miércoles, 2 de enero de 2013

Memoria o vergüenza



Disonancias, 9

MEMORIA O VERGÜENZA

‘O no hay memoria o no hay vergüenza’, he escuchado esta mañana de sábado en Radio Nacional de España respecto a unas declaraciones de María Dolores de Cospedal, presidenta de la comunidad de Castilla-La Mancha y secretaria general del Partido Popular. Las declaraciones se realizaron hace varios meses, cuando aún gobernaba Rodríguez Zapatero, y se referían a la negativa absoluta del partido que hoy gobierna a aplicar la amnistía fiscal que se ha decretado en la reciente ley de presupuestos.
Las contradicciones de los políticos son frecuentes y patéticas. Pero es un tema tan manido que parece inevitable aceptarlo como una de las condiciones lamentables de nuestra convivencia pública. No se ven los toros desde la barrera igual que desde el interior del ruedo. Y el ruedo ibérico tiene muchos perfiles que desde los tendidos parecen fáciles, cuanto en realidad es todo lo contrario.
No trato de echar en cara al actual gobierno las medidas económicas que acaba de adoptar, por cuanto en buena parte obedecen a la política de quienes les precedieron en el poder. Estos, a su vez, fueron víctimas de toda una situación anómala originada hace decenios, cuyos componentes ya han sido descritos hasta la saciedad, aunque a mi entender nadie quiere hacer hincapié en el verdadero origen del conflicto: la falta de proyecto ‘humano’ de quienes deciden y controlan la organización socio-política del mundo contemporáneo.
Lo que quiero hacer resaltar en positivo es que en una emisora pública, como Radio Nacional de España, se pueda discrepar de las medidas gubernamentales sin que se originen represalias inmediatas y se castigue con los correspondientes ceses a los profesionales del medio. Estábamos acostumbrados a que esto fuera así durante mucho tiempo y ahora podemos sentirnos satisfechos de que la independencia informativa –que intentó conculcarse el año pasado por parte del Consejo Asesor de Radiotelevisión Española– se mantenga indefinidamente. Por una vez parece que los poderes públicos han comprendido que los medios del Estado no son los medios del gobierno.
Cuando un colaborador del excelente programa ‘No es un día cualquiera’ que se emite sábados y domingos por la mañana en la cadena pública, puede echar en cara a la secretaría general del partido gobernante que ‘o no tiene memoria, o no tiene vergüenza’ sin que se desate una tormenta en las altas esferas, los españoles podemos sentirnos satisfechos y respirar un poco en medio de los sofocos que padecemos.  Que dure.

Francisco Javier Aguirre

La crisis global



Disonancias, 8.

