EL EFECTO. Crónica teatral
Abordar un tema tan poliédrico como el tránsito del impulso sexual al sentimiento amoroso genuino, es siempre arriesgado. En el cerebro humano reside la brújula que orienta nuestra navegación por la vida. Hasta mediados del siglo XX no se superó el conocimiento meramente anatómico y fisiológico de este órgano vital. La aparición de la neurociencia significó la apertura de ese mundo ignoto, y hasta entonces inescrutable, que reside en una porción del cuerpo de apenas kilo y medio. Porción que aparece en escena para contraponer su imagen con su importancia.
En esas premisas se sitúa la acción de la obra de la británica Lucy Prebble, una pieza provocadora que desarma las certezas sobre el amor, la identidad y la ética médica, adaptada por Rómulo Assereto y Juan Carlos Fisher, quien la dirige.
La puesta en escena del experimento farmacológico en forma de drama que está ofreciendo el Teatro Principal atrae de por sí y satisface relativamente las expectativas que despierta. La temática de la incertidumbre respecto al resultado del experimento se convierte en el núcleo dramático de una trama que no ofrece respuestas fáciles, sino que deja abiertas cuestiones fundamentales sobre la autonomía del sujeto, el libre albedrío y la capacidad de amar cuando la química cerebral es manipulada.
Todo ello desborda el marco escénico y requiere un rigor interpretativo que, en este caso, consiguen mejor las dos actrices que sus partenaires masculinos. Connie y Tristán son las víctimas voluntarias de un experimento manipulado, de lo que apenas son conscientes. Aunque no aparezca de forma explícita, simbolizan a una sociedad sometida a experimentos de alta densidad, más allá de la caótica situación actual del amor romántico.
Nada de romántica tiene la música a lo largo de la trama, y menos aún el estrepitoso prólogo que más que ambientar, espanta.
Francisco Javier Aguirre