en privado. Quizá, algún día, andando el tiempo, escuchara en un susurro de ternura la palabra ¡Papá!

Siente una convulsión. ¡Papá! Imagina a Jazmín ejerciendo felizmente ese derecho verbal. ¡Papá! No puede pasar más tiempo sin contarle la verdad. Lo hablará con Mila. No se puede privar a nadie de esa realidad sustancial: conocer sus orígenes, saber a ciencia cierta cuál es y dónde está la fuente de su vida. ¿Va a desaparecer sin dejar rastro? ¿Quedará en manos de su amada la papeleta de la revelación? ¿Tendrá el valor de dejarla sola? Más que valor, cobardía. Ésta es su oportunidad, el modo de saldar una deuda pendiente, de resarcir con la verdad su pecado… ¿Pecado? ¿Es el amor pecado? ¿Dios nos proporcionó un corazón amoroso y un impulso pasional para que pecásemos? Lorenzo de Nora lo tenía claro: no hay pecado salvo que uno haga un mal directo y a conciencia. El pecado no es haber engendrado a Jazmín, sino negarle ese conocimiento. Pecó el padre Mario al mantenerle en la ignorancia. No hará él lo mismo. Si quiere y respeta a su hija, le debe una confesión. Ya tiene trece años, ya puede entenderlo. Y podrá abrazarla justificadamente. Y podrán llorar de emoción los tres juntos. Lo hablará con Mila. 

El párroco de San Martín espera una respuesta. Le ha preguntado si el embarazo ha sido también voluntad de su mujer. Siente un gran apuro, pero debe contestar.

–Es que… no tengo mujer.

–¿Entonces?

–Mire, padre, es que no estoy casado.

Padre, una fórmula, la réplica debida a quien te llama hijo. En ese orden. ¿El huevo o la gallina?

–Los curas se atribuyen competencias que no les corresponden –afirmaba Santos Estráviz con mucha contundencia–. Voy a dinamitar el invento desde dentro –añadía apretando las mandíbulas.

Javier Alzueta le dejaba decir y hacer durante los meses que aguantó en el noviciado. Se divertía con sus macanas. Pero el barrigón del Gurmendi no lo toleraba. Lo enfiló desde el principio y lo expulsó en cuanto pudo. Luis Murillo sintió mucho su marcha. Le dejaba en cierto modo huérfano de hermano. Ahora estaba seguro de que, para Santos, ni él ni Mila habían cometido pecado alguno. Cuando se enterara, les daría un abrazo a los dos. Aún no sabía si estaba al corriente. Pudiera ser, porque el astuto periodista lo sabía todo. En tal caso, el silencio abonaba la idea de la tolerancia. Su fallido hermano hubiera hecho buenas migas con Lorenzo de Nora si se hubieran tratado. Aunque discreparan en algunas cosas.

–Bueno, hijo, bueno, ¿y cómo ha sido?

–Pues mire, no sé muy bien…

–¿Lo ha hecho con su novia? ¿La ha preñado? ¿Cuándo fue? ¿Cuánto tiempo de compromiso llevaban? ¿Cuántas veces cohabitó con ella? ¿Qué edad tiene? ¿Lo saben sus padres? ¿Los de ella?

–No es mi novia.

–¿Y tampoco va a serlo ahora? Tiene usted que arreglarlo inmediatamente. Dios Nuestro Señor le perdonará si yo le perdono y usted se arrepiente de su pecado. Ella debe también confesarse. Después, para remediar en parte, en muy pequeña parte su culpa, tendrán que casarse. Lo antes posible, antes de que se note el embarazo. Hay que evitar el escándalo dentro del pueblo de Dios. Si no son novios formales, háganse cuanto antes.

–Es que no puedo tener novia.

–¿Por qué no?  Usted puede tener novia como todo el mundo. Y casarse cuanto antes. Sería una manera de reparar en parte el pecado cometido, ya se lo he dicho. Que la criatura nazca dentro de la ley de Dios.

–No, yo no puedo… tengo voto de castidad… soy religioso.

–¡Hijo mío! ¡¡Pero hijo mío!!

Su madre no lo hubiera dicho mejor al enterarse del crimen más abominable que pudiera cometer aquel pobre hijo, salvo el de ser padre. Luis Murillo temió la excomunión. Las palabras del cura levantaban vientos de anatema. Aún se estremece al recordarlo. Le temblaba hasta la eternidad del alma.

–Mire, hermano, eso es gravísimo. No puedo continuar escuchándole. Le ordeno que pida audiencia a monseñor. Peligra la salvación de su alma.

Hermano. Ahora hermano. A un hermano no se le perdona lo que a un hijo. Se puede fusilar a un hermano. En la guerra se habían dado casos. En el fondo, todos los fusilados eran hermanos de los fusiladores. Los curas afirman que todos los humanos, sin distinción de razas ni condición, somos hijos de Dios, por lo tanto hermanos.

–Todos somos hijos de Dios y hermanos en Cristo –repetía Senaquerib en las clases de historia sagrada.

–Le ordeno que pida audiencia a monseñor –le dijo secamente el cura de San Martín.

Monseñor, el obispo. Si fuera arzobispo, mejor. ¿Cómo lo iba a hacer? Tendría que pedir permiso al prior para solicitar audiencia a monseñor. Tendría que explicarse con el Zaberri. Aquella confesión interrupta no tuvo continuación. El hermano Murillo no cumplió la orden, aunque lo había intentado. Condenado por su hermano sacerdote al paredón del palacio episcopal, prefirió el vinagre de su conciencia a las balas de monseñor.

Lo había intentado en vano. Una tarde tomó el urbano, llegó a la ciudad y, sin permiso previo, se dirigió a la plazoleta donde se levanta el palacio episcopal. Aprovechó una salida convenida de antemano y aprobada por el prior para encargar en la ferretería las herramientas que necesitaba. Arrinconado en una esquina, frente al palacete neoclásico, tembló. Llamaría a la puerta y pediría hablar con el señor obispo. Tendría que explicarse, dar razones para la audiencia solicitada, justificar la urgencia. Temblaba. Su mirada correteaba por el espacio intermedio en espasmos de ida y vuelta. Llevaba allí más de una hora, quieto, cuando le pareció que la tarde oscurecía. Se levantó un vendaval y observó que una figura triste, en todo semejante a él, circulaba por la plazoleta a velocidad constante con los brazos extendidos. En todo semejante a él, pero revestida de un sayo penitencial. Al pasar junto a la puerta del palacio se detenía, giraba todo el cuerpo y se inclinaba reverente. Luego proseguía la carrera repitiendo la inclinación al completar otra vuelta. Curiosamente no cruzaba nunca frente a él, aunque la trayectoria era perfecta y circular. El paso de tres viandantes interrumpió la visión. El sol brillaba con fuerza y el viento se había calmado. Su respiración seguía siendo afanosa.

Ahora sí está el sacristán haciendo la corte al celebrante. Han vuelto los dos al presbiterio sin pasar a su lado, como venidos de los comienzos de la Historia. En medio de las vaharadas de incienso que ha organizado el Benino con sus giros frenéticos, Luis Murillo siente que su culpa se desintegra. Sigue estando en pecado catorce años después. Busca unos ojos en la Custodia. Se acercó a la iglesia de San Martín para pedir perdón a Dios y Dios no le contestó. Ahora busca unos ojos, aunque no sean misericordiosos, sin encontrar nada. A través de un claro en el nubarrón le llega la terrible mirada del oficiante, con un ojo en la Custodia y el otro furibundo en él.


                                                   17.   EL SALÓN

No está Saturio Antón. Don Artemio el joven mira atravesadamente hacia el pupitre solitario como gritando ¡Ay, Dios mío! El pupitre está situado junto a la ventana, con la luz entrando por la izquierda, en sentido inverso a lo que pediría el respeto al señor director. Saturio Antón no ha acudido al tiempo de reflexión comunitario. Nuevamente su pupitre está vacío. Tampoco está Artemio de Ocio con su filosofía delirante colgándole de la mirada, con la caída burlesca de su labio inferior, con ese apoyo matizado a cualquier transgresión inteligente.

–¡Situs inversus! –gritó cuando descubrió el cambio de posición de aquel pupitre, echando sus lacios cabellos al otro lado de la calva y colocando su palma abierta sobre el pectoral derecho mientras tendía el otro brazo hacia el removido mueble señalándolo jocosamente con un giro de la muñeca repetitivo y quedón.

El día en que el heterodoxo contravino las formas de distribución mobiliaria del Peque, hacía sol y todos los frailes estaban ausentes del salón de la comunidad. Luis Murillo fue el encargado de trasladar el pupitre junto al ventanal en el momento de los trabajos matinales, interrumpiendo la limpieza de la habitación del músico.

–Ven y sígueme –le había dicho don Saturio con grave empaque evangélico.

Tras el paréntesis de la siesta y el reclamo de la campana, han acudido al salón todos los frailes. El hermano Luis lo recorre con la mirada y se pregunta en quién podrá confiar. Desearía no equivocar la elección. A sus casi sesenta y cinco años tiene ya instalada la desconfianza en medio del entrecejo. Lo primero que debe averiguar es lo que saben los demás sobre el asunto, sobre todo el padre Zaberri. Quizá no sepan nada. Tal vez su madre lo confesó a un sacerdote confiando en que nunca lo revelaría. Pero él tenía que saberlo. Por eso le escribió una carta. Hay cosas que una madre sólo puede contar a través de una rejilla, no cara a cara, y como último remedio a través del papel: una confesión por escrito.

¿Y si le hubiera dejado vivir con sus antiguas creencias? Inútil. Siempre supo que había algún misterio en los ojos de su madre. Aquella frase cazada al vuelo el día de los fieles difuntos anidaba desde los ocho años en su memoria.

–Hay que hacerlo como si fuera cierto –dijo su padrastro con un tono que desenmascaraba el simulacro.

Rufino Alonso se avino al homenaje ficticio durante nueve más, pero también las manos de un hombre bueno tiemblan cuando llevan mentiras en forma de flores. Aquel año cayeron al barro antes de que se divisaran los cipreses del camposanto. Llegaron doblemente sucias al pie de la fosa impostora para no diferenciarse del recuerdo. Fue un día turbio que Luisito Murillo guardó para siempre enlodazado en su memoria.

Si estuviera entre los frailes Saturio Antón, le confesaría su secreto. A pesar del fiasco en literatura, a pesar de la falsa acusación de haber copiado. No le guarda rencor, y nada mejor para demostrárselo que entregarle las cuitas más hondas de su alma. Ahora tendrá ochenta y tantos. Hace muchos años que voló. Aún lo puede encontrar. Tal vez a través de Golvano, aunque hubiera sido más rápido recurrir a Santos. Pero el periodista está husmeando la presa. No, por medio de Santos no. Lo intentará a través de Golvano. Incluso el mismo Alberto serviría para…

También hubiera confiado en don Artemio el viejo-Don Quijote-La Moña, pero ya entonces tenía más de cien años, quizá doscientos. Había vivido la guerra, varias guerras, la de África, la de Cuba, incluso la guerra de la Independencia, y no podía durar tanto, aunque quién sabe con aquellas manías de apenas comer y nunca defecar que comentaba con don Eusebio Beltrán por la Alameda.

–¿Sabes si aún vive La Moña? –le preguntó a Santos Estráviz en una ocasión.

–Seguramente. Algo habrá hecho, porque no era carne de estercolero. Andará por ahí.

–Sabes que se fue del convento tres o cuatro años después de ti, lo sabes, ¿verdad?

–No lo sabía, pero no me extraña. Aquí ya le hubieran enterrado.

El prior quiere enterrarle a él, a don Saturio Antón que no viene a compartir con el resto de los frailes el tiempo de calma en la sala de la comunidad a pesar de haberse puesto el pupitre como le ha dado la gana, a don Artemio de Ocio que prefiere tocar el violín a esas horas, a don Eusebio Beltrán por hablar de sus congojas, a don Armando Velázquez por cojear, a don Valentín Diago por el estruendo de sus muletas, a don Juan Vigil por meter mano a los apostólicos… Al que enterraría después de estrangularle con sus propias manos, o viceversa, es decir estrangularía con sus propias manos después de enterrarle, es a Santos Estráviz. Por descreído, por blasfemo, por nihilista, otra vez por descreído, por periodista, por zumbón, por periodista de nuevo.

–Algunos periodistas son unos estúpidos engreídos que no saben dejar a la gente en paz. Todo lo revuelven, todo lo trastornan, lo quieren averiguar todo. Las cosas hay que dejarlas como están, transigir, perdonar. Si los religiosos cometemos errores es por ignorancia, no por malicia.

Echa el Zaberri hierro por los ojos. Hierro furioso. Echa por las comisuras anuncios de babas blanquecinas. Mira al hermano Benigno reprochándole su rostro tontuno. Hicieron bien en negarle los estudios. Fraile de a pie, hermano lego y punto. Como mucho, sacristán.

Quienes tienen la luz por la derecha miran con nostalgia el rincón que ocupó el mítico pupitre de don Saturio Antón, otro réprobo siervo de Satán. Luis Murillo observa las orejas coléricas del Zaberri que intentan detectar síntomas de disconformidad. Sus ojos perrunos olfatean presa. Lo de los periodistas le trae a malas.

–¿¡Quién informa a esos mentecatos de lo que ocurre dentro de los conventos!? –brama en los minutos de las comidas en que permite conversación.

 Santos Estráviz y otros colegas llevan años dando voces contra el fariseísmo de los curas y repitiendo consignas contra los sepulcros blanqueados. Defienden un retorno a la esencia del Evangelio, abogan por la teología de la liberación y sueltan otras monsergas del mismo estilo. Con eso dan cancha a los descreídos, a los nihilistas, a los ateos. El Zaberri y los responsables de otras congregaciones están que trinan cuando lo comentan en sus reuniones.