LA CRISIS GLOBAL

Por primera vez desde que el mundo es historia, la humanidad se enfrenta a un problema global. Durante los siglos pasados, incluido el XX, las crisis eran sectoriales, regionales, locales o como quieran denominarse. Se solucionaban mediante acuerdos entre las partes implicadas, que en ocasiones incluían el sometimiento de los más débiles y que en muchos casos derivaban lamentablemente en enfrentamientos bélicos. A lo largo del tiempo se ha ido comprobando la caducidad de las soluciones aplicadas.
Remontándonos tan sólo al siglo pasado, quedó clara la ineficacia del sistema comunista porque obviaba algunos datos insoslayables de la naturaleza humana, como la ambición innata en muchísima gente y la aspiración generalizada a la propiedad privada de los bienes materiales y a la libertad de expresión. La caída del muro de Berlín y la disolución del telón de acero fueron la puntilla que descartó esa filosofía política y económica, por más que se mantenga obstinadamente en pequeños enclaves como Corea del Norte o Cuba, ya que el caso de China es una mixtificación de difícil encaje dentro de los esquemas de la lógica atistotélica.
Lo que ahora está en crisis definitiva, en bancarrota irremediable,  es el sistema capitalista y neoliberal que pretendió convertirse en la panacea universal hace algo más de dos décadas, tras el final de la Guerra Fría. Sin embargo, a la vista está la ineficacia del sistema, su insustancialidad conceptual, su incapacidad operativa, sus resultados catastróficos. A pesar de que se excluyen del momento crítico ciertos países llamados emergentes, o cuya economía se denomina así –es el caso de China, India, Brasil…– la crisis afecta a todo el planeta. Son diversos los tentáculos, pero el pulpo es el mismo, valga la comparación, con disculpas para los cefalópodos.
A partir de ahora no sirven las soluciones parciales, ni las recetas eventuales para remediar un problema coyuntural. La enfermedad es total, afecta al sistema por completo, a la concepción de la vida humana, a sus objetivos globales e incluso a la proyección individual de cada uno de los sujetos que conformamos la especie. No se trata de una visión apocalíptica, porque en ningún momento considero que el desastre sea inevitable. Lo que sí pienso es que los parches que se están proponiendo desde las diversas instituciones políticas y económicas que rigen nuestro mundo son completamente anticuados e inútiles, y por ello perjudiciales. A problemas nuevos hay que buscar soluciones nuevas y no se está haciendo eso.
Se han acuñado una serie de términos de carácter técnico-financiero que, para gran parte de la gente, resultan casi incomprensibles y no resuelven las dudas que se agigantan cada día en la mente de las personas atentas. Esa jerga para iniciados parece a veces una cortina de humo que oculta la verdadera gravedad de la situación. Pero más allá de las palabras y de los términos iniciáticos, los problemas persisten.
Se dice que algunos países comienzan a levantar el vuelo, pero ya ninguna noticia es del todo creíble, porque está comprobado que la información vive mediatizada por los grandes intereses que movilizan o paralizan los recursos disponibles según el designio misterioso de la clase dominante. La clase dominante no es la clase gobernante, en muchos casos formada por simples corifeos, y hasta marionetas, de los poderes fácticos con rostro desconocido.
En el siglo XIX se conocía a los caciques por sus nombres y apellidos, se sabía la dirección de su finca o de su palacio, podían seguirse sus pasos y hasta aplicárseles un ajusticiamiento por iniciativa personal, fórmula siempre reprobable, por supuesto. Pero hoy se trata de grandes corporaciones cuyos responsables se parapetan en procelosos consejos de administración, en testaferros y hombres de paja que usan diferentes estrategias para escapar del acoso. Pero no son entidades anónimas, sino sujetos de carne y hueso con el espíritu corrompido por la ambición, por la locura del poder, por el veneno de la codicia.
Alguien puede pensar que si ellos cambian, todo cambiará. No. O todos cambiamos, o no hay cambio. Cada persona tiene una responsabilidad a su escala, en su situación, en su estrato social y económico. Todos parecemos estar esperando una consigna que proceda de arriba, un signo luminoso que abra nuevos caminos. No es probable que aparezca. En el panorama internacional no se vislumbra ninguna señal nueva y esperanzadora. Ese es el reto. El de todos como sociedad y el de cada uno de nosotros como individuos.

Francisco Javier Aguirre

Peatones y ciclistas



Disonancias, 7.

PEATONES Y CICLISTAS

Tengo coche. Lo uso cuando es necesario, tras aquilatar la ocasión. Siempre que es posible utilizó los transportes colectivos, tanto urbanos como interurbanos. Por economía, por comodidad, por coherencia y por respeto al medio ambiente.
Tengo bicicleta. La uso poco porque en la ciudad me desplazo andando o en autobús cuando el tiempo no es propicio para pedalear y corre uno el riesgo de ser arrastrado por el cierzo hasta latitudes infinitas que suelen terminar en el suelo. Estamos hablando de Zaragoza.
Cuando salgo con la bicicleta utilizo los carriles adecuados o la calzada. No me gusta transitar por las aceras. Si soy peatón, me disgusta tener que sortear a los ciclistas. La normativa municipal que permite el uso de aceras de más de 4 m de altura anchura, prescribe igualmente que la velocidad de tránsito ha de ser como máximo el doble de la del paso de una persona adulta, 10 km/h. Ningún ciclista la cumple y en muchas ocasiones ponen en riesgo tanto a sus personas como a los peatones que indudablemente tiene la prioridad.
Hace muy pocos días se ha desatado en esta urbe –anteriormente ocurrió en otras ciudades, por ejemplo en Sevilla–una polémica al respecto. El tribunal superior de justicia de Aragón decretó el 28 febrero la nulidad de las disposiciones municipales que permitían la utilización de las aceras por los ciclistas. El ayuntamiento ha decidido contravenir el reglamento de circulación que rige en todo el Estado, y piensa elevar su reclamación al tribunal supremo. Veremos en qué queda la trifulca legal.
Lo que me parece claro como peatón y como ciclista urbano –dejé el cicloturismo hace algunos años, tras el grave accidente mortal de unos colegas del que fui testigo– es que las bicicletas son para la calzada. Bien sea por los itinerarios periféricos de los barrios nuevos o por las avenidas amplias de la ciudad donde está trazado el carril bici, como en las zonas del casco antiguo donde no es posible establecerlo, las bicicletas tienen su rumbo definido. Las ventajas de este proceder son para todos, incluidos los propios ciclistas.
Hay quien aboga por la seguridad, pero la consideración global determina que es mayor la seguridad de las calzadas preparadas para el rodaje de cualquier vehículo. Los peatones estarán más seguros sin ciclistas por las aceras. Y llega el punto filipino: ¿qué ocurre con los automovilistas? ¿No son los ciclistas un obstáculo para la circulación? Pues no. Son un beneficio. Si la calle es de todos –dicho sin sentido político partidista– habrá que compartir la calzada entre todos los vehículos rodantes. Evidentemente los automovilistas tendrán que aumentar su atención y respetar el tránsito de los ciclistas. Igualmente, en muchos casos, habrán de disminuir su velocidad, lo cual redundará en mayor seguridad para ellos mismos, para los peatones que cruzan indebidamente la calzada por lugares no señalados (los pasos de cebra) y evidentemente también para los ciclistas, que no correrán el riesgo de verse embestidos, amenazados o arrinconados por la prepotencia de algunos automovilistas.
De modo que doy mi voto particular, como automovilista, peatón y ciclista, a la disposición general antes aludida y rechazo la normativa municipal de Zaragoza, y de cuantas ciudades autorizan el tránsito de las bicicletas por las aceras, no sólo por contravenir normas superiores, sino por oponerse a la lógica y a la convivencia.


