EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS. Crónica teatral
Para celebrar el 65 aniversario de sus inicios sobre las tablas, Els Joglars han diseñado una nueva versión de El retablo de las maravillas, un entremés que Cervantes concibió para burlarse y criticar a los poderosos de su época. Ahora, transcurridos más de veinte años del estreno de esta farsa, Albert Boadella y Ramón Fontseré han actualizado varias de las situaciones y personajes antes mostrados, para conectar con un nuevo público, aunque fue suficiente desplegar la vista por las plateas y palcos del Teatro Principal para comprobar que también acudieron al estreno bastantes de quienes ya disfrutaron de la obra hace dos décadas.
Como es habitual en la compañía, todo está perfectamente medido y calculado, tanto el espacio escénico como los diseños de iluminación, vestuario y banda sonora. La sutileza de los diálogos, la finura de la ironías, la oportunidad de las referencias, así como la medida del tempo de cada uno de los episodios a través de los que la trama enlaza un retablo, a veces visual y a veces imaginario, consiguen que la obra cumpla sobradamente su objetivo, despierte las sonrisas, avive el sentido crítico de los espectadores y exponga con absoluta libertad la opinión de los creadores, al margen de las coyunturas ideológicas presentes.
La simbología del recurrente apunte escatológico en los sucesivos cuadros de la obra establece un vínculo de continuidad entre ellos, ganando progresivamente mayor sentido crítico. La coincidencia en la apertura y cierre de la trama consigue el efecto de envolver todo el contenido a partir de una idea clara y transparente.
Las situaciones presentadas a lo largo de la obra son un remedo de las que censuró Cervantes en su tiempo, con la circunstancia de que ahora son más conocidas, e incluso se multiplican de tal forma que es fácil encontrarlas en todos los órdenes de la vida. El miedo a no formar parte de la opinión mayoritaria, que nos aporta seguridad y nos evita asumir riesgos, es hoy día un lugar común teniendo en cuenta que la fuerza de las redes y los medios de comunicación virtual dificultan cada vez más la formación de un criterio independiente por la intensa operatividad de los pícaros contemporáneos, capaces de vender la nada aprovechándose del temor de la gente a la censura y la cancelación.
Francisco Javier Aguirre