–Mira, Luis, los nihilistas somos simplemente inteligentes. Hemos llegado a la misma conclusión a la que llegarán todos los mortales, sólo que antes. Desde ahora sabemos que no hay más allá, que todo se cuece aquí. Pero algunos, como yo, estimamos que para poder convivir hay que tener unas normas, unos principios. A los creyentes, sin embargo, los entiendo muy bien. Estoy con ellos en parte. Si son sinceros, viven con mayor consuelo. Aunque yo pueda prescindir de la fe, hay gente que no puede. Porque en general no abandona uno la fe, sino que es ella quien te abandona. Yo he dejado que la vida me conduzca y sigo respetando a quienes creen en Dios. Puede ser simplemente una tabla de salvación frente al vacío de la mente y a las preguntas sin respuesta racional, pero cada cual ha de ser coherente con su capacidad de soledad. Evidentemente, no estoy de acuerdo con la Iglesia, tal como la tienen montada. Ahora bien, la estructura es útil. Lo mismo que las demás religiones. Algún freno necesitamos las bestias humanas. En nuestra cultura, las pautas del Evangelio son las mejores. Pero no hubiera que haberlas impuesto por la fuerza en otros lugares. Cada pueblo y cada época tienen sus razones morales, ni mejores ni peores que las nuestras, aunque algunas veces nos parezcan atroces. En cualquier caso se puede dialogar, razonar, convenir. Todos los humanos tienen inteligencia y sentimientos, al menos globalmente. Está claro que algunos individuos no.

Santos Estráviz no ha visto el brillo de la Custodia desde hace años. No le ha mirado el ojo blanco de Dios ni le han tocado sus brazos invisibles, pero respeta a los que creen sinceramente. Misterios de la existencia. Y porque los respeta, repudia a los representantes oficiales de la divinidad. Hay gente sencilla, honesta, que confía en Dios y en su bondad, aunque ésta no le haya señalado con su dedo. Senaquerib pretendía haber sentido en sus carnes la llaga del amor divino en forma de fuego. ¿Le estará tocando ahora a él, durante esta interminable hora santa, alguna llama sobrenatural capaz de crear a Dios de la nada o de hacer que ésta sea el único destino de Dios? Lo comentaría con Lorenzo de Nora, como ocurrió aquel año, en cuanto regresó de Roma. ¿Qué había ido a hacer allí en pleno verano? Un religioso ateo no tiene mucho sentido en el epicentro de la fe. Salvo que todavía confiara alguien en recuperarlo. Su prestigio anterior seguía dándole créditos. Aunque sus ideas eran claras.

–Nosotros, quienes reflexionamos e investigamos honestamente, somos los pioneros de una ciencia en la que todos los humanos se doctoran, quieran o no, cuando mueren. Ahí acaba la cosa. El cuerpo se va a la tumba y lo demás vuelve al pozo espiral de donde salió. Llámalo Dios o cosmos, qué más da. Cuando se produce la conjunción bioquímica que da lugar a una nueva vida, se ponen en marcha los procesos de apropiación en todos los niveles. El nuevo ser se consolida con factores hereditarios y elementos ambientales. Lo mismo que tira de teta o biberón, tira de gestos, de actitudes, de palabras, de ideas. Somos un simple resultado. Si hubiéramos nacido tres mil kilómetros al sur, nuestras condiciones y convicciones serían distintas. Somos un resultado destinado a desaparecer para dar paso a otros resultantes del mismo o parecido signo. Igual que los manzanos o las abubillas. El empeño de las religiones por la trascendencia individual es ignorancia o coartada. Les interesa explicar el principio y el final de la vida para tranquilizar la inquieta mente humana. Y para dominarla. 

Santos Estráviz vuelve a pedir la palabra en medio del incendio de su mente. Una marejada de ideas está a punto de sumergir a Luis Murillo en la confusión definitiva. Todo oscila a su alrededor. Uno de los dos oídos le hierve. No sabe cuál. Antes era el otro. Tampoco acertaría a señalarlo. Tal vez le está ardiendo la parte más misteriosa del cerebro y sólo escucha el crepitar de los oídos. A Santos le repica mucho el tema de la vida, de su transmisión. Vuelve sobre él a la menor oportunidad. ¿Sabrá lo suyo con Mila? Y esa forma de mirar a Jazmín, como intentando buscarle los parecidos… ¿Habrá sido capaz de leer también en los ojos ingenuos de su sobrina? Una muchacha inocente lleva grabados en la retina conocimientos que no posee su mente.

–Me sublevo ante muchas cosas, sobre todo ante la tortura mental que imponen algunas religiones a sus más fervientes adeptos en temas que atañen al cuerpo. Ese machacar con la castidad, con el sexo como elemento pecaminoso. En lugar de santificarlo, como hace el tantrismo o de darle cauce natural, lo pervierten y desgracian a las víctimas. O las absurdas teorías sobre el ayuno, cuando la alimentación bien orientada es una actividad sagrada que favorece la salud del espíritu. Pero no, hay que machacar todo lo que sea placentero. El freno a la procreación que imponen algunas confesiones a sus ministros, por ejemplo la católica, es un atentado contra la especie. Ya se encarga la naturaleza de determinar qué sujetos son estériles. Entre los granos de trigo hay algunos infecundos. Pero no le deciden ellos, no son tan insolentes.

–Bueno, sobre el ayuno yo te diría…

–Sí, ya sé, es un método de limpieza, de higiene corporal. Me refiero a los abusos, a la penitencia sin sentido.

–¿Y tú crees que procrear es una obligación para todos los seres vivos?

–Sí, una obligación colectiva, una ley profunda. Hasta la Biblia pone en boca de Dios lo de Creced y multiplicaos. ¿A qué viene tanta pamema de curas y monjas contraviniendo un principio tan esencial? ¿Sus normas, sus reglas, sus constituciones? Las leyes se ordenan por jerarquías.

–Es una opción individual.

–Claro, pero obligatoria. No puedes ejercer el ministerio sacerdotal si estás casado. Y menos el episcopal. Qué disparate. Ni dedicarte a una vida espiritual intensa en una institución eclesiástica. Claro, el matrimonio es para la clase de tropa,  ya lo dijo hace tiempo un iluminado de pacotilla.

Un respiro endulza la conciencia de Luis Murillo entre los hilos tensos de su mirada. Su mente vaga entre conversaciones y comentarios locos; la memoria recorre inquietudes, temores, nostalgias, deseos. El padre Zaberri ha dado seis o siete bendiciones con la Custodia; unas, vestido de gala, otras, con la sotana a secas. Lo observa crecer y disminuir de tamaño al compás de sus latidos febriles. Su imaginación desbocada le permite verlo desnudo, sin ropa de ninguna clase, humillando su piel raída ante el Señor. Senaquerib se ríe con carcajadas de saña, flotando encima de él. No, es un mal pensamiento, una visión diabólica. Un prior no puede estar desnudo nunca, ni en su retrete privado, ni cuando se bañe, si alguna vez se ha bañado entero tan pestilente rata. Perdón, Señor, Pater noster qui est in caelis… estoy desbarrando, he perdido el control, no sé qué me ocurre, debe de ser mi castigo por el pecado permanente, por el sacrilegio que arrastro desde hace casi tres lustros. Le voy a poner remedio, sí, le voy a poner remedio pronto.

El padre Zaberri ha dado una bendición nueva con la Custodia, no seis o siete. Alucinaciones de la mente perturbada que bambolea las percepciones del hermano Murillo. El prior está revestido con los signos de Dios. Ha recorrido con su mirada las bóvedas del templo como solicitando la llegada del Paráclito. Luego se ha quedado tranquilo, senta do en el centro del presbiterio. El hermano Benigno también está sentado en un extremo, quieto. El incensario cuelga de un gancho al otro extremo y apenas emite un hilillo de humo. La sombra de Senaquerib se ha desvanecido. No quedan efluvios de los que impregnaban las bóvedas del templo en aquellos años de infeliz ignorancia procedentes de la voz angelical de José Villar.

                                                   Credo in unum Deum

                                                   pater onmipotentem

                                                   factorem caeli et terrae

                                                   visibilium omnium

                                                   et invisibilium.

La calma ha durado poco. También el canto gregoriano lo revienta el oficiante. Ha entonado el Credo con su voz acartonada, espesa de humo y mala leche. Credo in unum Deum.

Parece que se va recuperando. Lentamente se va recuperando. ¿En qué cree realmente él? Camino de la vejez no puede uno seguir engañándose. Ya es tarde para casi todo, porque nadie va a durar los dos o tres siglos de don Artemio el viejo, ni el fantasma de don Valentín es una realidad permanente. Le queda al menos la dignidad de no vivir engañado. Ejercerá esa dignidad tras más de medio siglo manteniendo el compromiso secreto de no defraudar a su madre, de no abandonar la Congregación bajo ningún concepto. Un tributo soportable aunque tuviera que sortear los furores de la carne y las embestidas del demonio meridiano. Santos quizá no lo sepa, no debería saberlo aunque se halle tan próximo al asunto, pero él ha cumplido la ley primigenia. Jazmín es su triunfo. Confesó su pecado a Dios en el secreto de su vergüenza y Dios le perdonó, aunque el cura de San Martín lo enviara a monseñor. Un relámpago de duda le abofeteó tras la muerte de su madre, hace apenas dos meses. Pero fue un simple instante. Tenía previsto el trance y tomada la decisión de permanecer allí. A sus años debía asegurar el futuro porque las tripas piden cada día su tributo, porque fuera hace un frío desolador, porque los dormitorios de los asilos hieden a vejestorios malolientes y porque vale más enemigo conocido que amigo por conocer. La opción lejana e imposible se llamaba Mila. No tenía ningún derecho a ella. ¿Fue eso o una cobardía inconfesa? Hubiera podido dejarlo todo, renunciar a su menesterosa comodidad, sacar pecho frente al mundo… Pero no, estaba su madre, no lo hubiera entendido, no se lo hubiera perdonado nunca, al menos entonces. No sabía de ella lo que sabe ahora. ¿Cómo hubieran sido sus vidas, la de ella y la de él, si el padre Mario lo hubiera dejado todo por el amor de una mujer, el cariño de un hijo y la responsabilidad hacia ambos? ¿Hubiera muerto fusilado con apariencia de mártir? Qué fraude más tremendo, qué desolación.

La mirada bobalicona del Benino le enerva. Eligió convivir con él. Tendrá que seguir haciéndolo. Y sustituyéndole. Aunque estudió algo, hace funciones de fámulo. Los otros frailes de la comunidad son don o padre. Los que se dedican a la docencia sin cantar misa son don, los sacerdotes, padre. Ellos simplemente hermanos. El hermano Luis, el hermano Benigno. En los tiempos anteriores, los hermanos dedicados a labores menestrales eran también don: don Eusebio, con los ganados en Urkiz, don Armando en la sastrería, don José en la carpintería, don Avelino en la enfermería. Ellos no.

Aquí en la sala de la comunidad lo tiene casi enfrente, no detrás, como en la iglesia. Cuando lo suple en la sacristía, acaba con el estómago avinagrado de tanto esputo como hay por los rincones. El aliento fétido que le llega cuando está en el banco posterior, arrastra cualquier indulgencia residual que pudieran contener las preces mecánicas que ambos comparten. A veces parece tranquilo situado a la derecha del altar mientras asiste al oficiante. Si empezara a carraspear, hasta el Santísimo Sacramento huiría horrorizado inventándose unos pies.  Lo mismo que ocurre en el Salón de la comunidad. De vez en cuando hay carraspeos discretos para frenar la tortura descomunal de los suyos.

–¿Qué lee usted, hermano Luis?

–La ‘Teología de la Caridad’, del padre Royo Marín –responde el fraile lego volviendo de sus ensoñaciones.

–¿Aún no ha terminado con el libro? Lleva más de diez años con él, según creo –comenta el prior con los ojos aviborados.

–No, no lo he terminado. Es muy largo y de letra menuda. Y me cuesta mucho leer sin gafas.

–Pues póngaselas.

–Se me han quedado viejas, no me sirven.

–Vaya, hombre, quiere usted ir a la moda.

–No, sólo cambiarme la graduación.

Vuelve el hermano Murillo a la ‘Teología de la Caridad’. El padre Zaberri está de espaldas, como un cliché negativo. Una sonrisa amarga se dibuja en el rostro del fámulo.

 

                                        18.  LOS DESERTORES

–Todos conocen a Manuel Grisalén, ¿verdad? En esta clase ha estado durante los tres últimos meses, aquí ha estudiado con ustedes, a la capilla acudía con todos, lo han visto en el recreo y en los paseos, ¿verdad? Pues bien, atiendan, porque ha sucedido algo muy grave.

Una oleada de pánico sobrevuela las cabezas de los apostólicos. Don Federico Lasa, el Chivo, El Abuelo, con su barbita blanca, con su boina negra sin capar que lleva puesta siempre, incluso en la iglesia –se dice que por concesión papal–, acaba de anunciarles el desastre.

–Escuchen con atención lo que les voy a decir y no lo olviden nunca.

Los ojos del Abuelo, normalmente serenos, son como incendios antes de arder. Las mandíbulas prietas, las ojeras rayadas, el cuello girando tenso y al acecho. No habría más silencio si la clase estuviera vacía, todo el colegio apostólico vacío, el mundo entero vacío. Treinta pares de ojos ejecutan la más perfecta sinfonía de silencio que ningún músico haya podido componer.