Francisco Javier Aguirre

Criadas y señoras



Disonancias, 6.


CRIADAS Y SEÑORAS

Todavía calienta las pantallas de los cines, y se supone que también seguirá el mismo rumbo en las de los televisores, la película de Tate Taylor que lleva ese título. La novela de Kathryn Stockett que le ha dado argumento pretende alcanzar la categoría de ‘libro del año’, una iniciativa de la editorial que seguramente imitarán más de diez e incluso más de veinte, de la misma forma que al cabo de la temporada futbolística se celebran en los diversos campeonatos nacionales, continentales y mundiales un montón de ‘partidos del siglo’.
Dejando de lado estas magnitudes y las coincidencias de título y enfoque, la problemática actual de las criadas y las señoras está en pleno candelero, o candelabro, según versiones. La reciente disposición legislativa según la cual todas las empleadas del hogar han de estar inscritas en la seguridad social para recibir los beneficios correspondientes, ha movilizado a las señoras en relación con las criadas. Claro que ya no se denominan así, por ser fórmula anticuada, obsoleta y de tinte caciquil, aunque las mujeres aludidas –son mucho mayor en número que los hombres– sigan desempeñando las mismas funciones. Vivimos en un mundo de denominaciones fluidas, a veces eufemísticas, sin que varíen sustancialmente los contenidos y las tareas de lo que se menciona.
El caso es que las empleadas del hogar tienen los mismos derechos que el resto de los trabajadores por cuenta ajena; también las mismas obligaciones, que hasta ahora han cumplido a rajatabla y de manera inmisericorde porque de otro modo hubieran sido puestas ‘de patitas en la calle’, utilizando un término nada eufemístico pero altamente descriptivo.
Hasta aquí, muy bien. Lo que se plantea ahora es la situación de muchas mujeres –y sin duda también de algunos hombres– que teóricamente han funcionado como señoras cuando en la práctica han estado desempeñando tareas de criadas toda su vida. Los cambios sociales y económicos habidos en la segunda mitad del siglo XX han determinado el acceso mayoritario de la mujer a funciones laborales fuera de su hogar, lo cual ha significado un avance para el colectivo femenino. Ello ha propiciado mayores cuotas de igualdad entre las personas con independencia de su sexo, elemento básico para la convivencia social que viene avalado por la constitución de cualquier país civilizado. La salida de la mujer casada, o del ama de casa –alguna conexión etimológica existe entre ambos términos–, a realizar tareas por cuenta ajena fuera de su domicilio, ha propiciado que otras personas, normalmente mujeres, hayan tenido que desempeñar los trabajos domésticos. Su situación laboral tiende a normalizarse en nuestro país, pero entonces surge la cuestión: ¿qué ocurre con las señoras que al mismo tiempo son criadas?
Las amas de casa tradicionales han estado trabajando por cuenta ajena sin salir de su vivienda. Han atendido las mismas funciones que las actuales empleadas del hogar. Lo han hecho denodadamente, sin reparar en horarios ni en incomodidades. Han servido a sus maridos o parejas, a sus hijos en caso de haberlos, a sus padres en caso de acogerlos, a parientes en tránsito o descolocados… han estado realizando un trabajo muchas veces ingrato y poco reconocido sin tener la posibilidad de recibir alguna compensación en caso de enfermedad o accidente. Cuando la edad impone su ley y las tareas domésticas se van haciendo cada vez más duras hasta llegar a ser imposibles, estas señoras-criadas se tropiezan con un desamparo definitivo, al albur de lo que los maridos, o sus parejas –en algunas ocasiones los hijos o los parientes – puedan proporcionarles.
Si hemos asistido y aceptado el cambio social que ha facilitado a la mujer salir de su encierro doméstico para obtener ventajas laborales a la hora de la jubilación, convendría ir articulando un sistema de protección social y de pensiones para las señoras que han dedicado su vida al trabajo doméstico y que en ocasiones –considérese la cuantía de muchas pensiones de viudedad– alcanzan el final de sus días en condiciones miserables. La ley tiene una obligación con ellas, una asignatura pendiente que debe ser estudiada y aprobada cuanto antes.

