LLUEVE Y HACE SOL EN PARÍS. Crónica teatral
Silvia Espigado, como Sophie, e Inmaculada Oliver, como Fátima, construyen su presencia en la obra de Abel Neves ‘Llueve y hace sol en París’ que, bajo la dirección de Cristina Yáñez, se está ofreciendo en el Teatro de la Estación, con un recurso actoral de gran significado: la mirada.
Sus voces, gestos y tránsitos escénicos durante hora y media no llegarían a expresar la profundidad de su tragedia sin el concurso de sus ojos. Los ojos de Sophie son capaces de paralizar en un clic el primer intento de acercamiento físico de Fátima, cuando las palabras ya han roto el hielo entre las dos madres heridas por la muerte. Los ojos de Fátima son un mensaje de temor y sometimiento ante las consecuencias de un suceso del que no fue responsable. Después llegarán los aullidos de dolor de Sophie desplomados sobre el pavimento mientras la mirada de Fátima declara pánico.
Así se va construyendo el drama de estas dos mujeres huérfanas de la presencia de sus hijos, que oscilan entre el deseo y la impotencia de reconciliación. Y que amplían el foco narrativo de la obra comentando y lamentando la situación sociopolítica del momento.
La puesta en escena de la obra es magistral. Mediante un juego de proximidades y distancias de las protagonistas respecto a ellas mismas y al público, ocupando espacios con significado intencional, y también a través de una iluminación oscilatoria, así como el recurso a la variabilidad del clima externo, trasunto del interno, se consigue dulcificar un tanto la crudeza de la trama. La aparición de los perfumes como regalo mutuo añade un punto aromático a los diálogos, que van pasando de la tensión a la comprensión. La música del zaragozano Miguel Ángel Remiro refuerza con sutileza aérea el proceso emocional por el que transitan las dos actrices en una actuación impecable y estremecedora que impacta a los presentes de lleno.
Francisco Javier
Aguirre
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