–Manuel Grisalén, que era compañero suyo hasta ayer, que parecía tan buen chico, que comulgaba todas las mañanas… ¡acaba de sacar el billete para el infierno!

La oleada de pánico se desploma sobre las cabezas de los aspirantes a fraile. El silencio es ahora símbolo perfecto del terror. Grisalén, Manolo, un chico normal, simpático, buen compañero, víctima de las ferocidades de Magán como casi todos los que intentan jugar al fútbol.

–Magán le ha cascado los huevos a Grisalén, jajajá –cacareaba Cereceda en el recreo siguiente–. Miradlo allá sentado. Se los ha escachuflado. El verano que viene se le reirán todas las novias que tenga.

Ahora están todos contritos y en silencio. El Abuelo pasea entre las filas de pupitres con aliento delator. Está husmeando despacio por si detecta algún otro miasma sospechoso entre los apostólicos, alguien que esté cavilando sacar otro billete infernal con cualquier disculpa; tiene que evitarlo, tiene que mantener a aquellos infelices en el sendero del bien y de la salvación eterna que les proporcionará con seguridad su perseverancia en la vocación.

Nadie supo jamás si el primer desertor de aquel primer curso fue devuelto a su casa por culpa de la novia. ¿Le pillarían alguna carta comprometedora? El prefecto les leía todas las cartas, las de entrada y las de salida. ¿Qué malicia puede esconder una carta amorosa a los once años? ¿Hubo quizá otra razón? Se dijo más tarde que don Juan Vigil, El Individuo, le metía mano, que los pilló El Cartujo pecando contra la santa pureza y que fue preciso deshacerse del apostólico para no complicar al fraile sudoroso. Ese fue el rumor.

La santa pureza. Grisalén pecando contra la santa pureza con don Juan Vigil. El Cartujo indultando al fraile, no al apostólico. ¿Un niño es impuro por naturaleza? ¿Un corruptor? El Individuo había pecado contra la pureza más tarde con varios compañeros, con Ibáñez por ejemplo, Luis Murillo lo sabía, había pecado con él mismo, sin su consentimiento, él no era un corruptor como Grisalén, pero no les habían pillado. El suyo con El Individuo era un pecado pequeño, un pecado venial, porque apretar las nalgas era un pecado venial y dejárselas apretar otro venial también, dos pecados juntos o un pecado doble en realidad, a saber qué diría de ello el padre Royo Marín en su catecismo moral. Seguramente poca cosa. Porque su pecado terrible, su pecado absoluto contra la pureza fue con Mila. Un pecado tan extraordinario que ni siquiera se le habría ocurrido pensarlo al famoso dominico. Tal vez por eso no lo podía perdonar el párroco de San Martín, porque no lo alcanzaba a comprender. Tal vez por eso le envió al señor obispo, porque un obispo sabe más que un párroco, aunque seguramente no tanto como un padre dominico. La pureza. ¿Qué era la pureza? ¿No quiso delicadamente a Mila? ¿No la trató con dulzura? ¿Unir dos cuerpos en ley natural es impuro? ¿Sus votos con los frailes eran más fuertes que sus votos con la naturaleza? ¿Qué pensará ese Dios que contempla su dolor y su perplejidad desde el ojo blanco de la custodia? Si es que Dios tiene capacidad de pensar, cosa que negaban Santos Estráviz por intuición y seguramente don Saturio Antón por convencimiento.

También Lorenzo de Nora pensaba eso, aunque no lo manifestaba claramente. Lo suyo era más bien agnosticismo. Sobre lo que sí tenía las ideas claras era sobre asuntos como el sexo. Pensaba que la mayoría de los frailes no tenían un concepto definido de su voto de castidad. Le daban excesiva importancia, se aferraban a él como un tótem imposible de abarcar. Les habían inoculado el precepto sin un proceso de reflexión suficiente y carecían en general de un conocimiento directo del tema.

–Yo sí he tenido novia, hermano Luis, corrí un poco el mundo en mi juventud y sé de qué va el sexo muy de cerca. No voy a entrar en detalles, no son necesarios. Lo que sí he visto en nuestra Congregación, y también en otras, es que los frailes se obsesionan con el tema a determinada edad, y eso les desasosiega hasta extremos patológicos.

Seguía hablando en voz baja, como si sus pensamientos pudieran herir los oídos del fraile amigo. Luis Murillo escuchaba sin pestañear. Quería alguna luz para su propia controversia íntima, sin decidirse a confesarle su experiencia amatoria con Mila y las consecuencias habidas. Estaba enfermo, tenso y con una gran depresión al mismo tiempo.

–Cuando se reprime de modo absoluto la libido, sobre todo en la etapa adolescente, surge inconscientemente una valoración excesiva del sexo que perjudica muchísimo a los afectados en la edad adulta. Dan al tema mucha más importancia de la que tiene y desenfocan su vida a consecuencia de ello. O se  refugian en una autosatisfacción decepcionante, o estallan por el camino de la pederastia o de la homosexualidad, o abandonan en busca de sexo femenino a toda costa. También ocurre entre los casados que sufrieron una educación  excesivamente represiva en su adolescencia. Gente que deserta de su camino, que vive de forma desequilibrada sus emociones y sus afectos. Hay muchos casos dentro y fuera de los conventos.

Luis Murillo seguía escuchando sin intervenir. Daba vueltas y vueltas a su caso. Terminaría por confiarse a él. Su hermano en religión era un hombre sabio. Había estudiado y vivido mucho. Había vivido también antes de ser fraile. Quizá eso consolidaba su vocación, su camino personal, a pesar de las asechanzas del ambiente. No iba a desertar. Tampoco él lo haría. No se atrevió cuando fue el momento.

No hubo más deserciones aquel curso hasta el verano. El Chivo seguía ennegreciendo con su boina sin capar todos los firmamentos del mundo. Nadie más quería ser facturado directamente a las calderas de Satán por aquel vejestorio que el padre reclutador de su época debía haber fichado en alguna fragua. Ya no temblaron con espanto las cales recientes del aula, ni la pizarra negra como el infierno para el que había sacado billete Grisalén. Pero el demonio siguió haciendo su trabajo y consiguió que hubiera más apostólicos expulsados los siguientes años, aunque en lugar de las voces cavernosas del Chivo provocaran las lágrimas impotentes del Malayo.

Antes de comenzar la hora santa ha pasado casualmente Luis Murillo por el aula de entonces, ahora convertida en sala de televisión para la comunidad. Aún tiembla por las paredes la voz iracunda del Chivo, del Abuelo, don Federico Lasa. Su mirada oculta traspasa los muros cuando el aula está en silencio y una desazón de misterios inunda los pasillos próximos. Nunca le ha gustado al fámulo limpiar aquella parte de la casa.

–Después de barrerlo todo bien, disponga las sillas en orden y coloque tres de ellas detrás de las mesas –le ordena don Moisés Serrano, el administrador del colegio. Antes, cuando aún era un apostólico, se llamaba ecónomo. Él ha seguido llamándolo así. Don Moisés puede tener también la edad de don Artemio el viejo. Su cuerpo de piel grisácea puede estar ya disfrutando de la eternidad.

–¿Dónde pongo la presidencia? –pregunta Luis Murillo.

–Aquí. El padre Emilio hablará en el centro antes de sentarse, así que ponga en este lado las mesas.

Lo barrerá todo bien, pero es demasiada basura. La maldición del Abuelo impregna todavía los muros del aula. Para complicar la situación, asoma por la puerta el morrillo del Benino como queriendo ayudar. Luis Murillo prefiere la chamusquina de los demonios que se llevaron a Grisalén antes que el aliento pestilente del otro fámulo.

–Me sirvo bien yo solo para barrer y ordenar el aula, hermano. Puede irse. Muchas gracias.

¿Hermano? Lo llamó aquel día hermano. ¿La costumbre, la regla? ¿O tal vez porque el recientemente nombrado Superior General, cuya atención que a veces parecía cariño, se iba a Roma y todo se reblandecía en su alma como una nostalgia sin desempolvar? Pero no, no era su hermano. Ahora lo sabe. No es hijo del padre Mario. No hay fraternidad sin peleas, sin alborotos, sin risas compartidas, sin migas esparcidas, sin secretos comunicados, sin complicidades. Con el Benino sólo hubo y hay distancias. No tantas, sin embargo, como él desearía, por ejemplo en la iglesia.

¿Por qué el Benino no se convertirá en desertor? A pesar de sus sesenta y tantos años. Para gente tonta y boba siempre hay sitio en alguna sacristía. Aunque resultaría una deserción a medias, en claroscuro, no como la de Saturio Antón o la de Artemio de Ocio, que fueron clamorosas. Ni siquiera como la de Alberto Golvano o la de Vicente Gorbea, Matusalén. Gorbea desbancó a Senaquerib del protagonismo bíblico. Con su tremenda calva y sus ojillos diablunos reunidos sobre la nariz, se convirtió en el prototipo de la deserción científica.

–Las formas sinuosas de las órbitas paráclitas conducen a la formulación de una ley hipercéntrica: la masa craneoencefálica del padre Constantino, dividida por el círculo de la coronilla y multiplicada por el diámetro de sus orejas desplegadas, da como resultado un caos geométrico cuyo principal exponente son esos esbozos de cuerno único dispuesto a brotarle por detrás de la frente.

El hermano Vicente ensañaba su labia contra cualquier contrincante. Había hecho estudios superiores y se sentía completo uniendo el sarcasmo con la chanza. Su calva crecía más que la de sus competidores. A los dieciocho años, ya profeso, y hasta los treinta y dos en que desertó, llenó de risas hirientes las aulas de su discencia y su docencia. Su calva crecía y crecía hasta alcanzarle la cintura y las partes bajas del vientre. Sólo era visible lo que sobresalía del cuello, pero los íntimos de Matu sabían que la tragedia continuaba detrás del horizonte. Con aquella lacra definitiva no podía sino desertar. La depilación total del pubis no era entonces todavía un atributo masculino. La virilidad necesita su imagen.

–Un religioso ha de ser persona de mucha salud para poder afrontar las penalidades de una vida sacrificada y penitente –declaraba periódicamente El Cartujo como prólogo a su campaña de difusión de las cadenillas.

Leturiaga también desertó, a pesar de su musculatura y de su afición al cilicio. Menudo pinta el Leturiaga. Santos Estráviz le ha seguido la pista en la capital. Dedicado ahora a los negocios, no perdona cliente, y mucho menos clienta. Con mucho esmero conduce a las jóvenes hacia su trasdespacho decorado con cadenillas doradas en las paredes y un látigo negro retozando en el jergón. Desertaron igualmente Cereceda, Garrido, Durán y Magán, cada cual con sus razones y frustraciones. Magán lo hizo a los pocos días de ingresar en el noviciado pretextando que allí no había campo de fútbol. Cereceda y Garrido lo hicieron antes de que les llegara el turno porque sabían que allí dentro no entraban las chavalas al jardín ni siquiera con el más peregrino empeño. Durán aguantó más, no mucho. Con su carita de bueno no dio síntomas alarmantes del trajín que se traía dentro, ni motivo alguno para que el padre Gurmendi lo fichara. Pero sus movidas le fueron conocidas luego a Luis Murillo. Durante un tiempo mantuvieron buena relación. El paso de los días fue disolviendo los afectos.

En la reunión convocada por el padre Emilio, antes de partir definitivamente para Roma, estuvieron presentes todos los miembros de la comunidad. Entonces eran más de treinta. El revitalizador de la Congregación se despedía así de cada uno de los centros fundados por él. Luis Murillo tenía entonces dieciocho años. Acababa de llegar del noviciado, donde estuvo otro curso completo, tras su primera profesión, ejercitándose en los oficios de la jardinería y en varias artes manuales. Dos años de enclaustramiento severo, oculto a los ojos de cualquier sospecha. De vuelta al colegio apostólico, se le nombró ayudante de don Moisés, el ecónomo, y pronto se encargó también de los jardines y del invernadero porque don Patricio era ya muy mayor. El padre Gurmendi le había trabajado a fondo durante los años que pasó bajo su dominio. Salió convencido de que la humildad era la principal virtud de un religioso y de que él era un torpe. Eso le impidió protestar por la interrupción de los estudios. Todos sus compañeros de clase, excepto el Benino, los continuaron en otro centro de la Congregación después de hacer los votos.

El padre Emilio habla y habla, pero no fija en él la mirada ni una sola vez. Luis Murillo sospecha que ya no es su protegido porque se ha hecho mayor. Le nace como un vacío íntimo, la sensación de haber perdido todos los puntos de apoyo. El desconcierto le lleva a pensar en su madre, a la que ha vuelto a ver hace dos semanas, tras más de un año de ausencia. La señora Benedicta es una viuda aún joven con el rostro envejecido prematuramente. Ha regresado a la ciudad, dejando el pueblo donde está enterrado Rufino Alonso y donde han quedado varadas las escasas ilusiones de su segundo matrimonio. Con voz lúgubre ha recomendado a su hijo humildad, mucha humildad. Parece como si la hubiera adoctrinado también el zafio padre Gurmendi. La humildad que ella misma practica en la lavandería del hospital donde le ha buscado trabajo don Moisés. Agradecimiento eterno al ecónomo del colegio apostólico que, además, le ha nombrado a él su ayudante. 

Fue entonces cuando Luis Murillo se planteó por primera vez un futuro distinto para su vida. Sentía, por un lado, el reto de la novedad y, por otro, un cierto vértigo ante lo desconocido. De forma inesperada comenzó a dudar de su estado. Ya habían abandonado Estráviz, Garrido, Cereceda, Leturiaga, Magán y muchos otros compañeros, aduciendo que no tenían vocación. La crisis fuerte se producía durante el noviciado. Entraban allí en danza los reclamos de la carne y el desconcierto del espíritu.