Francisco Javier Aguirre


Pederastia y celibaro



Disonancias, 5.

PEDERASTIA Y CELIBATO.

La reciente toma de postura de la Iglesia católica, apostólica y romana sobre la pederastia ejercida por individuos del clero y de las órdenes religiosas bajo su jurisdicción, comienza a ser un alivio. Es cierto que no todos los pederastas están vinculados a la Iglesia, como tampoco todos los curas, frailes y monjas son pederastas, pero cuando este abuso lo ejercen personas con el voto de castidad que supone el celibato, la situación parece complicarse. No sólo están cometiendo un delito que atenta contra los derechos humanos, sino que están incumpliendo un compromiso sagrado que adquirieron libremente siendo adultos. La gravedad del caso es mayor por esta razón.
Ignoro si en otras confesiones religiosas cuyos clérigos, personas consagradas o similares no están sujetos al voto de castidad –como ocurre entre los protestantes o los anglicanos– se dan proporcionalmente los mismos casos de pederastia. Una deducción lógica dice que no; de hecho, los medios de comunicación no trasladan noticias que tengan que ver con jerarquías o individuos que incurran en este delito y profesen un cristianismo no católico, o una religión que no imponga a sus ministros o miembros consagrados el celibato.
Voy a permitirme una cita personal: próximamente voy a publicar una novela titulada ‘Desertores de Dios’, que se desarrolla en el interior de un convento durante la segunda mitad del siglo XX. En ella se alude al tema de la pederastia dentro de los conventos e internados de frailes, aunque no sea el eje central de la trama. Hace muy pocos días envié información de este libro a un colega de la adolescencia, incluyéndole un párrafo relativo a uno de los sacerdotes que ambos conocimos en un noviciado religioso. Eran los años 60 del pasado siglo, pero pudieran haber sido los 50, los 70, o cualquiera otra década. El amigo me respondió de una manera contundente, incorporando al párrafo que yo le había enviado la palabra ‘pederasta’ como calificativo de dicho sacerdote. Fuera de texto, me confesó que el implicado ya le había hecho víctima de abusos sexuales siendo monaguillo, a sus 10 años, y continuó con esa marcha en fechas posteriores.
 Personalmente no puedo decir nada del aludido, bajo cuya jurisdicción estuve teniendo 15 años, no antes. Pero en el libro al que me refiero sí hago referencia, con nombre supuesto, a otro fraile del que me constan los abusos en este sentido. Tanto el uno como el otro han fallecido ya, pero si rastreáramos a fondo la memoria de tantos hombres y mujeres como pasamos por internados y seminarios religiosos en la segunda mitad del siglo XX, nos encontraríamos con numerosos testimonios acusatorios. En la mayoría de los casos se han mantenido en silencio porque no había un camino fácil para la denuncia, e incluso significaba un desdoro para la víctima.
Volviendo al tema en su formulación general, tal vez fuera ya la hora de que la jerarquía de la Iglesia católica, apostólica y romana se planteara la no obligatoriedad del celibato para los sacerdotes ni la del voto de castidad para quienes desean llevar una vida profundamente religiosa. El sexo puede ser una frivolidad, una locura o algo sublime, según se ejerza. Admito que esa renuncia pueda tener sentido para ciertas personas en su búsqueda de la trascendencia espiritual, pero en cualquier caso debe plantearse como una opción voluntaria, no discriminatoria, y compatible con el desarrollo profundo de una vida religiosa en su sentido más amplio. Es fácil que, a pesar del avance del laicismo en los tiempos que vivimos, hubiera más personas dedicadas a promover los valores espirituales entre la gente común.