Una extraña memoria le presenta ahora línea a línea el relato de Durán que encontró casualmente hace algunos años. Lo leyó muchas veces, poseído por el aliento morboso que desprendía, y lo conservó oculto en un cuaderno hasta que la sensación de complicidad resultó abrumadora, no sólo por el contenido de la historia, sino sobre todo porque su antiguo condiscípulo murió poco después en un accidente de tráfico. Habían mantenido los dos buenas relaciones. Durán era entonces viajante de comercio y pasaba a visitarlo por Zapiain de vez en cuando. Le gustaba escribir. Decía que debía aquella afición a los frailes y que disfrutaba haciéndolo. Luis Murillo había leído algunos de sus cuentos, pero lo que recuerda ahora, como grabado a fuego, es la narración de añoranzas contenidas en un pliego que apareció doblado dentro de un libro que le trajo de regalo en una de sus visitas. Era un manual sobre el cultivo de las plantas de interior, de gran formato, en el que de modo casual había quedado aquel relato escrito con una intención indefinida. De modo casual, porque Luis Murillo nunca admitió que lo fuera de forma intencionada. Durán no era un entrometido, sino un hombre respetuoso, y jamás había lanzado ninguna insidia sobre las privaciones eróticas de los frailes. El escrito podría pertenecer a su diario, ser un fragmento desgajado ocasionalmente, algo redactado a vuelapluma en espera de incorporación. Era privado, al parecer, pero no pudo evitar leerlo. Cuando se dio cuenta, no podía detener su vista ansiosa. Lo que contaba era algo muy familiar. Recreaba la misma atmósfera que él había vivido. Aunque el concreto episodio del monte no pudiera suscribirlo. Ahora recuerda el fraile la peripecia con la sensación confusa que provoca alguien que ya no vive sobre este planeta, pero que sigue respirando en la mente de quien lo recuerda. Revivían las maneras de Durán en su memoria, revivían sus gestos y sus sonrisas tiernas.

Ayer tuve que hacer un viaje de trabajo a Zigoibar. Son los territorios de mi infancia. También de mi adolescencia. Terminé pronto la faena, tenía el día por delante y decidí recorrer algunos de los lugares más añorados de entonces. Me dirigí primero al punto donde solíamos ir de excursión los colegiales de vez en cuando (lo que llamábamos un ‘paseo largo’) al pie del monte Arbala. Hay allí unos prados espléndidos y unos bosques de robles y hayas maravillosos. El heno estaba recién segado y liberaba un aroma tierno, incomparable. Hacía años que no lo disfrutaba así. Cerca hay un pequeño restaurante de carretera, cerrado ese día, que antes era aún más pequeño y más humilde. En él probé la gaseosa por primera vez, a los trece años, un día de excursión, tras pedir permiso al Malayo que controlaba nuestros movimientos. También allí cerca, tres años después, quise ligar por vez primera con una muchachita de Londio, la mayor de dos hermanas, que junto con su prima se dedicaban a calentarnos la vista a los novicios sabiendo que las espiábamos detrás de las ventanas. Vivían al lado del convento, en una casa con jardín donde se ponían a jugar siempre que hacía buen tiempo. Tenían aproximadamente nuestra edad, quince o dieciséis años, quizá algo menos. El frontón de nuestro patio lindaba con su casa, y solíamos tirar fuera la pelota para tener que ir a buscarla por las inmediaciones o a su jardín, casi todo él con césped crecido. Aunque ellas estuvieran por allí y la vieran caer, no nos la devolvían, sino que esperaban a que fuéramos a recogerla. A veces la escondían más y, mientras la buscábamos, brujuleaban entre risitas y saltos que nos dejaban ver sus muslos desnudos. Había en su jardín zonas con desnivel que eran especialmente propicias para ‘buscar’ la pelota hacia el suelo y otras cositas hacia el cielo. Ellas se divertían viendo nuestros intentos y muchas veces facilitaban la labor poniéndose como a subir a los arbolitos que por allí había. Cuando nos acercábamos mucho donde estaban, buscando por allí la pelota perdida, se recogían la falda entre risitas y se iban, lo que aún nos calentaba más. Este juego era necesariamente limitado: había que regresar al frontón con la pelota antes de que el padre Gurmendi se mosqueara por la tardanza. Los que salíamos a por la pelota éramos siempre los mismos. Había cierto aire de complicidad, aunque tratábamos de disimularlo. Le habíamos cogido gusto a la aventura. La moral de entonces tenía muchas limitaciones y no había que dar a entender que la  naturaleza era más fuerte que las normas. Las tres muchachitas se divertían también de otra manera. Las dos hermanas eran morenas y particularmente guapas; la prima era pelirroja y muy provocativa, con la faldita más corta y más volátil. Después de las comidas, sabían que algunos novicios las espiábamos por las ventanas entornadas del segundo piso, donde estaban los dormitorios y donde podíamos subir con el pretexto de descansar un rato. Sabían que éramos aspirantes a frailes, pero no creo que tuvieran clara la noción de que pronto haríamos voto de castidad. Yo recuerdo que me apostaba en un lugar desde el que veía bien el jardín y un flanco de su casa. A esas horas, si el día era bueno, solían estar allí la hermana pequeña y la prima. Se tumbaban en el suelo a tomar el sol, sobre la hierba, muchas veces con las piernas al aire y jugueteando entre ellas a tocarse. Varias veces, en tiempo de lluvia, les sorprendí un enredo aún más provocativo. Se sentaba la prima en el umbral de la puerta, bajo un balcón que les resguardaba del agua, y se quedaba a su lado la hermana pequeña, de pie. La pelirroja era la activa y la otra dejaba que su prima le acariciase las piernas y subiera por ellas metiéndole mano. En esos momentos yo me ponía como un mulo y tenía que aliviarme como podía. Deseaba locamente ir corriendo allí y empezar a jugar con las dos, tocarlas y estrujarlas a gusto. Recordaba que durante las vacaciones del verano anterior había tenido un lance, sólo una tarde por desgracia, con una prima mía y su amiga (eran también de mi edad), que consistía en quitarles una figurita de plástico que ellas se pasaban de una a otra. Yo las perseguía y las acorralaba en un rincón de la escalera donde vivía mi prima y achuchaba a la que llevara la figurita escondida mientras ella se defendía (es un decir) y trataba de pasársela a la compañera del juego. Cuando lo conseguía, yo iba a por la otra. Procuraba fracasar en la recuperación de la pieza, sobre todo si era mi prima la que la tenía, porque con su amiga me encontraba más a gusto, menos condicionado, y también a ella la veía entusiasmada. Se había ido escondiendo la figurita cada vez más adentro a medida que avanzó el juego. Tratar de sacársela de entre los pechitos era una delicia, lo mismo que cuando la apretaba contra su vientre o se la colocaba entre los muslos, primero abajo y luego más arriba. Este mismo juego hubiera querido hacerlo con las dos primitas de Londio, sin el freno que significaba la proximidad de la familia (aquella tarde del verano estaba mi padre en casa de su hermano, mi tío, mientras yo jugaba con mi prima y su amiga). Con la mayor de las hermanas intenté el primer ligue de mi vida, en una romería en la que coincidimos. Aunque con mucha reticencia por parte del padre Gurmendi, pero apoyados por el prefecto del noviciado, don Javier Alzueta, un fraile que pretendía ser moderno, acudíamos a algunas de las que se celebraban en las ermitas al pie del monte Arbala. Fue en la de Santa Lucía, el primer domingo de mayo. Lo recuerdo como si lo viera. Ayer estuve paseando en soledad por la misma campa. Yo me había apartado del grupo nuestro después de comer. La había visto al llegar y estaba alucinado con ella y con su vestidito ligero de verano. Los demás estaban en un corro, hablando con el párroco del pueblo y con varios catequistas. La encontré bebiendo agua en la fuente. Su postura me permitió ver más de lo que hubiera esperado y menos de lo que deseaba. Me encorajiné. Eché a un lado los prejuicios que aún mantenía y le propuse que fuéramos a dar un paseo por el bosque próximo. Debió adivinarme la intención. Me sonrió y me dijo que no podía ser. Me conocía de sobra. De las búsquedas por su jardín. Ni ella, ni su hermana, ni su prima querrían tener nada serio con un aspirante a fraile. Lo pasé muy mal. Estuve tentado de escaparme varias veces del convento. Los sábados por la noche oíamos la música del baile que había en la plaza del pueblo. Me hice algunas pajas y al principio no me las confesé. Cuando no pude más, se lo vomité todo al padre Gurmendi. Le conté la verdad y decidí dejar el noviciado.

Finalmente Durán, a pesar de su carita de bueno y de todas sus virtudes, fue otro desertor. Le podían las mujeres. No tenía vocación. O si la tuvo, no supo preservarla. ¿Se podía ser fraile gustándole a uno las mujeres? Sí, Luis Murillo hace un gesto afirmativo con la cabeza que, inesperadamente, parece calmarle un tanto el dolor corporal que le inunda. A él le gustaban, pero se sobrepuso. Nunca sería un desertor. Los que se fueron del colegio apostólico, del noviciado, o después, como don Artemio de Ocio o don Saturio Antón y tantos otros, o no tenían vocación o fueron infieles a la gracia de Dios. Pero él sí la tenía. Desde su más temprana edad la recordaba. Había nacido con ella irremediablemente, por voluntad divina. Su madre le había convencido. El padre Emilio también, con su mirada profunda. Lo mismo que El Cartujo, que parecía hablarle a él cuando se dirigía al grupo. Pero sobre todo, consolidando el cultivo previo, el padre maestro en el noviciado. Allí se separaba el grano de la paja. Él fue grano; Durán y otros, paja.

–Es fundamental la vocación que uno recibe de lo alto para pertenecer a nuestra Congregación –repetía el padre Gurmendi–. Han de estar ustedes atentos para percibir la llamada, y para atenderla, sin dejarse guiar por motivos secundarios o vanos.

Seguía el gordinflón adoctrinándoles sobre otros asuntos referentes a la vida religiosa. Un tema del que no hablaba demasiado era el del matrimonio. Sus ideas se resumían del siguiente modo: los buenos cristianos renunciaban a todas las mujeres conocidas y por conocer para casarse con una sola a la que serían fieles toda la vida. Si conocían a cien, por ejemplo, renunciaban a noventa y nueve. Los frailes lo tenían fácil, porque en vez de renunciar a noventa y nueve, lo hacían a cien; total una más, no era mucho mérito. La vocación había que mantenerla a toda costa, sin dejarse guiar por motivos secundarios o vanos, repetía.

¿Había sido un motivo vano o secundario la voluntad de su madre que desde niño le condicionó? En los difíciles momentos que siguieron a su viudedad, cuando él, ya profeso, le planteó la posibilidad de abandonar la Congregación para atenderla y darle sustento honorable, fue precisamente ella quien rechazó horrorizada la propuesta. ¡Se condenaría si era infiel a su vocación! ¡La mataría del disgusto! Aquella fue la primera vez que Luis Murillo soñó con don Federico Lasa. El Chivo, uno de los primeros apoyos recibidos por el padre Emilio cuando intentó reformar la Compañía, se le acercaba sigilosamente en medio de un bosque y le decía al oído: "Grisalén acaba de sacar el billete para el infierno". Inmediatamente se hacía de noche y comenzaba a nevar. El pobre aspirante, desorientado, se sentía solo y echaba a correr monte abajo perseguido por unas luces rojas que identificaba con los cuernos encendidos del demonio.

La pesadilla se ha repetido a lo largo de los años, variando los personajes y los contornos. A veces el mensajero era un pájaro enorme que se abatía sobre él en medio de los prados que rodean Zapiain, intentando atraparlo con sus garras. En otras ocasiones fue el padre Gurmendi quien le miraba con desprecio mientras intentaba introducirle por el cuello un trozo de papel negro. El aterrado soñador intuía que aquél era el tan temido billete infernal. Los agobios nocturnos se incrementaron más tarde, cuando apareció en escena el padre Zaberri, su interminable azote. Le perseguía con su memez patizamba y le bizqueaban los ojillos cuando estaba a punto de alcanzarle. Los episodios más horribles tenían lugar sobre un tejado de pronunciada pendiente por el cual era muy fácil resbalar y precipitarse al vacío. También era horrorosa la sensación de estar encerrado en un ascensor de recorrido interminable que, cuando se detenía, oscilaba de tal modo que resultaba imposible apearse sin caer por el hueco de la caja. Era el ascensor que subía hasta el sexto piso donde tenía su consulta el doctor Carracedo.

Luis Murillo mira a su alrededor con los ojos de la rutina. Contándose él, son ahora diez los frailes que celebran la hora santa. Murieron los ancianos, se fueron la mayoría de los adultos y ya no hay adolescentes que rediman el futuro. José María Zaberri habla a menudo de los desertores con audacia airada. No los envía ya al infierno, como hiciera El Abuelo, porque tal vez tampoco cree en su existencia.

–Ni en Dios ni en el diablo creen los frailes –le aseguraba una y otra vez Santos Estráviz antes de desertar.

El padre Mario desertó de él, de su hijo verdadero, antes de nacer. El padre Emilio también lo hizo en cuanto profesó en la Congregación y quedó al pairo de la vida. ¿Cumpliría un encargo de su amigo mártir? De él desertaron don Saturio y don Armando, que no le hizo ya más trajes porque también le cojeó pronto la mano. Desertaron casi todos los frailes, menos el Malayo y unos pocos infelices que aún mantienen esperanzas. Desertó José Villar y se fue al cielo, porque tal vez su voz de ángel no cabía en otro sitio. Aunque si no hay Dios ni hay diablo, tampoco existirán el cielo y el infierno. Sí existe América, a donde desertó Ángel Capitán, el Americano, para seguir el curso de los aviones en el firmamento, y de donde desertó Mila para renacer en el Arco Iris como la flor más bella del jardín en el que Luis Murillo libaba sus ansias de futuro.