Francisco Javier Aguirre

Cerezas en invierno



Disonancias, 3

CEREZAS EN INVIERNO

Es una barbaridad de tamaño colosal comer cerezas en invierno. Las muelas se cristalizan por el frío, salvo que el fruto rojo o sonrosado pase primero por el microondas. Tal vez haya avanzado el arte frigorífico y las cerezas que se ofrecen en las fruterías de pueblos y ciudades españolas procedan de las sabrosas cosechas que ofrecen las laderas de Calatayud o el prodigioso valle del Jerte. De no ser así, el origen de esta fruta con propiedades depurativas está más allá del ecuador, en el hemisferio austral.
No tengo nada contra las cerezas chilenas, porque tengo mucho a favor de Chile sobre todo desde que recuperó la democracia tras la fatídica etapa pinochetina, pinochetista o pinochetuna, que aún no tiene nombre definitivo aquel indecente complot urdido por los intereses económicos de los imperialismos, escudándose en la restauración del orden y la decencia.
Tampoco tengo nada contra las cerezas argentinas, ni contra las sudafricanas, si es que se importan en invierno, tal cual ocurre descaradamente con las chilenas. En todos los casos me parece un disparate mayúsculo la manía de comercializar en España productos hortofrutícolas –de larga estirpe aquí– fuera de temporada.
Puedo entender que a Finlandia lleguen cítricos mediterráneos, porque en aquellas latitudes tal vez no consigan alimentos con suficiente vitamina C. Pero en este país, donde la naturaleza nos dota con privilegios maravillosos en cuestión de delicias vegetales, estimo que la importación de cerezas australes en invierno es un desatino.
Si se tratara de frutas exóticas, que aquí no se producen en todo el año por razones de terreno o clima, podría admitirlo con mayor facilidad. De hecho, podemos comprar en las tiendas del ramo guayabas, kiwis, lichis, mangos, papayas, piñas y otras especialidades difíciles de aclimatar aquí. Pero el ver en las fruterías y supermercados cerezas en invierno me hace levantar las cejas con cierta curvatura de rechazo.
No conozco ningún informe médico ni bromatológico que aconseje comer cerezas en invierno. Tampoco creo que las diversas recetas y dietas adelgazantes las incluyan en sus listados o prescripciones alimentarias. La cereza es rica en vitaminas A, B, C, E y PP, en hierro, calcio, magnesio, potasio y azufre. Todos los componentes se hallan en muchos de los alimentos que están a nuestra disposición durante el invierno sin tener que ir a buscarlos tan lejos. ¿Cuál es entonces la razón por la que las frágiles bolitas rojas o rosáceas tienen que viajar tantísimos kilómetros y cambiar de clima tan de repente?
Lisa y llanamente porque en nuestra sociedad se ha producido un fenómeno de sibaritismo sin fronteras, ajeno a cualquier razonamiento que no sea el beneficio económico de los traficantes del gusto. ¿Cuántos litros de queroseno cuesta desplazar algunas toneladas de cerezas desde el hemisferio sur al hemisferio norte durante la época invernal? ¿Se ha hecho balance sensato de las ventajas e inconvenientes de este mercadeo?
Por supuesto que vivimos en un mundo donde el comercio es fundamental, pero hay ciertos detalles que debieran estar sujetos a reflexión, aunque sean de menor cuantía. O no de tan menor, si consideramos que buena parte de la contaminación atmosférica que ahoga al planeta procede de algunas prácticas comerciales que no se sostienen en sí mismas, como el hecho de que las fruterías españolas –y supongo que también las europeas– ofrezcan a los consumidores cerezas en invierno.
No conozco la respuesta y agradecería que alguien bien informado me la diera para aclarar la duda: ¿se venden cerezas españolas durante el invierno chileno, argentino o sudafricano?; y si es que sí en este último país ¿será para competir con la variedad autóctona Skeena, que admite ser frigorizada?