El tiempo no avanza en esta interminable hora santa. Ahora es mortecino el vaho del incienso. El padre Zaberri sigue con sus insidias detrás. Carraspeando insistentemente, ha conseguido que el Benino escupa su somnolencia con gorgoriteos secos, se levante del asiento y acuda al presbiterio a reavivar la lumbre.

 

                                   19.  LA HABITACIÓN DEL MÚSICO

Es un silbido como de veneno, un rumor parecido al chirriar de unas cuerdas metálicas frotadas con esparto. A Luis Murillo se le crispan las encías. Desde las rótulas le asciende una dentera ósea, el alarido de los nervios sobresaltados por ese sonido penetrante que hace tiempo le alteraba muchas noches hasta el punto del insomnio. Le enervaba pero le complacía, una combinación extraña. Hacía tiempo que evitaba cruzar en los atardeceres brumosos por el pasillo donde se encontraba la habitación del músico. Era entonces cuando se comenzaban a escuchar los lamentos del violín. Ahora, en este punto apacible de la hora santa, ha vuelto a oírlos y le enervan más aún. Se volvería hacia el lugar que ocupa habitualmente el músico de ahora, el padre Fernando Galo, en el penúltimo banco, pero es uno de los ausentes en esta hora santa; es también el más joven de la comunidad, con apenas cincuenta años. Si el músico estuviera, no destrozaría los tonos con tanta impunidad el memo del Zaberri.

Tratando de buscar una explicación, Luis Murillo se acercó una tarde de primavera, hace más de dos años, a la habitación del músico. Sabía que lo encontraría allí porque desde el invernadero había escuchado el órgano electrónico que el padre Fernando tenía en su cuarto. Cuando llegó a la puerta estaba sonando un clavecín. El lego no llegaba a comprender cómo podía gustarle a alguien aquella sucesión de monotonías metálicas. Desde siempre supo que los músicos, incluidos los de su Congregación, eran unos tipos bastante raros. Llamó en cuanto se produjo una pausa.

–Pase, pase. ¡Adelante!

Abrió lentamente la puerta y pidió permiso para entrar. El músico se había levantado para recibirle. Con su característico movimiento de pómulos, que no respondían ni a sonrisa ni a palabra, le estaba invitando a pasar. Luis Murillo entró con cuidado en aquel santuario de los goces sensoriales.

–Pase, pase, hermano Luis. Pase y siéntese. ¿A qué se debe el honor? ¿Qué se le ofrece? Dígame.

–Mire, padre Fernando, he venido a verle porque quiero hacerle una pregunta, si me la puede responder.

–Con mucho gusto. Usted dirá.

–Bueno, tal vez no sepa que yo de niño, siendo aspsirante, limpiaba esta habitación.

–¡Qué casualidad! Pues no, no lo sabía. Seguro que estaba más limpia que ahora seguro, ¡ja-ja-já!

La risa nerviosa de Fernando Galo intranquilizó al fámulo, que hizo un gesto de contrariedad. Siempre le había pasado lo mismo con los profesores de música y con la gente que tocaba algún instrumento. Pero había ido allí a resolver un asunto que le tenía en vilo, aunque no acertaba a plantearlo.

–Está bien, está bien. No me irá a decir que le emocionan esos recuerdos, al cabo de tanto tiempo.

–No, no es eso. En fin, a lo que he venido. ¿Ha oído usted hablar de don Saturio Antón?

–Sí, por supuesto. Fue uno de mis antecesores, aunque no llegué a conocerlo. Creo que abandonó la Congregación hace algunos años.

–Sí, bastantes.

–Usted lo recordará bien, supongo, porque sería uno de sus profesores. ¿No dirigía el coro? Creo que fue una época muy floreciente para la música, cuando esto era un colegio apostólico. Había además otro hermano dedicado a la música un tanto estrafalario, según he oído decir.

–No lo sé. Para nosotros era una especie de genio. Se llamaba don Artemio de Ocio.

–Sí, eso es, don Artemio. Me había quedado con el nombre.

–Don Saturio era el segundo músico, después de don Artemio. Luego fue el primero, cuando don Artemio… desapareció.

–¿Desapareció?

        –Eso se dijo.

–Sí, algo me suena. Fue hace muchos años, ¿no?

–Puede hacer cuarenta y cinco.

–¡Vaya! Casi no había nacido yo. ¿Tantos como cuarenta y cinco, eh?

–Sí, esos hará, más o menos.

–El tiempo corre que vuela.

–Desde luego. Dígamelo a mí, que voy a cumplir sesenta y cinco, y casi no me he enterado de la vida.

–No diga eso, hermano Luis, que no es oro todo lo que reluce. Usted ha vivido a fondo. Sólo hay que verlo. Es mucha la gente que ha corrido mundo sin parar y está completamente vacía. Bueno, volvamos a lo nuestro. Antes, dígame algo sobre ese don Artemio, usted que lo conoció, porque he oído cosas contradictorias. ¿Qué años tenía cuando desapareció? Al menos aproximadamente.

–Nunca lo he sabido. Yo siempre lo conocí mayor. Le llamábamos don Artemio el viejo. Había otro don Artemio, que era el joven. Al músico le habían puesto varios motes. Unos le decían Don Quijote, otros La Moña, en fin, ya sabe, cosa de críos.

–O sea que era muy mayor.

–Sí, para nosotros viejísimo. Sobre su edad se decían muchas cosas. Bueno, incluso me han contado hace poco algo sorprendente.

–¿Como qué?

–Pues… según un antiguo compañero de clase, que a veces viene por aquí, don Artemio de Ocio… vive todavía.

–¡Imposible!

–Eso mismo digo yo, pero parece que alguien lo ha visto.

–Vamos a ver: ¿cuántos años tendría cuando usted lo conoció?

–Unos setenta.

–¿Y cuando desapareció?

–Diez más. Tenía yo veinte, si no recuerdo mal.

–Entonces no puede ser. Si hace cuarenta y cinco años tenía unos ochenta, hoy pasaría de los ciento veinte. Sería noticia, se sabría. Un hombre de ciento veinte años es una celebridad, viva donde viva. La prensa y los medios de comunicación no lo dejarían en paz. A no ser que…

–¿En qué está pensando?

–No, no, en nada. Se me había ocurrido una tontería.

Luis Murillo no se sorprendió de la reacción del padre Fernando. El maestro de música estaba sobre la pista. Su habitación era contigua a la que ocupó La Moña. Y lo sigue siendo. Desde que desapareció misteriosamente, permanece vacía. Nadie la ha vuelto a ocupar. La desamueblaron de inmediato, con mucha precipitación. Él mismo participó en la limpieza. Don Moisés, el ecónomo, dirigía la operación. Ahora la repasan una vez al año, cuando se fumiga y se desinfecta todo el edificio. Luego vuelven a cerrarla. Nadie entra en ella hasta el año siguiente. Ni siquiera el administrador tiene la llave, que siempre ha estado bajo la custodia directa del prior. Fernando Galo es pianista. Ni tiene violín, ni lo sabe tocar.

–Usted no toca el violín, ¿verdad, padre Fernando?

–Ni una nota. Jamás lo he intentado. El violín me produce dentera.

–Pero… lo escucha a menudo.

–¿Yo? ¡Nunca! Me desasosiega. Es como si me abriera las carnes. Sobre todo un violín solista. Únicamente los aguanto agrupados en una orquesta, siempre que no sea de cuerda. En una sinfónica, quiero decir.

–Entonces, ¿no es usted el que pone esa música de Paganini que se oye a veces desde el pasillo?

–¿Paganini yo? ¡Ni por asomo! Además de tocar el violín con la ayuda del diablo, era un ateo y un blasfemo. Un degenerado. No se me ocurriría poner un disco con su música jamás.

–Sin embargo…

–Bueno, ahora que me lo dice, creo recordar que hace un par de años, poco después de comenzar el curso, oí algo que me extrañó. Había vuelto del conservatorio antes de lo previsto y me pareció escuchar lejanamente el sonido de un violín. ¿Paganini? Tal vez. Llevaba prisa y no presté atención. Lo había olvidado. Salvo aquella vez, no recuerdo por aquí…

Estaba claro. No era él, no era nadie. Fernando Galo repudiaba el violín y odiaba a Paganini. Ni siquiera de testigo podría servir. Sus clases en el conservatorio de la ciudad lo tenían ocupado todas las tardes. Los sábados y los domingos atendía el órgano de la parroquia de San Martín. Se esfumaba la única posibilidad. Al final de aquella galería de celdas sólo vivían el músico y el padre Eduardo, que tenía unas orejas como cazuelos y no distinguiría un cascabel de un cencerro. Jamás había querido saber nada con la música, ni siquiera con la litúrgica. Desde el piso de abajo no era posible que se oyera nada, porque la construcción del colegio era robusta e impenetrable. Además, en la galería inferior, en el segundo piso, no había ninguna habitación. Sin embargo, el violín sonaba en los atardeceres brumosos del otoño y del invierno con acentos de nostalgia y melodías de Paganini. A él sí le gustaban los instrumentos de cuerda, pero aquella música sin origen le arruinaba las noches. Estaba seguro de que procedía del cuarto contiguo al del maestro de música.

Hace más de dos años que no ha escuchado el violín del atardecer. Desde que pasó por la habitación de Fernando Galo a comentarle el misterio, desapareció la magia. Como si el propio don Artemio de Ocio hubiera estado escuchando al otro lado del tabique que separa las habitaciones. El hechizo pareció conjurado por los ensalmos mentales del padre Fernando negándose a recibir aquel regalo diabólico. Quedó enterrado el fantasma de don Artemio que interpretaba la música de Paganini llenando los crepúsculos de oscura melancolía. Tras la conversación con el músico, pasó Luis Murillo varias veces por la segunda galería para confirmarlo. Antes había estado a punto de avisar al padre Zaberri por si se trataba de un caso diabólico. Hubiera conseguido cierta estima del prior. Finalmente no se decidió, temiendo su sarcasmo.

Luego ha vuelto a escuchar el violín en algún concierto de los que dan por televisión. Pero nunca lo ha oído de forma tan estridente como ahora. Ese sonido, desvaído a pesar de su extremada violencia, está a punto de destrozarle los tímpanos. El insoportable chirrido se asemeja a un canto funeral, al desgarrado himno de una espada que lo desgracia todo, que le despoja de sí mismo, que le deshace a fuego los músculos, los huesos, los nervios y la sangre. Pero de pronto siente un alivio. El ruido se diluye lentamente. La penumbra parece como avivarse y tomar forma humana. Haces de luz difusa dibujan un rostro que le sobresalta. Al mismo tiempo recibe un golpe en el vientre. De allí le brota una amargura tan imprecisa pero tan visible como una llama lejana. No es ni un pinchazo ni un espasmo, sino algo de mayor frondosidad. También de allí nacen los trazos que están dando color al retrato. La imagen crece en dimensión e intensidad. Por un momento el lego se identifica con ella. Pero no es su retrato, atenazado por la angustia, sino una figura juvenil que se niega e envejecer animado por las palabras de un proscrito. Finalmente se le desprende algo semejante a un peso interno y oye el estallido de una voz que pronuncia un nombre: Lorenzo de Nora. El hermano Luis siente un estremecimiento al reconocer al eterno amigo.

 

                                     20.  LORENZO DE NORA

La actuación de Lorenzo de Nora en los ambientes vaticanos como provisor de la causa había tenido efectos contradictorios. En un comienzo, el proceso de beatificación del padre Mario experimentó un impulso notable, tras la etapa inicial desarrollada por el padre Emilio. Todo el mundo hablaba maravillas de la gestión del nuevo provisor, alababa su presteza y su habilidad. Luego las cosas se torcieron y la situación se estancó. Se le echó la culpa del parón, se le retiró la confianza y quedó confinado en un destino oscuro e impreciso de los recovecos vaticanos. Parece ser que, pasado un tiempo, intentó recuperar cierto protagonismo al margen del sistema, a través de una institución universitaria vinculada a la teología de la liberación. Era un disidente. La curia romana se sobresaltó por las manifestaciones del antiguo provisor. Mantenía posturas extremadas sobre la vida religiosa y una actitud personal muy distante de la dictada por la jerarquía. Acusaba a la Iglesia de despotismo, excesos autoritarios y traición al Evangelio. Fustigaba el boato, la ostentación y la tremenda burocracia del Vaticano. Denunciaba la permanente alianza con los ricos y el poder, a pesar de las declaraciones a favor de los pobres y oprimidos. Condenaba el fariseísmo, la irracionalidad y la prepotencia con que se gobernaban tanto los asuntos religiosos como los profanos. Rechazaba al aparato pero defendía las virtudes elementales del cristianismo, desde la fe hasta la pobreza, pasando por la humildad y el amor fraterno verdadero. Finalmente señalaba a la jerarquía eclesiástica como principal responsable del descrédito en que había caído la doctrina evangélica, y de la pérdida de los valores espirituales en la sociedad moderna. Fue entonces cuando lo desterraron a Zapiain, bajo la jurisdicción del padre Zaberri, que debía impedirle actividades públicas y mantenerlo controlado en todo momento.

Hubo revuelo en la Congregación por el escándalo y lo infrecuente del caso. Se debatió en las altas instancias la situación, y se decidió echar tierra encima y dejar pasar el tiempo. No convenía expulsarlo porque eso le haría adquirir relevancia y desataría nuevos ataques contra la propia Congregación, a la que de momento no había fustigado. Todas sus críticas se centraban en la curia vaticana y en las altas jerarquías de la Iglesia.

Llegó a Zapiain tranquilo, sin mostrar amargura ni resentimiento. No hizo manifestaciones de ningún tipo, no se quejó de nada y admitió el régimen de retiro espiritual que, no sin recelo, le dio a conocer el padre Zaberri. Las instrucciones llegadas de Roma eran claras. No convenía ensañarse con él, porque conocía muchas de las interioridades eclesiásticas y el escándalo podría ser aún mayor si se veía forzado a hablar para sobrevivir. Había que procurarle una existencia plácida, sin sobresaltos ni obligaciones. Debía saberse un proscrito a quien se deja tranquilo con la condición de que no moleste. Ni siquiera se le permitiría dedicarse a la enseñanza. Ninguna actividad definida. Ya se encargaría él de ocupar su tiempo. El padre Zaberri, no obstante, tenía su propio plan.

Los días que precedieron a la llegada del proscrito, Luis Murillo estaba en permanente tensión. No era primavera, sino la entrada del invierno, pero las plantas del invernadero se contagiaron de su aliento y quisieron florecer. Iba y venía el jardinero por sus dominios en un delirio gozoso imaginando tiempos de frambuesa cuando escuchara al querido y admirado  compañero.

Recordaba sus últimas palabras cuando acudió a despedirlo en la ciudad a la estación del ferrocarril que iba a tomar hacia Madrid para volar desde allí a Roma. Había pasado tres meses de retiro en Zapiain tras su regreso de América, preparándose para el cargo de provisor, sustituyendo al padre Emilio. Fue un tiempo intenso para ellos. Se conocían desde hacía treinta años, cuando el joven universitario optó por abandonar la vida laica e ingresar en la Congregación. Su caso fue muy sonado porque arrastraba fama de líder revolucionario y avezado seductor. El año de noviciado le sirvió para atemperar ansias y aquel desatado dinamismo. Fue allí donde coincidió con Luis Murillo. Había sido enviado a Londio dos meses antes para ayudar a los albañiles en las reformas que se estaban haciendo en el edificio. Era una tarea sencilla que le dejaba bastante tiempo libre. El contacto con Lorenzo fue fácil, porque el hombre brillante captó pronto la singularidad del fámulo, del que le separaban sólo tres años de edad. Tal vez vio en él algo especial o lo vieron recíprocamente. En pocas semanas habían trabado una amistad que se mantuvo a lo largo del tiempo.

La llegada de Lorenzo de Nora a Zapiain para preparar los asuntos vaticanos coincidió con la tremenda crisis que sufrió Luis Murillo a causa de sus relaciones con Mila. Ya le había negado la absolución el párroco de San Martín y ya había intentado el fámulo entrevistarse con el obispo para suplicar su perdón. En medio del enorme desconcierto, pasó varios días sin comer y varias noches sin dormir. Se disculpó diciendo que había perdido el apetito, que sentía náuseas, que tendría algún trastorno en el estómago, que no era cosa de importancia y que el ayuno lo curaba todo. Siguió atendiendo el jardín como pudo, bebiendo solamente líquido, hasta que sufrió un desmayo y hubo de guardar cama. El médico de la comunidad lo visitó y diagnosticó fatiga nerviosa. A los pocos días llegó Lorenzo de Nora.

Luis Murillo sintió que renacía al verlo. No quedaba nadie a su alrededor en quien pudiera confiar, nadie que pudiera orientarle. Cada uno de los frailes estaba en sus afanes, toda la jornada ocupados con sus clases y sus rezos. Una vez al día le visitaba don Marcelo, encargado de los asuntos sanitarios y cada dos días el superior. Sólo el otro fámulo, el hermano Benigno, aparecía con más frecuencia para llevarle la comida. Ya habían hablado antes, pero cuando entró Lorenzo en su habitación aquella tarde, se supo a salvo. Había llegado al paroxismo y estaba a punto de estallar. La presencia del amigo le relajó. Enormes lágrimas de emoción y esperanza le impidieron hablar durante muchos minutos. Le tranquilizó el recién llegado con palabras de ánimo mientras le apretaba con fuerza la mano. Luego, sin otro preámbulo, le pidió que le hablara de su enfermedad. Luis Murillo supo que aquellos ojos le leían el alma. Ya había pensado hacerlo en cuanto supo que llegaba a pasar una temporada larga, de modo que no lo dudó y comenzó a relatarle demoradamente su relación con Mila.

Lorenzo de Nora no se inmutó en ningún momento. Sonreía apaciblemente y animaba a su amigo a proseguir cuando el hombre se envaraba. La confesión fue convirtiéndose en un torbellino de sentimientos encontrados. A medida que avanzaba en el relato, volvían a la luz las sensaciones luminosas del enamoramiento, ahogadas instantes después por el peso de la culpa. Mezclando risas nerviosas con lágrimas, Luis Murillo reconstruyó su aventura pasional ante los ojos apacibles del confidente. Aquella narración de su pecado, que había comenzado entre la vergüenza y el pánico, acabó dejándole un sabor dulce, antes incluso de que Lorenzo de Nora hiciera su primer comentario.

–Muchas gracias, Luis, por tu confianza. Creo que has hecho bien en no acudir al obispo para pedir perdón. Esas fórmulas medievales no tienen sentido ya. La vida avanza, aunque la comprensión de la inteligencia vaya tan lenta.

Le habló sosegadamente de la naturaleza humana, de la presión del sexo y de la tendencia universal a la procreación. Una persona como él había aceptado la renuncia a una edad suficientemente madura y tras haber conocido el amor humano. Su caso, por el contrario, como el de tantos muchachos llevados a los seminarios, colegios apostólicos y aspirantados en plena infancia, era muy distinto. Encerrados entre cuatro paredes, no sólo físicas sino sobre todo mentales y emocionales, no eran capaces de tener una perspectiva equilibrada del universo erótico, de sus impulsos pasionales, del atractivo femenino y de las necesidades afectivas que a todo ser humano acucian. Se trataba de renunciar sin conocer y sin experimentar, grave error de los tiempos que habían vivido. La conversación fue larga y relajante. El lego le rogó que volviera al día siguiente para seguir hablando. Aquella noche durmió como hacía semanas no lo había hecho. Al poco tiempo se encontró repuesto. El médico que lo volvió a visitar no se explicaba tan repentina salida de la depresión.

Súbitamente envejece la imagen de Lorenzo de Nora. Es él, no cabe duda, pero la cosa es imposible. ¿Será su alma resucitada? No sabe ya qué pensar Luis Murillo sobre las almas. ¿Siguen envejeciendo en la ultratumba, de forma que cuando se aparecen al cabo de los años se les nota la edad? Sí, don Artemio de Ocio estaba preocupado por el asunto. Ahora recuerda otra conversación entre Don Quijote y Sancho Panza, sentados ambos junto al porche del patio en una tarde lluviosa de junio que les impedía el paseo habitual. El aspirante pudo escucharlos a través de un ventanal entreabierto junto al que se había apostado. Llevaban ya un rato hablando.

–Mire, don Eusebio, ese tema desborda los conocimientos teológicos más conspicuos, créame. Se le ocurren a usted unas cosas…

–No crea que es cosa mía, don Artemio. Se lo he oído a dos muchachos que discutían en el pajar de Urkiz mientras amontonaban el heno.

–¿Y qué decían?

–Uno que el alma no tiene edad y el otro que sí, que envejece con nosotros.

–¿Nada más?

–No pude escucharlos mucho tiempo, porque se hubieran dado cuenta. Algunos de estos mayores se traen unos temas de conversación, que ya, ya. Luego le diré lo de los Papas.

–¿Los Papas? ¿A esas alturas llegamos?

–Sí, don Artemio. Un día escuché a tres de los mayores discutir sobre qué Papa reinará en el Vaticano después del Juicio Final, cuando resuciten todos con los cuerpos y almas que tuvieron, como dice la doctrina.

–Buena la tenemos, don Eusebio. ¿Qué piensa usted?

–No se me ocurre nada, don Artemio.

–Pues mire lo que le digo, don Eusebio: esos chicos son el futuro. Nosotros hemos caminado a tientas y a ciegas durante mucho tiempo, sin atrevernos a plantear ciertos asuntos que nos complicarían la existencia. Pero vienen años distintos en los que se abrirán los ojos y las mentes de quienes deseen acercarse a la verdad.

–Parece usted un profeta.

–No se me desmelene, don Eusebio.

–Bueno, a lo que vamos. ¿Usted qué piensa de eso? Seguro que ha leído alguna teoría nueva, por lo que me dice.

–Sí, he leído algo, pero sobre todo he pensado mucho. Uno de los privilegios de la vida monástica es que puede dedicarse tiempo a la reflexión. Pero también es un riesgo considerable. Las conclusiones a las que uno llega son a veces preocupantes. Desde luego, el futuro no será como el pasado en casi ningún aspecto

–Y eso de que el alma envejece, ¿cómo lo ve usted?

–Pues le diré, y no se me asuste: creo que sí. El alma es un núcleo vivo, y todo lo vivo sigue un proceso de principio a fin.

–¿O sea que el alma nace y muere?

–Eso pienso.

–Entonces, ¿qué queda luego?

–Ceniza mental.

¿Será la imagen de Lorenzo de Nora simple ceniza mental? La aparición no es una fantasía porque está despierto, le duelen las rótulas y sigue escuchando el ronroneo del padre Zaberri tres bancos detrás. Cuando el Benino ha vuelto a salir hacia la sacristía, ha cruzado por delante del rostro de Lorenzo, que ha hecho un gesto de extrañeza. Durante unos segundos se ha interrumpido la magia. La avalancha de los recuerdos ha quedado borrada momentáneamente, pero ahora vuelve crecida.

Regresó el prestigioso fraile a Zapiain, una vez caído en desgracia dentro de los círculos vaticanos. Se dijo que venía enfermo, a recuperarse. La verdad era distinta y cruda. Su postura respecto a muchos asuntos concernientes no sólo a la causa del padre Mario, sino también al desarrollo mismo de la vida religiosa, había provocado el cese de la confianza de las jerarquías. Luis Murillo lo comprobó pronto. Se convirtió en confidente de un hombre, tres años mayor que él, cuya postura ideológica iba varios decenios por delante de su época. Un claro ejemplo del riesgo que significa pensar, al que aludía don Artemio de Ocio, bastantes años atrás, en sus conversaciones filosóficas con su pareja peripatética, el bueno de don Eusebio Beltrán.

–Entonces, ¿crees que la vida religiosa tal como la desarrollamos ahora no tiene sentido?

–Prácticamente ninguno. Es una amalgama de creencias, obligaciones y ceremonias rutinarias que nada aportan al individuo ni a la comunidad. Estudiando el proceso de las órdenes religiosas en los últimos siglos se ve que, a partir de Trento, han ido tomando las armas morales y teológicas al servicio de una causa siempre externa. Los misioneros se lanzaron a la evangelización de los nuevos territorios descubiertos en África, Asia y América con un fanatismo destructor. Nada de lo que encontraron allí tenía sentido religioso para ellos. Y no lo tenía porque eran incapaces de reconocer las trazas del espíritu en algo que no fuera puramente mental. Trasladaron e impusieron conceptos al servicio del poder político que los financiaba. Sirvieron de avance al imperialismo, no al desarrollo de la conciencia.

–Varias veces te he oído referirte a eso, al desarrollo de la conciencia. Cuando estuviste aquellos tres meses, antes de ir a Roma, ya hablabas de ello.

–Es lo que me ha preocupado siempre y lo que me hizo entrar en esta Congregación. Pude haber elegido otra, hubiera sido lo mismo. En ninguna de las que conozco he encontrado un camino que recorrer en esa dirección. Tal vez lo haya en alguna orden contemplativa, la Cartuja, por ejemplo, pero yo soy un hombre de acción y mi objetivo es desarrollar la conciencia creativa.

–Eso es lo que tratamos de conseguir con la meditación, me parece.

–No, lo que llaman aquí y en casi todas partes meditación, es simple reflexión mental. La verdadera es otra cosa. No nos enseñan a usar las técnicas meditativas auténticas por ignorancia o por miedo. Hay quien sí sabe lo que es meditar, y lo que sucede cuando uno medita, pero no se atreve a decirlo porque se quebraría el sistema.

–No entiendo lo que quieres decir.

–Se trata siempre de la misma cuestión: el poder. Hay varias maneras de conseguirlo y de mantenerlo. En la vida religiosa están los votos y ese simulacro de interiorización a través de la liturgia y de la mal llamada meditación.

–¿Cómo es la verdadera?

–Es conocida, antigua y eficaz, pero peligrosa. Por eso se ha ocultado sistemáticamente. Meditar significa vaciar la mente, permitir que se abra la conciencia al verdadero conocimiento de la realidad, que es al mismo tiempo simple y compleja porque pertenece a un estrado distinto del proceso intelectual que habitualmente manejamos.

El rostro ceniciento de Lorenzo de Nora sonríe en un plano que oscila lentamente, subiendo y bajando, yendo de derecha a izquierda y viceversa, acercándose y alejándose, girando a veces hasta quedar en oblicuo. Luis Murillo se estremece recordando cómo temblaron sus esquemas mentales cuando el desterrado le confesó que, hasta donde él había podido llegar, Dios no tenía forma ni destino, ni era una entidad preocupada por los seres humanos. En ese mismo momento la voz raposa del Zaberri entona de nuevo un himno eucarístico que deshace la visión.