Francisco Javier Aguirre

 


Cruceros y pateras




CRUCEROS Y PATERAS

Disonancias, 2


Hace poco más de una semana el crucero Costa Concordia se hundió al chocar con unos arrecifes próximos a la isla italiana de Giglio. Hace muy pocos días, una patera sin nombre, procedente del norte de África, se hundió al chocar con unos arrecifes próximos a la isla española de Alborán.
La historia recoge con precisión el naufragio de cruceros de lujo y trasatlánticos a lo largo del siglo XX. Dentro de tres meses escasos se cumplirá el centenario del trágico hundimiento del Titanic, que el cine ya magnificó hace unos años a través de la película de James Cameron. Algo más antiguo es el naufragio de la nave Sirio, frente al cabo de Palos, que guarda cierta similitud con el del Costa Concordia, por cuanto el capitán y los oficiales fueron los primeros en ponerse a salvo abandonando al pasaje constituido en su mayor parte por emigrantes italianos que se dirigían a Argentina, Uruguay y Brasil. Ocurrió en 1906. También el cantante Francesco de Gregori inmortalizó la tragedia con una canción nostálgica que ha pasado al acervo popular. 50 años después, el trasatlántico italiano Andrea Doria sufrió la embestida de otro buque sueco cuando se acercaba al puerto de Nueva York. En el primero y en el último de los casos referidos, los muertos y desaparecidos fueron y han sido relativamente pocos en relación al total del pasaje. Sin embargo, en el accidente de la nave Sirio fallecieron aproximadamente un tercio de los viajeros, que alcanzaban casi el millar, gente humilde que no se desplazaba por placer sino por necesidad, en busca de una vida mejor.
Una constante en la historia de la humanidad es que los más humildes no tienen historia. Nadie sabe con exactitud cuántas pateras o cayucos han naufragado a lo largo de los últimos años, ni el número de víctimas que este rudimentario sistema de navegación ha causado. Cálculos superficiales estiman en decenas de miles los ahogados en el Mediterráneo al tratar de alcanzar las costas europeas durante el siglo XXI.
La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía estima que en 2009, al menos 200 inmigrantes perdieron la vida en el mar tratando de alcanzar las costas españolas, la cifra más baja de los últimos ocho años, ya que sólo en 2007 se documentaron 921 muertes. Se documentaron, lo cual significa que no entran en el cómputo aquellos desafortunados de los que no quedó rastro alguno porque no estaban registrados en el punto de partida y nadie pudo o quiso reclamar su desaparición.
Toda muerte por accidente es lamentable, sea en tierra, mar o aire. Las dos recientes tragedias marítimas señaladas al comienzo suponen para ciertas personas un aldabonazo en la conciencia al comparar el estilo de vida tan distinto en lugares tan próximos entre personas que teóricamente tienen los mismos derechos como seres humanos. Es innegable que cualquier ciudadano puede dedicar su dinero a excursiones de lujo y a divertirse o descansar a bordo de un crucero. Esta fórmula de turismo está hoy de moda y los expertos la señalan como ventajosa, porque entre otras cosas los precios han disminuido al ser mayor la oferta que la demanda.
En el complacido mundo occidental, la noticia de la desgracia permanente que supone tener que emigrar en las condiciones precarias y ciertamente irregulares que utilizan los africanos ha llegado a considerarse como inevitable. Se lamenta la situación, pero sigue uno con su marcha considerando que no está a su alcance remediarla. Es cómodo mirar hacia otro lado, es incluso necesario porque detenerse en el pensamiento estremece las fibras sensibles del espíritu y hasta puede provocar cierto sentimiento de culpa. Una culpa colectiva, una responsabilidad social a la que los gobiernos de una y otra parte no consiguen dar salida. Un problema que nadie logra solucionar. Los regímenes políticos africanos, en buena medida corruptos y autoritarios, nadan y guardan la ropa en este mar tempestuoso que se traga anualmente a muchos de sus conciudadanos. Los países teóricamente desarrollados de la cuenca mediterránea lamentan la situación, establecen pequeñas estructuras de alivio en sus costas y se confiesan impotentes para erradicar el mal.
Al ciudadano privilegiado que emprende un crucero, ¿no le produce cierto estremecimiento pensar que seres humanos parecidos a él –salvo en la fortuna y derivados– corren un riesgo de muerte diez mil veces superior al que puede darse en su gozosa excursión?

Francisco Javier Aguirre