 

    21.  LA ASAMBLEA

Sin necesidad de girar la cabeza, Luis Murillo está contemplando los vitrales de la iglesia. Los ve de frente, en un plano previo al altar, aunque en realidad están en el muro izquierdo. Son cuatro. Representan escenas evangélicas. Siempre han sido cuatro, pero ahora son cinco. A pesar de hallarse delante, no impiden la visión del presbiterio donde sigue expuesto el Santísimo. Forman una especie de telón transparente que oscila de izquierda a derecha ocultando alternativamente las dos vidrieras situadas en los extremos. A pesar del movimiento, la central permanece quieta, estática, pero se prolonga hacia uno u otro lado sin perder su posición. No consigue identificar las figuras que contiene ni la escena que éstas forman. A ratos le parece que es una representación de la vida, porque hay una mujer y un hombre desnudos y abrazados, pero luego los amantes se transforman en unos ancianos de largas túnicas negras y mirada triste, con los brazos extraordinariamente largos hundidos en la tierra.

Luis Murillo se sacude la cabeza para espantar la alucinación. Cierra los ojos con fuerza. Los aprieta como si entre sus párpados pudiera aplastar aquellas figuras cambiantes, pero la visión continúa ante él, ahora sin el trasfondo del presbiterio. De pronto cesa la oscilación de los vitrales. Todo está quieto unos instantes, hasta que las figuras centrales parecen tomar vida. Los dos ancianos, de la mano, avanzan hacia él. Llevan la cabeza cubierta por una capucha del mismo color oscuro que sus túnicas. A medida que se acercan se les perfila más el rostro. Luis Murillo está a punto de gritar porque en la mujer cree reconocer a su madre. El hombre que la acompaña no es Rufino Alonso, pero tampoco un desconocido. Fija insistentemente la mirada en él, como queriendo decirle algo. De repente lo identifica a pesar del paso del tiempo: ¡es el padre Mario quien lleva de la mano a su madre!

Al mismo tiempo que lanza un grito siente un fuerte golpe en la cabeza y las manos del padre Zaberri agitándole por los hombros.

–No se duerma, hermano Luis –musita con rabia a su oído el superior.

Aquellas palabras le queman el aliento afanoso con el que ha despertado. Está seguro de no haberse dormido ni un segundo, de haber cerrado los ojos voluntariamente para espantar la visión.

–Disculpe, disculpe –dice entre ahogos al padre Zaberri, que permanece en pie de guerra a su lado como esperando una explicación.

El altar está en su sitio, el Santísimo sigue allí, el humo aromático lo inunda todo después de que el hermano Benigno haya avivado los rescoldos del incensario. No se atreve a girar la cabeza para comprobar si los vitrales son como siempre cuatro o han admitido un quinto en el centro del lienzo izquierdo del templo.

A pesar de lo extraño del fenómeno, no es del todo nuevo para él. También creyó ver un quinto ventanal en la sala de reuniones del colegio el día en que fue convocado a la asamblea preparatoria del viaje para asistir a la beatificación del padre Mario. Fue hace un par de semanas, con la presencia del emisario del Capítulo General, que recorría los centros de la Congregación donde se organizaba el viaje a Roma para dar pautas y unificar criterios. La cita era un sábado, a las cinco de la tarde. Acudió con el temor resbalándole por la piel, con la respiración afanosa y la visión alterada.

Estaban todos los miembros de la comunidad, presididos por el padre Zaberri, más otros frailes llegados de varios colegios, en total unos treinta. Había también dos personas ajenas a la Congregación, pero bien conocidas en Zapiain: el doctor Lombarte, médico, y el señor Artieda, propietario de una agencia de viajes. El lego fue saludado con especial interés por el médico y eso le conmocionó. Había sido él quien atendió en el hospital a su madre durante sus últimos días. También fue él quien dio la noticia fatal por teléfono al prior y quien acudió al tanatorio al día siguiente para decirle que su madre había expirado en paz. Recordaba bien cómo el doctor insistió en ello: había expirado en paz. Su mirada quería decir algo más, pero Luis Murillo no quiso saberlo. Desde entonces tenía clavado el mensaje secreto de aquellos ojos.

El enviado de Roma había llegado con el tiempo justo y se estaba aseando. La reunión sufrió una demora de veinte minutos durante los cuales Luis Murillo no dejó de temblar, temiendo encontrarse con la mirada entre tierna y compasiva del doctor Lombarte. Finalmente se presentó el emisario y comenzó a exponer los temas pertinentes. En el momento en que empezó a hablar, el hermano Luis estaba mirando los ventanales de la izquierda, cuatro también, que de repente se convirtieron en cinco. Los contó repetidamente y tuvo que apartar la vista porque estaba seguro de su número. Durante toda la sesión evitó volver hacia allí los ojos para no tener que comprobar de nuevo que el quinto ventanal daba al vacío. Por los otros cuatro había visto las luces pálidas del atardecer y las siluetas de los árboles de la Alameda. El nuevo daba también al exterior, al aire, pero estando a la misma altura y siendo del mismo tamaño que los otros, no mostraba nada, sino un vacío difícil de explicar.

No tiene la idea muy clara, pero ahora Luis Murillo quiere como recordar que en la comida de aquel día, el padre Zaberri también obsequió a los reunidos con una copita de licor que él mismo sirvió de una bandeja que contenía tres botellas distintas. Piensa de igual modo que pudo ser el alcohol quien le provocó los temblores antes de la reunión y la alucinación  mientras se celebraba, pero no puede descartar que todo se debiera al estado de ansiedad que le producía cualquier tema relacionado con el padre Mario desde que supo por la carta de su madre que él había sido su verdadero progenitor.

La presencia de los dos invitados tenía una justificación bastante clara. El primero era el médico que les atendía en casos especiales, y aquél lo era. Se trataba de un viaje largo, para un tema importante que provocaría cansancio y emociones fuertes. Entre quienes iban a acudir a la ceremonia de beatificación predominaban las personas mayores que debían someterse previamente a una serie de pruebas para proteger su salud. El empresario turístico cargaba con la responsabilidad de los quince autocares que saldrían de la ciudad para realizar una ruta de ocho días, tres de ida y tres de vuelta, más los dos de estancia en Roma. La expedición iría acompañada de un equipo de dos médicos y tres enfermeras, comandados todos por el doctor Lombarte.

Luis Murillo cree adivinar ahora las razones de aquellas insistentes miradas por parte del médico, a las que se sumaron enseguida las no menos preocupantes del emisario romano. ¿Estarían ambos informados de la paternidad carnal del próximo beato? La atención que le dedicaban hacía suponer que sí. Quizá el doctor Lombarte conocía la existencia de la carta. Al ingresar en el hospital, habrían revisado el bolso de la anciana. ¿La habría leído alguien antes cerrándolo luego sigilosamente? Si era así y estaban informados, ¿qué esperaban de él? Nadie parecía atreverse a tratar el asunto. ¿Tendría que hacer declaraciones explícitas sobre el contenido de la misiva materna? ¿Le harían confesar lo que sabía por un camino que se parecía tanto al sigilo sacramental? La información privada que da una madre en su lecho de muerte es un enorme secreto que no debe revelarse a nadie por la fuerza. Aunque ellos ya lo supieran o lo sospecharan, él no tenía ninguna obligación de confirmarlo. Seguramente lo averiguaron con malas artes. Tal vez presionaron a la mujer a partir de vagas informaciones. Era posible que hubieran intentado sobornarla tiempo atrás, en su época de mayor penuria, cuando murió su marido, el pobre Rufino Alonso. Si ya lo sabían todo, ¿qué querrían ahora de él?

Por un momento temió que saliera a la luz el asunto y que tuviera que declarar públicamente. Fue quizá entonces cuando vio un quinto ventanal que daba al vacío. Pero siguieron tratando temas intrascendentes. ¿Qué importancia podía tener la hora de salida de los autobuses? ¿Qué más daba si se contrataban espacios informativos en cinco periódicos y en siete revistas de alcance nacional para convocar el viaje? ¿Qué significaba una revisión médica más o menos, cuando el veneno corría por todas las venas de la vida cegando las miradas? ¿Por qué no planteaban de una vez el problema fundamental? ¿No era una mentira, una falacia, un engaño todo aquel montaje? ¿Iban a seguir con su proyecto, sin admitir al menos que el venerable padre Mario había tenido un desliz de tal calibre que, de ser conocido por la Sagrada Congregación de los Santos, invalidaría todo el proceso de beatificación? ¿Y si él pedía la palabra y soltaba de sopetón la noticia? Aludiendo incluso al polémico tema del martirio. Un cura fusilado por los franquistas, como afirmaba Santos, ¿podía se considerado mártir? Un fanático del nacionalismo, si eso era verdad, aún encontraría mayores dificultades para ascender por las escalerillas simbólicas que conducen a los altares. ¿Contaba lo que sabía y lo que sospechaba? No se sintió capaz de hacerlo. Tendría que continuar, además, con su propia historia, vomitar su pecado carnal, rogar a Dios delante de todos que lo castigara lanzándole allí mismo un rayo letal. Tendría que pedir la muerte a borbotones, auto-condenarse lanzándose al vacío para expiar su culpa. Le horrorizaron sus propios pensamientos. La cabeza le daba vueltas, le ardía el estómago y temía volver a tropezarse con el vacío del quinto ventanal a través del cual podría alcanzar una liberación suicida.

Aquella reunión podría haber estado dirigida por Lorenzo de Nora. En tal caso todo hubiera sido distinto. Pero el amigo había muerto hacía más de dos años. Una muerte repentina y misteriosa. Amaneció rígido una mañana en su cama. Se habló de un ataque al corazón. Tenía una salud vigorosa, paseaba con regularidad, comía frugalmente. Había superado su defenestración personal y social, además de la administrativa. No había motivos razonables ni factores de riesgo que pudieran explicar aquella muerte. Luis Murillo tuvo sus sospechas, pero debió callarlas, como siempre. La tarde anterior, su amigo fraterno había tenido una larga conversación con el prior en su despacho. Durante la cena lo encontró extraño, como mareado y poco comunicativo. Incluso le pareció que tenía mal color. ¿Habría sido obsequiado con algún misterioso licor de hierbas como él mismo? Ahora puede sospecharlo. La idea le hace estremecer; le duele todo el cuerpo. Respira afanosamente y trata de relajarse. Lorenzo se retiró a descansar aquella noche antes de lo habitual. Dijo que sentía extraños mareos, pero que no sería nada. Fue el propio Zaberri quien lo encontró cadáver en su lecho. Luis Murillo sospecha ahora con fuerza. ¿No acude normalmente el criminal al escenario del crimen? ¿No son abundantes los casos en los que el asesino avisa a la autoridad de que ‘casualmente’ ha encontrado a su víctima? ¿No participa en el duelo con muestras exageradas de pena? A una hora demasiado temprana había acudido el prior a la habitación del disidente, sin dar tiempo al tiempo para expresar el silencio de una ausencia. Las oraciones matinales se hicieron por él. El Zaberri puso un énfasis inusitado en la homilía que pronunció durante el funeral, elogió en exceso al finado, todo el mundo pudo advertirlo pero nadie lo comentó luego. El  hermano lego no consiguió rezar ninguna porque una emoción oscura ahogaba su garganta. Tampoco consiguió ver al difunto, que fue retirado precipitadamente por los servicios funerarios de la ciudad siguiendo instrucciones del prior. Lorenzo de Nora podría haber dirigido aquella reunión si hubiera sido un ser sumiso. Los tiempos se confunden ahora en la memoria alterada del hermano Murillo. ¿Había muerto ya su amigo para entonces? Sí, porque de Roma llegó otro mensajero y sólo habían pasado dos semanas; o quizá no tanto, tal vez eran sólo dos días, aunque era posible que se tratara de dos meses. Se agita la cabeza y quiere desechar tanta acumulación de doses en su mente.

 El emisario del Capítulo General ocupaba en la asamblea su puesto, eso le parece claro ahora. También recuerda que el pensamiento se le iba hacia el hombre sabio que había conocido en su temprana madurez. No le interesaban en absoluto los asuntos que se estaban tratando en la asamblea, en cuanto supo que nadie abordaría el punto álgido de la cuestión. Sin saber por qué, le vino a la mente una reflexión de Lorenzo de Nora que se le había quedado grabada a fuego:

–Donde hay sangre, acuden las sanguijuelas.

Las campas de Larrate, a dos kilómetros de Londio, eran uno de los destinos de los paseos que daban los novicios los jueves por la tarde. No era preciso atravesar el pueblo para tomar el camino que ascendía hacia el monte Erala y que luego se desviaba hasta aquellos prados donde pastaban apaciblemente las vacas. No había peligro de tropezarse con personas o actitudes que distrajeran a los jóvenes de su concentración en los temas del espíritu. Luis Murillo solía aprovechar estas salidas para entablar conversación con el hombre a quien tanto admiraba.

–Te oí decir hace algún tiempo que el cielo y el infierno están en este mundo, más que en el otro, y que no tenemos que preocuparnos tanto por lo que haya después de la muerte.

–Las cosas que yo digo, Luis, no hay que tomarlas al pie de la letra. Son pensamientos que sólo valen como punto de partida para una reflexión. Escucha al padre Gurmendi, que ha estudiado mucha teología y está convencido de lo que dice. Yo hablo siempre con la inseguridad del que busca. No conviene airear las dudas propias ni crear fisuras en la certeza de los demás. Cada uno de nosotros tiene que buscar su camino. Aunque vayamos en cierto modo de la mano, los pasos los da cada cual.

Luis Murillo, sin embargo, no se quedaba conforme. Sabía que el brillante universitario era un tipo especial al que no guiaban intereses extraños ni había sufrido un adoctrinamiento previo como el de la mayoría de los novicios. Estaba allí por su voluntad, incluso con la oposición de su familia y de su ambiente. Supo que recibía cartas en las que los suyos le decían que estaba arruinando su porvenir, que se iba a perder los frutos más sabrosos de la vida, que por mucho poder que lograra dentro de la Congregación, siempre sería un don nadie en el mundo.

–Bien. Después de los temas que se han tratado, vamos a dar la palabra al doctor Lombarte, nuestro médico titular. Tiene cosas importantes que decirnos –anunció el padre Zaberri.

–Buenas tardes a todos. Me alegro de estar entre ustedes para tratar de un asunto delicado que es urgente resolver.

Luis Murillo comenzó a temblar de nuevo. El médico le estaba mirando fijamente. Todos sus miedos se petrificaron dentro y se quedó rígido. Pensó incluso que hasta su corazón había dejado de latir. Sintió un vahído y estuvo a punto de pedir ayuda. Pero ¿a quién? La única persona de confianza dentro de la sala estaba ausente, era un simple recuerdo, aunque su imagen podía aparecer en cualquier momento por el ventanal que daba al vacío. Intentó respirar con el abdomen para relajarse. Era un recurso que le había enseñado Lorenzo de Nora. Luego deslizó el limpiamentes por su frente. Hacía algún tiempo que no practicaba esas técnicas que él le recomendó, rogándole a la vez que no las difundiera.

–El camino para llegar al espíritu está dentro de nosotros, no fuera. Es inútil esperar iluminaciones divinas desde lo alto, desde lo que llaman el cielo. Dios está en nuestro interior. Podemos despertarlo con nuestros propios medios. Sólo hay que aprender a usarlos.

–Siempre nos han dicho que la gracia santificante es gratuita, que le llega a quien le llega, sin que se pueda hablar de méritos personales. Nos ponen los ejemplos de san Pablo, de san Agustín y de san Ignacio de Loyola, que no eran hombres piadosos y fueron tocados por el soplo divino.

Un soplo de aire fresco fueron las primeras palabras que pronunció el doctor Lombarte en la asamblea, tras la introducción del padre Zaberri y el saludo inicial del recién llegado. El delicado asunto no tenía nada que ver con lo suyo. Se trataba de la higiene a mantener durante un viaje tan largo, en el que las pernoctas iban a hacerse en hoteles de turismo masivo.  Pero dicho eso, y tras un signo del emisario romano, el médico adoptó una actitud grave y comunicó a los reunidos que habían llegado filtraciones a la curia vaticana sobre movimientos extraños en relación con la causa del padre Mario. Alguien había pagado fuertes cantidades de dinero para desviar las investigaciones que se estaban realizando. Tenían que ver con uno de los milagros atribuidos al futuro beato, un caso bastante turbio porque parecía existir por medio un soborno. En el enredo estaban implicados varios médicos, además de la familia favorecida. Eso le afectaba a él y a sus colegas. Había en juego una herencia sustanciosa y también se mezclaban en el lío unas promesas incumplidas. Lo comunicaba a los asistentes, con autorización del Capítulo General de la Congregación, porque el rumor había salido, al parecer, del entorno de aquel centro y le atañía a él como médico de la comunidad.

Luis Murillo desconectó de nuevo. No le interesaba saber más. Aquello no iba con él. Hacía bastante tiempo que decidió desentenderse de las miserias de este mundo. No prestaba ya atención a la política ni a las maquinaciones del poder. Cuando Santos Estráviz intentó ponerle en los últimos tiempos al corriente de lo que se cocía en Madrid, sólo le había hecho una súplica de tranquilidad. Prefería la ignorancia a la amargura. En eso había tenido razón el maestro de novicios.

–No se dejen arrastrar por las noticias del mundo. En general son perjudiciales para la vida del espíritu y buena parte de ellas están manipuladas o son directamente falsas –les decía a menudo el padre Gurmendi.

–¿Por qué estás tan atento a lo que ocurre fuera? –preguntó el hermano Luis a Lorenzo de Nora durante un paseo.

–Estamos vivos y todo lo que ocurre en el planeta nos atañe, para bien o para mal. Si es lo primero, estupendo; si lo segundo, puede uno protegerse a tiempo.

A pesar de la gran admiración que sentía, Luis Murillo no compartió nunca esta idea de su amigo. Tampoco llegaba a comprender cómo pudo combinar él su aspiración al desarrollo de la conciencia con la atención permanente a la actualidad.

La asamblea había tocado un tema confuso, el de los sobornos, que no le interesaba. Escuchó lejanamente las disculpas del doctor Lombarte, sintió que perdía el conocimiento y despertó en su habitación al cabo de un tiempo impreciso.

En esta interminable asamblea eucarística comienza a tener los mismos síntomas que en aquella otra de la que hubieron de sacarle desmayado, pero ahora mucho más intensos. Se ahoga por momentos. Nuevamente acude a la respiración sosegada con el abdomen, a retener el aire tras las inspiraciones y expiraciones, a limpiar la mente de pensamientos oscuros y a confiar en la imagen de Lorenzo de Nora que consigue resucitar en su mente cerrando fuertemente los ojos. El amigo, el hermano, el maestro… le mira y le previene. ¿De qué o de quién le previene? ¿No es ya demasiado tarde?                                              

  

                                             22.  EL RESPLANDOR

De pronto, un prodigio: las lámparas y los focos eléctricos del altar desaparecen. Tal vez se han apagado, aunque la luminosidad permanece y es incluso mayor. No puede ser que el cirio y las velas alumbren tanto. Hay un resplandor creciente que le obliga a bajar la vista. Oye por detrás la respiración afanosa del padre Zaberri intentando arrancarse con un nuevo himno. O tal vez ensaya el tono de la plática que pronto pronunciará, un sermón altisonante de los suyos. Sólo consigue dar entrada a la primera sílaba. Los sucesivos intentos se diluyen en el vacío, sin que pueda adivinarse qué quiere cantar el prior. Tal vez desea entonar el O salutaris hostia, el Tantum ergo, el Dueño de mi vida, el De rodillas Señor ante el sagrario, el Te adoro Sagrada Hostia, el Veni Creator Spiritus, el Te Deum laudamus o cualquiera otro de los cánticos con los que ha ensuciado las bóvedas de la iglesia a lo largo de la hora santa. Nadie le sigue y su voz se funde con la nada, mientras comienza a oírse en la lejanía un himno sin palabras cantado por una voz que estremece a Luis Murillo.

¡Es José Villar con su gorjeo celestial! No sabe el fraile lego si el perdido amigo de la infancia se está acercando a la tierra o es él quien se aproxima al cielo. Han cesado repentinamente todos sus dolores y se está disolviendo la proximidad con aquellos dos puntos de catástrofe situados tras él. Ni el padre Zaberri ni el hermano Benigno significan nada en un universo que comienza a ser creado por la voz del arcángel fallecido. La resurrección de José Villar no está en las Escrituras, desafía cualquier teología y responde a la llamada inconcreta que él, Luis Murillo, ha expandido por el éter en busca de refugio para su soledad. No es José Villar el único en contestar a la plegaria del sufrimiento. Desde el fondo de la sima en que se ha convertido el mundo, oye la alegría chispeante de un coro que canta villancicos inventados por Saturio Antón. Al órgano están don Artemio el viejo y tal vez su desdoblamiento astral, porque el músico toca, al mismo tiempo que el teclado, un violín de dimensiones colosales y sonoridad indescriptible. Las voces del coro, la de José Villar, la del órgano y la del violín se han fundido en un acorde majestuoso que puebla todas las bóvedas del universo.

A Luis Murillo le parece aquello el envés del canto de las flores, la cara oculta de esa fantasía sonora que él ha vivido en el jardín y en el invernadero algunas tardes de otoño, cuando la naturaleza se vuelve sutil y parece decir adiós al tiempo. Nunca lo ha confesado a nadie, en nadie ha confiado para compartir este fenómeno reciente, un regalo excepcional que sólo él conoce, aunque tal vez hubo alguien que lo recibió antes allí mismo, siempre en secreto. Ahora recuerda la mirada transparente de Lorenzo de Nora al regresar una tarde otoñal de un paseo por los prados que rodean el caserío de Urkiz.

Llegaba por la Alameda caminando con paso flotante, como si su cuerpo fuera ingrávido o viajara suspendido del aire por hilos invisibles. No venía cantando ni pronunció una sola palabra al cruzarse con él. Sólo se inclinó levemente y continuó caminando, pero en sus movimientos había música. Lo que le sorprendió entonces a Luis Murillo sin lograr identificarlo, ahora lo reconoce como música. También entiende por completo aquella frase enigmática que escuchó decir a don Artemio de Ocio en uno de sus inquietantes coloquios con don Eusebio Beltrán. Hablaban del órgano y del violín, sentados en uno de los bancos que había al final de la Alameda, al pie de un castaño de indias. Luis Murillo se había apostado tras el más próximo, a favor de la brisa, al verlos llegar mansamente paseando.

–Mire, don Eusebio, la música es algo más que notas y pentagramas, un asunto que desborda las teclas, las cuerdas y los trastes.

–Me lo supongo, don Artemio, porque yo una vez quise hacer sonar el piano que hay en la sala donde ensayan los del coro con don Saturio y salí de allí corriendo. No se puede imaginar lo que oí.

–¿Qué fue?

–No se lo puedo explicar. Algo tremendo.

–¿Un grito huracanado, un trémolo en el corazón, el aullido de una jauría de perros asilvestrados?

–No sé lo que es un trémolo de los que usted dice y sospecho que me está tomando el pelo, don Artemio, porque es usted muy guasón, pero le aseguro que aquello no fue ninguna broma.

–¿Le pareció que había gente dentro del piano, gente díscola, proterva, disparatada y pendenciera?

–No lo sé. Tal vez fue algo de eso. No me pregunte, porque no se lo puedo explicar.

–Yo tampoco, don Eusebio. Sólo le diré una cosa: la música no está en el piano, ni en el órgano, ni en el violín, ni en las gargantas blancas de los aspirantes, sino dentro de nosotros mismos. Y en ese sitio que nadie ha encontrado todavía, suceden algunas cosas terribles y otras sublimes. De ahí el pánico o el éxtasis que provoca la música. Una misma melodía puede ser una bendición o una condena. Todo en la vida es así. Incluso más allá de la vida, en lo que llaman el otro mundo. No se escandalice de lo que voy a decirle y guárdeme el secreto: yo he llegado a la conclusión de que no sólo los extremos se tocan, como suele decirse, sino que son lo mismo, considerada la cuestión desde un punto de vista contrario. Por ejemplo, el demonio es simplemente el reverso de Dios.

Luis Murillo no siente ahora el latigazo que golpeó entonces su mente infantil.

Pero todo se le rompe dentro.

Sus sensaciones son menos áridas, de una dulzura imprecisa que le envuelve los miembros doloridos.

Todo se rompe en su interior.

Se sabe rodeado por las ansias de la vida y al mismo tiempo seducido por la quietud de la muerte.

Siente la quiebra de los sentidos corporales.

Tiene los ojos cerrados, pero ve.

Se agrietan las raíces de la vida.

Sus oídos están ciegos, pero oye.

No entiende sus pensamientos.

Sus músculos aprisionan a los huesos, pero juntos danzan.

Un licor oscuro le asciende por las venas.

Hay aromas infinitos dentro y fuera del universo.

Un licor oscuro invade sus huesos huecos.

El paladar gustoso de la miel es un lejano remedo de los almíbares en los que todo el cosmos chapotea.

Un licor campesino le sonríe con sarcasmo.

Se siente lleno y vacío a la vez, ignorante y sabio, entero y disperso, todo y nada.

Un licor salvaje danza en su interior.

Un coro de voces inaudibles entona un cántico esencial.

Cada parte de su cuerpo danza sin ritmo ni medida.

Sus mandíbulas se mueven sin voluntad.

La quinta vidriera ojival ha cobrado vida. No es necesario que se esfuerce en mirarla, porque la lleva dentro. Allí se contienen los días de su vida, segundo a segundo. Todo lo ve claro y distinto. El festival de sonrisas y de abrazos se transforma en figuras humanas. Conoce a todos por sus nombres. Los entiende más allá de las razones y de las explicaciones. El cántico y la danza de quienes acuden a recibirle son una misma vibración. Allí están José Villar, Valentín Diago, Armando Velázquez, Manuel González, Eulogio Erandio, Constantino Moraza, Saturio Antón, Artemio de Ocio, Lorenzo de Nora… En una zona opaca hay sombras que pudieran corresponder a Magán, a Garrido, a Cereceda, a Basterra, a Ibáñez, a Durán, a Santos…

Después rompe la luz, un resplandor que ciega los rayos de los astros. Allí están su madre, Mila, Jazmín… La señora Benedicta no viene sola. Alguien le da la mano. Es… ¡sí, es el padre Mario, su origen verdadero! Vienen con las manos alzadas a su encuentro, él sin sotana, sin alzacuellos, sin coronilla, sin aureola de santidad.

Repentinamente todo queda a oscuras. Un telón negro oculta el presbiterio anulando el brillo del quinto vitral. El hermano Luis se observa a sí mismo desde la altura del coro. Don Valentín acompaña su sonrisa cálida con unos golpes de muleta sobre el suelo al verlo ascender. Es su saludo festivo. Debajo, el hermano Benigno sostiene un cuerpo desplomado,  el suyo, mientras los siete frailes restantes lo rodean girando sus cabezas en señal de alarma. El padre Zaberri, de rodillas en su sitio e inmóvil, inicia a gritos una y otra vez inútilmente, porque nadie le sigue, en un tono cada vez más lóbrego y más desvencijado, la oración del Pater Noster.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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